Su estudio es como una especie de museo destinado a preservar la vieja música tropical colombiana. En él hay unos 2.500 discos, la gran mayoría vinilos, con todo tipo de grabaciones de lo que en esta y otras partes del hemisferio se le cataloga genéricamente como cumbia. Hay porros, música de acordeón o vallenato, merecumbés, bullerengues, guarachas, fandangos y, por supuesto, cumbia.
Fernando Isaías Garay es gasista, plomero, DJ de La Delio Valdez (una banda inspirada en las viejas orquestas colombianas como las de Lucho Bermúdez o Pacho Galán) y el dueño de ese gran tesoro musical en el conurbano bonaerense. Sentado en el living de su casa, ubicada en Tierras Altas, partido de Malvinas Argentinas, en el Gran Buenos Aires, habla con entusiasmo sobre la vida de los artistas del folclor colombiano. Y lanza datos precisos: fechas, lugares y cómo se inspiraron en tal o cual canción.
Pero no siempre fue así. Todo comenzó en un verano, cuando tenía unos 12 años —hoy tiene 34— y su hermano mayor llegó con un cassette que tenía canciones del músico colombiano Aniceto Molina y grupos de cumbia mexicanos. En ese momento su única posesión musical era un disco de Michael Jackson.

"Eso fue lo que me dio vuelta un poquitito la cabeza", recuerda de ese momento cuando conoció la música colombiana. La otra cumbia, la argentina, siempre estuvo ahí, con ella había nacido, era parte del universo sonoro que lo rodeaba. Por ejemplo, todas las fiestas (navidad, carnaval, cumpleaños, bautizos) que se hacían en el patio común de la villa en la que vivía con sus padres eran amenizadas con esa música.
Fernando también reconoce que hubo una influencia —primero inconsciente pero que después de adulto la comprendió— por parte de su fallecido abuelo materno Isauro, un tucumano de ascendencia árabe que, cuando llegó al conurbano bonaerense con la promesa de una mejor vida, se trajo consigo discos de cumbia para sentirse más cerca a su tierra.

Sin embargo, el momento clave fue ese verano cuando puso andar las cintas de ese cassette y de estas salió un sonido que lo atrapó. A partir de allí su curiosidad lo llevó a investigar y a comprar música, CDs más que todo. Pero su padre, un chileno oriundo de Valparaíso que emigró con su familia a la Argentina cuando estalló el golpe de estado militar en 1973, le dijo que la "posta" —lo real— estaba en los vinilos.

"En el año 2001 compré en Chile un lote y entre ellos estaba el disco Mi acordeon bohemio de Alfredo Gutiérrez que tenía la canción "La muerte de Abel Antonio", uno de Pastor López y Porros, Cumbias y gaitas volumen 2 de Discos Fuentes", dice Fernando, quien en el mundo cumbiero es conocido como Sonido Parrandero.
Cuando comprar música se convirtió en un vicio incurable, cuando sintió que los canales para obtenerla se agotaban y ya no satisfacían su cada vez más exigente oído, supo que tenía que viajar a Colombia, la meca para todo coleccionista de música tropical.

"Tanto tiempo investigando, buscando música, leyendo, que llega un momento en el que tenés que ir", afirma.
Su primer viaje fue en el 2014 y su último en el 2019. Ya lleva tres visitas a Colombia y su plan en todas estas ha sido el mismo: como quien va un templo a rendirle culto a sus dioses, visita Discos Fuentes en Medellín, una legendaria compañía discográfica que durante varias décadas inundó el continente de cumbias; también va a las viejas casas de discos de la capital paisa y allí, esculcando entre cajones polvorientos, se pierde horas y horas buscando vinilos, su misión en esos lugares es encontrar grabaciones extrañas de artistas que son difíciles de conseguir o que no conoce. Luego está el Caribe, con Cartagena de Indias y sus playas y la estadía placentera en la casa de un querido amigo coleccionista en la ciudad de Montería.
Fernando recorre con los dedos la interminable fila de discos que tiene en sus estantes. Saca uno de Andrés Landero, el dios de la cumbia en Latinoamérica, y dice que dentro de este encontró una vieja nota del año 89 del diario El Heraldo de Barranquilla que cuenta el enojo del artista colombiano porque en el Festival de la Leyenda Vallenata los acordeoneros ya no cantan y solo tocan el instrumento. A diferencia de él, que hacía las dos cosas. "A los de ahora les tocó facilito", titula el artículo.
Ahora saca otro vinilo, este de Gildardo Montoya, un músico colombiano de culto, al que solo llegan los conocedores. Y lo define como un atrevido de la música tropical, como alguien que ha grabado cosas "que no son de un ser humano normal por la cantidad de información que tiraba". Y advierte, como al que se quiere adentrar en algo complejo sin estar preparado, que no hay que ir a buscarlo porque quizá no guste al principio. Y remata: "La música a uno le llega en el tiempo en que le tiene que llegar".
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