
-Lo que te voy a pedir es que durante la entrevista no la menciones como mi madre, hablame de Yiya a secas, entre otras tantas cosas, porque quiso matarme...
-¿Qué edad tenías cuando ocurrió?
-Diez años.
Así arranca la charla con Martín Murano, quien vive en Mar del Plata y es hijo de Yiya Murano, “La Envenenadora de Monserrat”. Martín es actor, director, conductor de radio, doble de riesgo, según se presenta en su cuenta de Instagram. Y también escritor, entre otras cosas del libro Mi madre, Yiya Murano, publicado en 1994 y reeditado en 2017 por Editorial Planeta.
Un poco de historia
María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano se casó muy joven con el abogado Antonio Murano, catorce años mayor que ella. Vivía con él en el barrio de Monserrat y tenía un férreo círculo de amigas. Eran tan íntimas que las que definía como “hermanas del alma”. Pero detrás de tanto cariño, ella manipulaba sus ahorros a través de préstamos con tentadores intereses que nunca pagaba, pero que tenía obnubiladas a sus íntimas porque les hacía creer que día a día multiplicaban los capitales invertidos.

Habitualmente invitaba a sus amigas a tomar el té con masas. Entre 1978 y 1979, Nilda Gamba (su cuñada, ya que era pareja del hermano de Antonio Murano), Lelia Elida Formisano de Ayala y su prima segunda, Carmen Zulema del Giorgio de Venturini, murieron repentinamente. La justicia demostró que las tres fallecieron por consumir alimentos que ella les brindó. En la autopsia de Zulema se halló cianuro. En la casa de Yiya, la policía halló un frasco con el mismo veneno. Fue detenida, luego condenada en 1985 a 16 años de prisión por homicidio reiterado. La pena la cumplió en las cárceles de Ezeiza y Devoto. En 1995 recuperó la libertad.
“A mí también me quiso envenenar”
-Martín, volvamos al episodio al que te referiste al principio del diálogo, ¿podés brindar más detalles de cómo te quiso matar?
-Fue con una torta que había comprado en teoría para una cena, seguramente luego envenenada. Y bueno, la torta viene cerrada como la de cualquier confitería, obviamente. En este caso el paquete estaba abierto. La dejó sobre la mesa de la cocina. En esa época yo era gordito, me gustaba mucho comer. Y la vi. Obviamente me tenté y corté un pedazo. Cuando me lo fui a llevar a la boca, apareció y me lo sacó. Lo agarró y lo puso sobre el resto de la torta que quedaba y la tiró a la basura. Para mí no se animó, se arrepintió a último momento. La verdad nunca la sabremos. Pero, ¿por qué la tiró? Todo muy sospechoso. Yo digo que me salvé.
-Por esos tiempos contaste que ella tenía un amante que insistía con que se deshiciera de vos.
-Tenía varias parejas a la vez. Ni yo sé cuántas. Pero específicamente un hombre fue quien le aconsejó que me matara. La verdad no sé si no era mi padre biológico.
-Claro, porque nunca se llegó a probar de quién eras hijo.
-Es verdad, por eso recomiendo que miren el documental de Netflix próximo a estrenarse, entre fines de abril y principios de mayo. Un largometraje donde se develan muchas cosas que hasta hoy no se sabían. Lo que se ha visto hasta ahora son ficciones. La serie “Yiya” no se ajusta a la verdad. Me pareció una ficción entretenida, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad. En el documental que te comenté va a estar la verdad de lo ocurrido. Van a escuchar testimonios mucho más importantes de gente que estuvo directamente relacionada. Los familiares de las víctimas, por ejemplo. Van a enterarse cómo fue la vida de ella en la cárcel realmente, porque Yiya contó una historia falsa cuando salió. Todos sabemos que cuando se entrevista a un criminal ninguno dice, “Sí, fui yo porque disfruté de robar o matar”. Nadie hace eso. Todos intentan vender una imagen inocente, el tema está en comprarla o no.

“Nunca la sentí mi madre, sí una asesina serial”
-¿Cómo pesó sobre vos sentir te quiso matar, cómo conviviste con eso?
-Es que nunca la sentí mi madre. Sinceramente, tuve la sensación de que una asesina serial me quiso matar.
-¿Y cómo procesaste esa idea?
-Escuchame, si mató a su cuñada y a su prima, qué puedo pensar...
-Sí, pero vos eras su hijo.
-Sí, bueno, pero desde el momento en que vos tenés el superyó (N de la R: Según Sigmund Freud: instancia psíquica que vela por el cumplimiento de las reglas morales) eliminado, o sea, no existe el freno inhibitorio, te da lo mismo matar a tu hermano, tu primo, tu tía o tu hijo.
-¿La sentías totalmente ajena a tu vida?
-No es que la sentía, lo era.
-¿Pero vivías con ella, ¿no le tenías miedo, terror?
-No le tenía miedo. Lo que vi fue mucho manejo de dinero de parte de ella. De dólares, Bonex, inversiones en mesas de dinero, lo que hoy serían las cuevas. Escuchaba conversaciones que a mis 12 años, no son los 12 de un chico de ahora que maneja internet y la PlayStation. Yo soy de la época en la que se jugaba en la calle a la escondida.

-¿Te maltrató, te pegó, te abusó alguna vez?
-Esa es una de las cosas que me molestó de la serie Yiya. Pusieron que ella estuvo en el entierro de mi viejo, cosa que no fue así porque mi papá (Antonio Murano) falleció cuando ella estaba detenida. Segundo, ella jamás se hubiera atrevido a levantarme la mano. Ni de chico ni muchísimo menos de adolescente.
-¿Por qué lo mencionás con tanta seguridad?
-Mirá, yo milito activamente a través de mis obras de teatro y de la Asociación Las Madres del Dolor contra la violencia de género. Jamás le pegaría a una mujer. Pero a mis 16 años, si Yiya hubiera intentado pegarme como da a entender la serie, no sé cómo hubiera reaccionado. No quiero mentir, pero por ahí me olvidaba de que era una mujer.
-¿Tenés contacto con los familiares de las víctimas de Yiya?
-A través de Alejandro Hartmann, que es el director del documental de Netflix. Y para mí ya no es tal, sino mi amigo, cosa que considero más importante. Él me conectó con familiares de las víctimas, quienes lejos de tener resquemor conmigo, generamos una amistad telefónica. Simplemente por una cuestión de distancia no nos hemos visto. Pero hablamos por teléfono, por ejemplo, con Marcos Gamba, el sobrino de Nilda Gamba, una de las víctimas que era a su vez cuñada de Yiya porque convivía con el hermano de mi papá. Él cada vez que escucha o ve una nota que yo hago me manda un mensaje de apoyo. Quedamos en vernos. Solo por una cuestión de distancia todavía no se materializó el encuentro. Tanto con él como con los nietos de Carmen Zulema del Giorgio de Venturini, que son primos segundos míos. El trato es tremendamente cordial y no te digo diario, pero semanalmente hablamos. Cosa que me hizo muy bien porque no te olvides que siempre sufrí bullying por portación de apellido. Y pensaba que los familiares directos de las víctimas iban a tener resentimiento conmigo. Pero ocurrió todo lo contrario.
-¿Te acordás cómo fue la detención de Yiya? ¿Cómo se enteraron ustedes de sus crímenes?
-Fue un miércoles a la noche. Cuando estábamos cenando, golpearon la puerta, pensamos que era una broma al principio porque dijeron en plena época de proceso militar en el 79: “Policía Federal, abra la puerta”. Bueno, observamos por la mirilla, y sí, era la policía de verdad. Creo que abrí yo la puerta y del otro lado había uno o dos oficiales uniformados y otro de saco y corbata que se dirigió directamente a mí, me puso una mano en el hombro y me dijo: “Está todo bien, quédate tranquilo, acá la policía va a revisar unas cosas. Qué grandote que sos, vos tendrías que jugar al básquet”. Me acuerdo de que me hablaba como calmándome. Cosa insólita en la época del proceso, donde todo era mucho más violento. Pero me quedó grabado ese hombre que ya debe haber fallecido. Él se dedicó más que nada a hablar conmigo mientras los policías revisaban la casa y yo iba al lado de ellos y les decía, “¿Pero qué voy a tener guardado acá? ¿Por qué abren allá?” Controlaba todo, o intentaba hacerlo. Cuando terminaron, este hombre que estaba conmigo me lleva a una parte de mi casa, que no es ni parecida a la que se vio en la serie Yiya. Y ahí es cuando le dicen a mi viejo que se la iban a llevar detenida. Mi papá era abogado, le pide los motivos y le contestan: “Se los van a dar en el juzgado o a partir de mañana en carácter de incomunicada”. Y se la llevaron. Pasó una semana y no sé si realmente no se lo dijeron a mi viejo, o él no me lo quiso decir a mí. Unos días después llegaron unos periodistas a casa y a través de ellos nos enteramos del motivo real por el que la detuvieron.

“Se sospecha si no mató al último marido que tuvo”
-¿Hasta ahí nunca pensaste que era por asesina?
-No, no, pero tampoco me sorprendió. Fijate que se sospecha si no mató también al último marido que tuvo (N de la R: Julio Banín). Pero sí es seguro que está hecha la denuncia de la hija (Helena), a quien también intentó envenenarla. Y hay pruebas de eso porque bueno, le hicieron un lavado de estómago. Ella misma lo contó. Si bien no hemos tenido relación, ella me llamó por teléfono cuando ocurrió ese episodio. Te puedo asegurar que no es humor negro lo que te voy a decir, pero va a sonar así. Recuerdo que le dije: “Mirá, con todo respeto y lamento lo que te pasó. Pero si yo voy a trabajar, llego y Yiya me espera con la comida, lo último que se me ocurriría en el mundo es comer”. Al padre seguro lo envenenó para quedarse con el departamento, y con la pensión, claro. Si bien, obviamente no puedo probarlo porque yo no estaba, pero no me extrañaría en lo más mínimo. Yiya decía ser muy religiosa, andaba con un crucifijo siempre. Yo digo que era “a Dios rezando y con cianuro matando”.

-¿La visitaste alguna vez en la cárcel?
-Lo acompañé a mi viejo. Después cuando salió de prisión tuvimos que vernos también en la Fundación Favaloro porque bueno, yo tenía derecho a saber si realmente Antonio Murano era o no mi padre biológico. Entonces nos fuimos a hacer un ADN y tenía que estar ella que me acuerdo que hizo un escándalo porque tenía miedo a que le sacaran sangre. Le digo, “Mirá, poné el brazo porque hay otro método para sacar sangre y no te va a gustar. Mejor es que pongas el brazo”. Y al final la hisoparon porque hizo un escándalo impresionante. La enfermera temerosa me dijo: “¿A vos no te molesta, no?" Le respondí: “Para nada, sacá la que necesites”. Entonces me comentó: “Porque la otra señora hizo un escándalo”.
-¿Y qué pasó con ese estudio de compatibilidad?
-Dio que en 99.98 por ciento no soy hijo de Antonio Murano, aunque yo lo sigo considerando mi padre por cómo se comportó conmigo. Está vivo en mi corazón. Pero quizás viendo el documental que se viene en Netflix sacás tus propias conclusiones y no te lo tengo que contar yo, que ahora por una cuestión de confidencialidad no puedo. Las plataformas te dejan adelantar los títulos, pero no el desarrollo. No es que quiera crear misterio.
-¿Por qué creés que Antonio Murano se quedó tanto tiempo al lado de esa mujer que lo engañaba en forma permanente?
-No sé, era la forma de ser de mi viejo. Un abogado que nació en 1916 y que se casó a los 33 años sin ningún tipo de experiencia con las mujeres. Y bueno, se encontró con una mujer de 20 que a él le resultaba atractiva y lo manejaba. Estaría fascinado con ella...
-¿La perdonaste alguna vez?
-Es que para perdonar tendría que estar enojado o tener odio contra esa persona. Y el odio carcome más a quien lo siente que al destinatario. Yo estoy en paz conmigo mismo. Yiya Murano no es un personaje recurrente en mi vida. Lo es ahora por todo lo que despertó la miniserie. Pero lo que menos hago es conversar sobre el tema. Hago mi vida como instructor de artes marciales, soy actor y director de teatro, escribo libros no solo de Yiya, de otros temas también para Editorial Planeta. Hago una obra de teatro temática contra la violencia de género, y colaboro con las Madres del dolor.
-¿Formaste tu propia famila, Martín?
-Sí, soy muy feliz. Llegó tarde, pero llegó. Le digo en tono de broma siempre: “Ahora la señora de Murano sos vos. Así que yo que vos me cuidaría”. Somos Muy felices, nos llevamos muy bien. Se llama Adalis, es cordobesa. Nos encontramos hace un año más o menos chateando, con videollamadas y demás. Yo viajé a Córdoba un par de veces, me quedé allá en un hotel, no en su casa porque ella vivía con sus padres y su hermano. Hasta que hace unos cinco meses me dio la sorpresa con un mensaje de texto diciéndome: “Me olvidé de decirte algo. Ya tengo el pasaje en avión, mañana andá a buscarme al aeropuerto de Mar del Plata”. Y desde allí que estamos conviviendo y nos llevamos cada día mejor. Estoy muy enamorado, lo confieso. Y ella también, muy felices los dos. Lo que nos pasa es simplemente amor, con todo lo que esa palabra implica. Es dulce, simpática, inteligente, alegre. Siento que es una compañera de ruta hasta el final del camino. Lo que esperé toda mi vida, tarde o temprano, no importa, pero llegó. Lo demás es puro cuento, Yiya incluida.
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