“El error más caro de mi vida”

El directorio dejó la decisión en mis manos, aunque la inversión representaba más del veinte por ciento de todos los fondos disponibles de nuestra organización. Plenamente convencido, llamé a quien lideraba el proyecto, confirmé que invertiríamos seis millones de dólares y ese mismo día firmé electrónicamente los contratos

Un hombre en traje formal sentado ante un escritorio se apoya la mano en la cabeza junto a un monitor con un gráfico descendente.
"Mi renuncia no recuperaría un solo dólar, pero me parecía el único gesto digno frente a la pérdida que le había generado a la empresa. La escribí, la imprimí, la firmé y la dejé sobre el escritorio del presidente" (Imagen Ilustrativa Infobae)
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La inversión no podía ser más segura. En siete meses, la empresa saldría a cotizar en la bolsa de Estados Unidos y las estimaciones indicaban que su valor podía triplicarse. Lo que en la jerga financiera se llama hacer un 3X.

Los que nos la ofrecían no eran precisamente unos aventureros. Ya habían invertido en ellos algunos de los fondos más importantes del mundo, desde Blackstone hasta el fondo soberano de Qatar. Volví a revisar los números: facturación, rentabilidad, crecimiento interanual, proyecciones a tres y cinco años. Todo parecía confirmar lo mismo. Era una oportunidad extraordinaria.

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Un amigo muy cercano, que manejaba las inversiones de uno de los principales accionistas, me alentó a entrar. Presenté la oportunidad en el directorio y encontré más cautela de la que esperaba.

El presidente del grupo, especialmente, no compartía mi entusiasmo.

—A lo largo de mi vida aprendí que las maneras de perder dinero son infinitas —me dijo—. Nuestra capacidad de prever los imprevistos es muy limitada frente a lo vasta y cambiante que es la realidad. En la vida pasan cosas.

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No lo contradije porque era el presidente, pero recuerdo perfectamente pensar que los años lo habrían vuelto muy conservador.

Yo tenía números, proyecciones, inversores sofisticados y una salida a bolsa prevista para apenas unos meses después. ¿Cuánto podía cambiar el mundo en tan poco tiempo?

El directorio dejó la decisión en mis manos, aunque la inversión representaba más del veinte por ciento de todos los fondos disponibles de nuestra organización. Plenamente convencido, llamé a quien lideraba el proyecto, confirmé que invertiríamos seis millones de dólares y ese mismo día firmé electrónicamente los contratos.

Faltaban apenas dos meses para la salida a bolsa cuando los mercados empezaron a caer. Después de un largo ciclo alcista que parecía no terminar nunca, los inversores se volvieron más cautelosos y la empresa comenzó a preguntarse si tenía sentido hacer su debut bursátil en semejante contexto.

Entonces Putin invadió Ucrania.

Las bolsas se desplomaron y la salida quedó postergada hasta que llegara un momento más favorable.

Poco después, el líder del proyecto decidió invertir una suma millonaria en una nueva planta productiva. La apuesta podía tener sentido en tiempos de expansión, pero resultó devastadora en medio de una crisis. En cuestión de meses, la empresa se quedó sin los fondos necesarios para atravesar la tormenta.

Apareció entonces un inversor dispuesto a rescatarla, pero puso una condición: si el préstamo no podía devolverse dentro de tres años, se quedaría con la compañía.

Era aceptar o morir inmediatamente. Se aceptó. Tres años parecían muchísimo tiempo. Pero en la vida pasan cosas.

Durante ese período cambió el contexto económico, cambió el humor social, cambiaron gobiernos y prioridades. La empresa, vinculada a cuestiones medioambientales, perdió además parte del atractivo que había tenido pocos años antes. La recuperación esperada nunca llegó.

Al cumplirse el plazo, no hubo dinero para devolver el préstamo y pasó a manos del acreedor.

Me enteré por un correo electrónico. Todavía recuerdo la sensación de leerlo. Era breve, administrativo, casi aséptico. Pero para mí tenía el peso de un certificado de defunción. Los seis millones de dólares se habían evaporado.

Y entonces recordé aquella reunión del directorio. Me acordé del presidente advirtiéndome que las maneras de perder dinero eran infinitas. Recordé mi seguridad, mis argumentos, mis proyecciones y, sobre todo, aquella pregunta que me había hecho para mis adentros: ¿cuánto podía cambiar el mundo en seis meses?

Muchísimo, evidentemente.

Durante un rato intenté reconstruir mentalmente todo lo que había ocurrido. La guerra no era mi responsabilidad. Tampoco la caída de los mercados, las decisiones posteriores de los administradores ni los cambios políticos. Había muchas explicaciones posibles y todas eran ciertas.

Pero había otra verdad que me resultaba bastante más incómoda. Yo había empujado esa inversión. El directorio la había aprobado, por supuesto, así que no podía decir que hubiera sido una decisión unilateral. Pero había sido yo quien llevó la oportunidad, quien defendió sus virtudes y quien transmitió la convicción de que estábamos frente a una ocasión excepcional. Y ahora habíamos perdido seis millones de dólares.

Sentí que tenía que hacerme responsable.

Mi renuncia no recuperaría un solo dólar, pero me parecía el único gesto digno frente a la pérdida que le había generado a la empresa. La escribí, la imprimí, la firmé y la dejé sobre el escritorio del presidente.

Dos horas después, cuando llegó, me llamó a su oficina. Entré y lo encontré con la carta en la mano.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Hice una mueca. No sabía qué explicar. Me parecía que estaba todo escrito ahí. Me miró durante unos segundos.

De ninguna manera se la vamos a aceptar.

Rompió la carta delante mío y tiró los pedazos al cesto.

Acabamos de invertir seis millones de dólares en su capacitación. Así que vuelva a su oficina y muéstrenos que incorporó lo aprendido.

Se puso de pie, me dio la mano y me acompañó hasta la puerta.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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