
(Desde Montevideo, Uruguay) - Las asignaciones familiares y la tarjeta Uruguay Social son dos de los principales programas de transferencias monetarias del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) uruguayo a las poblaciones vulnerables. Ser beneficiario de esas prestaciones tiene efectos sociales ya que quienes la reciben dicen sentir vergüenza y humillación, según concluye la investigación académica Estigma del bienestar después de la adopción: evidencia de transferencias públicas de efectivo en Uruguay, desarrollada por el economista de la Facultad de Ciencias Económicas y Administración Rodrigo Nicolau.
El trabajo –consignado por el diario El País– asegura que la creencia de que las personas que reciben asistencia social del Estado “son vagas” y “carecen de voluntad” es una idea generalizada en los distintos países y Uruguay no es la excepción. Esa antipatía tiene una contracara en los beneficiarios de los planes.
Las asignaciones familiares en Uruguay son una transferencia monetaria no contributiva que el Mides dirige a mujeres embarazadas, a niños y adolescentes o personas discapacitadas que integran hogares vulnerables o que se alojan en centros destinados a los menores de edad. Es una prestación que tiene como requisito la inscripción y la asistencia a un centro de enseñanza. El beneficio es una transferencia de dinero mensual, que se ajusta según la inflación.
La tarjeta Uruguay Social, en cambio, es un medio de pago de diferentes beneficiarios de transferencias monetarias que se otorgan para mejorar el nivel de ingresos y el consumo básico de alimentos, artículos de limpieza e higiene, vestimenta y supergás en hogares vulnerables.
El trabajo compone índices de vergüenza interna y humillación externa, construidos como resultado del estigma y la presión social. El primero se relaciona con el sentimiento y el estigma personal, mientras que el segundo refiere a la percepción de devaluación de la identidad.

La investigación académica concluye que ser beneficiario de estos programas “aumenta los sentimientos de vergüenza y humillación de sus destinatarios”, aunque se registraron diferencias entre ambos instrumentos.
La evidencia indica que las asignaciones familiares solo aumentan el “sentimiento de vergüenza interna” pero no tiene un efecto sobre la humillación externa. En los beneficiarios de la tarjeta Uruguay Social, en tanto, aumenta tanto la vergüenza como la humillación.
“Ambos programas tienen efectos estigmatizantes sobre el bienestar de sus beneficiarios y específicamente efectos estigmatizantes personales, ya que ambos aumentan el sentimiento interno de propensión a la vergüenza”, indica el estudio.
Una de las hipótesis que explica que cobrar las asignaciones familiares sean menos estigmatizante es que el beneficio tiene una trayectoria más larga y una cobertura más amplia que la tarjeta Uruguay Social. El uso del plástico, además, hace que sea más visible ver quién es beneficiario del plan social en público ya que la tarjeta está etiquetada y muestra que pertenece al plan social del gobierno.
“Esto podría potencialmente hacerlos más propensos a estar expuestos a situaciones de discriminación en las que sentimientos externos de estigmatización, como la humillación, pueden surgir con mayor frecuencia, por ejemplo, al usar la tarjeta para ir de compras a la tienda de comestibles”, agrega el estudio, en base a los testimonios.
Los gobiernos suelen aumentar el gasto público y las transferencias para intentar reducir la pobreza. Nicolau indicó que una visión “utilitaria” puede hacer pensar que darle dinero a los más pobres “genera un bien mayor en ellos que el costo del estigma”, aunque se sientan humillados o avergonzados, consignó El Observador.
“Si esa humillación empieza a generar un efecto psicológico en las personas, si les implica cambiar los horarios al que van al almacén con la tarjeta para no ser vistos por otra gente, si empiezan a asilarse por el ‘qué dirán’, esos sentimientos acaban perjudicando lo que busca una buena política”, sostuvo el investigador, aseguró.
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