Los vecinos de Salto no olvidarán lo que ocurrió una noche en los estudios de Buenas Noches Familia. En medio de luces, música y un público atento, los héroes de todos los días cambiaron las sirenas por instrumentos y los trajes ignífugos fueron parte solo de un vestuario para la actuación. Los Bomberos Voluntarios de Salto armaron una banda de cumbia, cantaron y causaron furor en televisión. No había espectáculo preparado que pudiera competir con esa mezcla de emoción, humanidad y necesidad tan urgente.
Desde hace 66 años, la institución funciona en pleno centro de la ciudad, flanqueada por la municipalidad, una escuela y la comisaría. Al principio, esa ubicación se veía como algo estratégico. Pero el crecimiento de Salto y el avance de los años transformaron esa fortaleza en debilidad. Los camiones atascados por el tránsito, familias que estacionan frente al cuartel, los voluntarios desgarrando las calles para llegar desde sus casas: cada minuto que se pierde es un riesgo que pesa en la balanza de la vida y la muerte. “Se nos complica el tránsito, se nos complica cuando estacionan en doble fila, se nos complica el poder llegar desde la casa de cada uno”, detallaron sin rodeos durante el programa.
“La mayoría de las emergencias ocurren en rutas o en las afueras”, repitieron con insistencia. ¿Cómo llegar más rápido, cómo vencer a la ciudad que los retiene cuando más apuro hay?”. La respuesta llegó entre el ingenio para formar una banda de cumbia y la reacción solidaria para colaborar con el equipamiento del cuartel, con Guido Kaczka como puente.

Cerca del final, el conductor les preguntó cómo podían asegurar el buen destino del dinero que buscaban recaudar. La respuesta llegó sin titubeos: “Vamos a rendir cuentas con comprobantes de todo y lo vamos a subir a las redes de Bomberos Voluntarios de Salto para que toda la comunidad pueda comprobarlo”, prometió. Una promesa abierta, una transparencia inquebrantable.
Pero no estaban solo cuestionando su presente. Había una historia detrás, un esfuerzo de años, una meta que parece escaparse siempre un poco más lejos. Desde 1998, los bomberos intentan construir un nuevo cuartel. Lo construyeron “a pulmón”, con trabajo comunitario y la tradicional rifa anual, donde el pueblo de Salto es protagonista. Pero este año, la tragedia se sumó a la urgencia: una fuerte inundación azotó la región y la economía local tambaleó, hasta el punto de vender menos de la mitad de los números habituales. De los fondos requeridos para seguir avanzando, dependía la compra de extractores de humo, instalaciones eléctricas, nuevo mobiliario y calderas.
Había que llamar la atención, y lo lograron. Los bomberos subieron al escenario enfundados en sus uniformes, listos no para apagar fuegos, sino para encender el ánimo. “Suena la sirena, me subo al camión, el casco, las botas, el saquetón. Tráeme los guantes, haceme el aguante”, entonaron, en una versión libre de Fuiste, de Gilda, mientras bailaban y transmitían en cada estrofa el pulso real de sus días.
Luego llegó el reconocimiento. El público estuvo de su lado y más de 25 millones de pesos fueron otorgados a la institución. Un número que estremece y da esperanza.
El momento culminante tuvo nombre propio: Juan. En silencio, este joven se acercó para agradecer. Hace dieciséis años, quedó semiinconsciente tras un accidente. Los bomberos lo mantuvieron despierto “apretándole el cuello para evitar que perdiera el conocimiento”. Hoy, camina. “Gracias a aquella intervención precisa”, reconoció, mientras los ojos se enrojecían tanto en el estudio como en las casas de quienes miraban.
Ahí estaban, con su historia, con sus obstáculos y sus sueños demorados: los Bomberos Voluntarios de Salto, más de seis décadas sosteniendo vidas y ahora, también, una melodía que recorre el país. La urgencia sigue: el cuartel, la rifa, la necesidad de equiparse mejor. Pero esa noche, lograron encender mucho más que una alarma.
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