Fernando Peña: del día que lo escuchó Lalo Mir en los parlantes de un avión a las geniales peleas entre sus personajes en la radio

El creador de personajes emblemáticos como Martín Revoira Lynch, La Mega, Milagros López o Palito había nacido el 31 de enero de 1963 en Montevideo, Uruguay, pero de chico se radicó en la Argentina, donde desarrolló toda su carrera y se convirtió en el máximo provocador de la radio

fernando peña
Fernando Peña
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“La gente que vive apasionada, muere joven”, había dicho en una oportunidad. Y Fernando Peña, sin lugar a dudas, era un apasionado en todas las facetas de su vida. El hombre de las mil voces había nacido el 31 de enero de 1963 en Montevideo, Uruguay. Murió apenas 46 años más tarde, el 17 de junio de 2009, en la Argentina, donde desarrolló su carrera artística convirtiéndose en un número uno de la radiofonía. Y nunca, jamás, conoció los límites.

Nada en su existencia había sido convencional. Él mismo había contado que sus padres, el periodista deportivo José Pepe Peña y la actriz María José Malena Mendizábal -cuyas cenizas conservó en una urna a la que acudía a diario hasta el final de sus días-, lo habían concebido en París cuando estaban en plena luna de miel. Pero que, inmediatamente después, habían decidido separarse, ya que su madre había descubierto una infidelidad. En definitiva, desde el minuto cero quedó claro que no iba a crecer en una familia típica.

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Su mamá alquiló una casa por la zona de Carrasco. Y su papá, que solía viajar a la Argentina por trabajo, solo lo visitaba los días viernes. Así pasó su primera infancia hasta que, en 1970 se radicó en Buenos Aires junto a parte de su familia y comenzó a estudiar en el Saint Andrew’s School. Tenía, sin lugar a dudas, un talento innato para interpretar distintas voces. Y era, por sobre todas las cosas, un provocador. Pero tardó en descubrir que podía hacer de ese potencial su fuente de ingresos.

Sus primeros empleos fueron como maestro de inglés y profesor de equitación. Hasta que comenzó a trabajar como auxiliar de vuelo en American Airlines. Y como suelen ocurrir estas cosas, en 1994 un hecho fortuito cambió su destino. ¿Qué fue lo que sucedió? Uno de los pasajeros de su vuelo era ni más ni menos que Lalo Mir. Y Peña, que no podía controlar su necesidad de compartir su arte, había decidido dar las instrucciones de vuelo personificando a la cubana Milagros López en el parlante. Al principio, el locutor pensó que se trataba de una azafata, muy ocurrente por cierto. Pero al enterarse de que era Fernando quien estaba detrás del micrófono, decidió convocarlo para formar parte de su programa, Tutti Frutti, en FM del Plata.

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El artista nació el 31 de enero de 1963 (Facebook)
El artista nació el 31 de enero de 1963 (Facebook)

La caribeña fue la primera creación de Peña. Y durante mucho tiempo, los oyentes pensaron que en realidad se trataba de una mujer nacida en la isla del son y el ron. De hecho, al tiempo llegó a tener su propio programa, La vereda tropical, en Radio del Plata, sin que saliera a la luz su verdadera identidad. Pero, para entonces, algo había empezado a brotar de la inexpugnable mente de Fernando: sus criaturas.

La confusión entre los oyentes

Martín Revoira Lynch, Roberto Flores, La Mega, Palito, Mario Modesto Savino, Delia Dora de Fernández, Dick Alfredo y Rafael Oreste Porelorti, fueron solo algunos de los personajes que nacieron de la imaginación de Peña. Escucharlos hablar entre ellos, discutir y hasta pelear, podía generar una verdadera confusión entre los oyentes desprevenidos. “¿Cómo que es una sola persona? ¡Es imposible!”, pensaban los que lo iban descubriendo. Pero la capacidad de Fernando permitía esto y mucho más.

Cuentan que fue otro emblema de la radio, Hugo Guerrero Marthineitz, el que lo convenció de dar la cara. Es que Peña estaba feliz camuflado detrás de sus personajes. Pero, para poder empezar a crecer profesionalmente, debía blanquear la situación. Y esto, entre otras cosas, le permitió desembarcar en el teatro con sus propios espectáculos, como Esquizopeña o Mugre. Pero también hizo que tuviera que aprender a convivir con la fama y todos sus bemoles.

Era un provocador. Y las sanciones del Comfer que llegaron tanto a la Rock & Pop como a Metro, nunca alcanzaron para cerrarle la boca. Hablaba con su particular humor de todo lo que hoy sería, sin lugar a dudas, cancelable. Pero, de la misma manera en que se burlaba de los demás, se reía de sí mismo. Aún, en las peores circunstancias. De hecho, en tiempos en los que la sociedad todavía no había evolucionado lo suficiente como para respetar la diversidad, trataba de hacer “salir del clóset” a la fuerza a quienes él creía que tenían una orientación sexual diferente a la que aparentaban.

Peña vivió intensamente y murió con apenas 46 años (Facebook)
Peña vivió intensamente y murió con apenas 46 años (Facebook)

El mismo Peña habló siempre con total libertad de su homosexualidad, aunque el prefería decir que era “puto”. Y en 2001, se animó a contar en su programa de radio, El parquímetro, que tenía HIV. “¿Cuál es el colmo de un sidoso?”, le preguntó entonces a sus oyentes. “Ser alérgico al AZT”, le respondieron desde la mesa sus columnistas. Y todos rieron. Fernando, en realidad, sabía que había contraído la enfermedad desde el año 1987, cuando se contagió de su novio. Pero sus problemas de salud empezaron recién en el 2000 y, en más de una oportunidad, pasó por situaciones complicadas.

“Claro que me importa morir, pero más me importa vivir bien”, había dicho en el 2004, cuando decidió contar públicamente que había dejado de tomar el cóctel de medicamentos que lo ayudaban a controlar la inmunodeficiencia, debido a los efectos adversos que la misma le provocaba. Venía de una neumonía y, aunque sabía que su rebeldía podía acelerar su final, no le importó. Es más: cuando le detectaron un cáncer de hígado terminal, se puso como meta desdramatizar la muerte.

Como dice la letra de Muriendo de Pena, que lanzó Rubén Rada en el 2000, y La Fiesta, el tema que Pedro Capó popularizó más de una década después, Peña no quería que nadie lo llorara en su velorio. Y lo dejó en claro. Por eso, cuando partió de este mundo después de pasar sus últimos días internado en el Instituto Fleming de Belgrano y sus restos fueron despedidos en la Legislatura porteña, sus allegados se encargaron de pasar música electrónica, decorar el lugar con millones de lentejuelas y colocar una botella de whisky justo al lado de su ataúd.

Llegó a publicar tres libros: Gente como uno, Gracias por volar conmigo y A que no te animás a leer esto, ya que escribir era uno de sus grandes placeres, como pasar tiempo con sus perros o ir a descansar a algún hotel cinco estrellas. Y los dejó como legado, al igual que los incontables recortes que siguen dando vueltas por la web y las redes sociales, donde muchos jóvenes que nunca llegaron a conocerlo en vida lo descubren a diario y se vuelven a sorprender como lo hicieron sus padres por su enorme capacidad.

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