
En medio de la escalada de precios y la falta de productos básicos en Bolivia, la frustración entre la población es palpable. Sonia, una madre soltera de 40 años que reside en La Paz, encarna la lucha diaria de muchos bolivianos. Desde tempranas horas de la madrugada, Sonia había estado esperando en una fila frente a un almacén estatal, en busca de aceite a precios más accesibles. “Tengo que trabajar para mis seis hijos. Y venir a hacer esta cola encima, no me da. Ya no duermo bien”, comenta, visiblemente cansada. A pesar de la larga espera, se marcha de manos vacías, enfrentando el frío con resignación y solicitando privacidad sobre su identidad.
La crisis económica en Bolivia, provocada por la escasez de dólares y un desmedido gasto público, ha exacerbado la pobreza desde el año pasado. Con una inflación que alcanzó el 18,4% interanual en mayo, la más alta en al menos 17 años, los ciudadanos enfrentan un terreno económico cada vez más hostil. Las filas en los comercios estatales se alargan diariamente, mientras los consumidores se quejan por la falta de productos esenciales. Gisela Vargas, de 30 años, describe la desesperación compartida: “No hay arroz, azúcar, huevo, ya no hay nada”.
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El escenario se torna aún más drástico con los bloqueos de carreteras por parte de partidarios del ex presidente Evo Morales, quienes exigen la dimisión del actual presidente Luis Arce. Estos bloqueos han interrumpido la distribución de alimentos y otros bienes, intensificando una ya crítica situación de escasez. Enfrentamientos entre manifestantes y la policía han resultado en la muerte de cuatro oficiales y un civil, aumentando las tensiones.
Rocío Pérez, una jubilada de 65 años, relata cómo la necesidad de racionalizar las compras se vuelve apremiante. “Nunca pensamos que esta situación podía llegar a este límite, donde tengamos que hacer cola por alimentos o papel higiénico. Estamos al borde del precipicio”, comenta mientras espera en otra larga fila. Los sentimientos de impotencia son generalizados, con ciudadanos lidiando con el declive del poder adquisitivo. “Los salarios se están deteriorando muy fuertemente con la inflación”, explica José Luis Evia, economista quien señala cómo la moneda local, el boliviano, pierde cada vez más su valor.
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La caída en las exportaciones de gas ha reducido significativamente el ingreso de divisas a Bolivia. Con unas reservas internacionales casi agotadas, el gobierno enfrenta complicaciones para importar combustibles a precios internacionales y luego venderlos subsidiados en el mercado interno. En la Garita de Lima, un camión de pollos descarga su mercancía mientras centenares de bolivianos se alinean en busca de esta ahora preciada proteína. Meses atrás, el kilo de pollo costaba 2,6 dólares, hoy el precio se ha casi duplicado, llegando a 5.
Francisca Flores, una vendedora ambulante de 69 años, narra su experiencia de lucha diaria para adaptarse. La inflación restringe su capacidad para comprar pollo, una fuente tradicional de proteínas, ahora sustituida por tortillas y otros productos menos costosos. “Me siento impotente (...). Con mi platita salgo (...) y si no puedo comprar los alimentos ‘nada, pues me voy, me aguanto’”, reflexiona sobre la situación.
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Una encuesta realizada por la consultora Panterra en marzo reveló que el 89% de los bolivianos desea un cambio de dirección política, señalando al incremento del costo de vida como su principal preocupación. La insatisfacción social puede convertirse en un factor decisivo en las próximas elecciones presidenciales, según Evia, quien sugiere que la continuidad del rumbo político actual podría estar en entredicho.
La escasez también afecta a los productos importados, cuyo precio se ha disparado debido al encarecimiento del dólar en el mercado paralelo. Griselda Ventura, de 27 años, describe el impacto directo en su familia: su madre diabética tuvo que trasladarse a un hospital en La Paz desde Chulumani debido a la falta de medicamentos. Aunque debería beneficiarse del seguro público, recurre a farmacias privadas pagando precios exorbitantes por medicinas escasas. “No hay ni una jeringa”, lamenta Ventura, reflejando una realidad sanitaria deteriorada.
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(Con información de AFP)
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