
Horas antes de llegar a la casa en la que vivía su ex pareja en Punta del Este, el empresario Gonzalo Aguiar escribió un mensaje: “Voy a ir y le voy a romper la cabeza, la voy a cortar en pedazos”. El hombre cumplió su promesa: llegó dispuesto a matar a Romina Camejo, su pareja que, ese 26 de febrero de 2024, tenía 26 años.
Aguiar llegó a la casa de la madre de su hija gritando. “Te voy a matar, dame la bebé”, dijo, en forma insistente, el empresario del rubro cannábico. Iba con un arma en sus manos, de acuerdo a los relatos que recabó la Fiscalía uruguaya.

Pero Camejo reaccionó rápido. Cuando Aguiar comenzó a amenazarla, la mujer empezó con los balazos. Y disparó hasta que el padre de su hija dejó de hablar. Luego, buscó un lugar seguro y llamó a la policía. Aguiar murió en el lugar.
El relato surge del dictamen del fiscal Sebastián Robles, quien solicitó el archivo de la investigación por entender que Camejo actuó en legítima defensa. Para tomar esa decisión se basó en los mensajes que mandó en esa noche fatal el fallecido, que surgieron de un relevamiento de la Policía Científica. Pero el vínculo entre Aguiar y Camejo era tóxico desde hace tiempo.

Cuando estaban en pareja, el empresario ejerció sobre ella “violencia física, económica, patrimonial, simbólica, doméstica y psicológica”, según surge de la pericia psicológica que se le realizó a la indagada. Ella tenía miedo de él y creía que estaba en juego su integridad física y la de su familia. Aguiar le recordaba, por ejemplo, los contactos que tenía y que le podía causar daños físicos y de trabajo a su familia.
En noviembre de 2022 hubo un quiebre para peor en la relación. Camejo se enteró que estaba embarazada y la violencia aumentó. Aguiar –o sus custodios, con los que siempre estaba– la perseguía cuando ella intentaba huir. La llegaron a interceptar en la ruta y la hacía volver con él, según el relato del fiscal Robles.

Las situaciones violentas también se registraron cuando Camejo fue internada para dar a luz a la bebé. Un equipo especializado en violencia de género debió actuar en el sanatorio por agresiones de él hacia ella.
En los primeros meses de la bebé, las diferencias se incrementaron. La tenencia de la recién nacida y el régimen de visitas era motivo frecuente de conflicto: Aguiar tenía la intención de vivir con la niña. Y, entonces, se reconciliaron. Camejo tenía “un profundo temor de que le concedieran las visitas al padre” y sentía “miedo por la integridad de su hija”. Para ese momento, la mujer estaba completamente distanciada de su familia.

Los insultos entre ellos eran constantes. También las escenas de celos y de violencia, que quedaban registradas incluso en las redes sociales. Según testigos, él la amenazaba con hacerle daño: le decía que le iba a “partir la cabeza”.
Los allegados a Camejo también dijeron ser víctimas de las conductas violentas de Aguiar. Lo definían como una persona conflictiva, que siempre buscaba el enfrentamiento. Y que era difícil encontrarlo sobrio porque consumía drogas con frecuencia.
Uno de los amigos de Camejo dijo que le tenía miedo porque no sabía cuál era el límite del empresario: “Él te hablaba como si no los tuviese”, declaró. Este testigo declaró que el empresario lo llegó a amenazar de muerte diciéndole que eligiera el color de flores para ponerle en el cementerio a sus hijos y a él. Dijo, además, que fue torturado en dos ocasiones por el empresario fallecido.

A Aguiar le gustaba ostentar los vínculos que tenía con la policía y con el mundo político. En 2019, cuando regresó de vivir en Canadá, Aguiar abrió una planta de cannabis medicinal en Salto y a su inauguración fue la cúpula del gobierno, con el presidente Luis Lacalle Pou a la cabeza. Aguiar había deslumbrado a inversores canadienses, pero luego los engañó. Cuando murió estaba siendo investigado por estafa.
Sus supuestos contactos policiales eran elemento más que Aguiar tenía para amenazar a su entorno. Les decía que conocía a todo el mundo, que controlaba a la Policía y que si lo denunciaban los iba a matar. Él, comentó, se iba a enterar antes que nadie. “Esta actitud generaba miedo y terror impidiendo que lo denunciaran, haciéndolos sentir que no podían hacer nada”, concluyó el fiscal.

Aguiar siempre iba escoltado por guardias de seguridad y llevaba una “gran variedad de armas”, según surge de la investigación. Y le gustaba ostentar esto. “Cuando había un problema o de repente salía a bailar, era muy común en él hacer líos, le gustaba el lío, era una persona que le gustaba eso y siempre alardeaba el arma”, declaró un testigo ante el fiscal Robles.
Con todos estos elementos sobre la mesa, el fiscal Robles consideró que Camejo no tuvo una conducta penalmente responsable porque actuó en legítima defensa.

“Existió por parte de él una agresión ilegítima, quien en esa misma noche anunció a la indagada que iría a matarla y llevarse a la niña y rato después, en horas de la madrugada, irrumpió violentamente en el domicilio y aún estando a escasos metros de la imputada continuó con las amenazas de muerte”, consideró el fiscal al argumentar el archivo del caso.
“Teniendo en cuenta la personalidad del fallecido, su uso habitual de armas de fuego, su temperamento violento, la irrupción en horas de la madrugada en el domicilio, en un gesto típico de cuando él portaba el arma, todo lo que además fue precedido de amenazas concretas de muerte; no haría exigible a la imputada una comprobación efectiva de la presencia del arma, así como tampoco esperar pacientemente una inminente acción del fallecido”, concluyó.
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