
Dicen que hay lugares que insisten en existir incluso cuando nadie puede encontrarlos en un mapa, y que hay otros que decidieron borrarse solos, como si hubiesen tenido conciencia de su propia fragilidad. Dicen también que la memoria humana es un animal caprichoso: crea pueblos, destruye ciudades, inventa carreteras y borra fronteras. Y que, de vez en cuando, se ensaña con ciertos nombres que regresan una y otra vez, incluso cuando toda evidencia documental actúa en su contra. Así, en la periferia de la cartografía emocional del continente, sobreviven dos historias que inquietan a estudiosos y obsesionan a quienes aseguran haber estado allí: el pueblo estadounidense de Doveland, que muchos recuerdan vívidamente y que, sin embargo, jamás existió; y el brasileño Hoer Verde, que sí existió en algunos mapas antiguos pero cuya población entera desapareció sin dejar rastro. Dos localidades imposibles, separadas por miles de kilómetros, pero unidas por una forma idéntica de desaparecer.
Cuando la estadounidense Cynthia Mandel contó por primera vez la historia de Doveland en una entrevista de 1986, no esperaba desencadenar un pequeño terremoto cultural. Lo relató con naturalidad, como quien recuerda el lugar donde pasó sus veranos de infancia. “Íbamos a visitar a una tía”, dijo. “El cartel era blanco, de madera. Welcome to Doveland – Where the Wind Stays Still“. Yo podía leerlo incluso antes de saber leer porque mi madre me repetía la frase cada vez que pasábamos”. Nadie, ni los periodistas ni los archivistas, logró encontrar un solo registro de aquel poblado. No aparecía en censos, ni en mapas, ni en registros de propiedad. Nada. Mandel fue acusada de confundir nombres, de reconstruir su pasado como un rompecabezas impreciso, de confundir recuerdos de distintos viajes. Pero lo inquietante no fue el testimonio de Mandel: fue lo que vino después. Gente de Wisconsin, Minnesota, Iowa, Illinois. Un camionero de Nebraska. Una exdocente de Michigan. Personas que nunca se habían cruzado entre sí empezaron a relatar exactamente lo mismo: un pueblo de casas bajas, un molino amarillo, un almacén de madera y un cartel que les daba la bienvenida “donde el viento permanece quieto”.
El archivista Arthur Shepperd fue el primero en reunir los testimonios en un solo informe. Lo hizo con una obsesión casi maniática. Durante décadas investigó pueblos fantasmas del Medio Oeste, pero ninguno lo perturbó como Doveland. “Los relatos coincidían en detalles minúsculos”, me dijo en una entrevista que duró casi tres horas. “El olor a trigo húmedo. El sonido metálico de una veleta. La sensación de silencio, pero no un silencio vacío: un silencio lleno de cosas vivas”. Shepperd estaba convencido de que la memoria colectiva había creado un “pueblo ideal”, un punto de referencia para quienes crecieron en la ruralidad de los años 60 y 70. Pero también admitía algo más: había detalles demasiado específicos para ser casuales.
El caso dio un giro inesperado cuando, en 2009, un coleccionista de Portland presentó lo que podría ser el único objeto físico vinculado a Doveland: una pulsera plástica, de las que se entregaban en ferias y festivales. “DOVELAND COMMUNITY FAIR – 1973”, decía la inscripción, apenas legible. El coleccionista, Mark Dillard, afirmó haberla encontrado entre cajas viejas pertenecientes a su padre. Varios especialistas analizaron el objeto. Era de manufactura típica de la época, pero nada garantizaba que la inscripción fuese original. Podía ser una falsificación, un error de impresión o un simple souvenir de algún festival efímero de un pueblo real cuyo nombre se perdió. Sin embargo, la aparición de la pulsera disparó una ola de recuerdos en decenas de personas que nunca antes habían mencionado la historia: “Yo también la tenía”. “La daban en la feria del maíz”. “La recuerdo como si fuera ayer”. La memoria es un animal temible cuando decide coordinarse.
La historia se intensificó aún más cuando se encontraron seis cartas en una subasta privada de Michigan. Las firmaba un tal Evan W., dirigidas a alguien de nombre Claire. Las cartas describían los “últimos días en Doveland”. No había apocalipsis, ni violencia, ni desastre. Había, sí, una ansiedad sutil: caminos que desaparecían, funcionarios que hablaban de un traslado inminente, vecinos que empaquetaban sin saber a dónde irían. En una de las cartas, Evan escribía: “No sé qué está pasando. La carretera oeste ya no aparece donde debería. Dicen que mañana nos trasladarán a todos. Si paso por Madison te escribiré. No creo que volvamos a ver Doveland nunca más”. Los peritos que analizaron las cartas concluyeron que eran auténticas en cuanto a su antigüedad, pero no pudieron vincularlas a ningún pueblo real. Como todo lo demás, solo agregaban misterio.

Mientras Doveland se convertía en un fenómeno de memoria rota en Estados Unidos, en Brasil resurgía la historia del pueblo de Hoer Verde, un lugar que existió en algunos mapas antiguos del estado de Rondônia, pero que desapareció de los registros sin explicación clara. La leyenda moderna sostiene que, en algún momento entre los años 60 y 70, las autoridades brasileñas llegaron a Hoer Verde y lo encontraron completamente vacío. Casas abiertas, platos sobre las mesas, ropa colgada, camas tendidas. Todo en su lugar, excepto la gente. La historia parece salida de una novela policial de realismo mágico, pero lo inquietante es que varios documentos cartográficos de la época mencionan la existencia del pueblo. Y, aun así, nadie conoce su final.
La pieza más perturbadora del caso es el supuesto hallazgo dentro de la escuela local: una frase escrita en el pizarrón en una mezcla peculiar de portugués coloquial y gramática deformada: “A verdade chamou nós” (La verdad nos llamó). No es una frase infantil, ni religiosa, ni política. Es un mensaje que parece tener la conciencia del momento, como una despedida enigmática y definitiva. El antropólogo brasileño Eduardo Sampaio, especializado en desapariciones rurales, me explicó que la frase, de existir realmente, podría ser interpretada de múltiples maneras. “En zonas remotas de Brasil, los pueblos pueden desaparecer por migraciones abruptas, conflictos, intereses económicos, enfermedades no documentadas. Pero esta frase rompe cualquier posible explicación lógica. Es la huella de alguien que creyó estar presenciando algo trascendental”.
Los escépticos sostienen que Hoer Verde fue un asentamiento informal cuya población migró por necesidad económica o debido al avance de la frontera extractiva. Pero si fue así, ¿por qué nadie supo adónde fueron? ¿Por qué no hay registros de reubicación, listas de evacuados, rutas de traslado? ¿Por qué quedó la leyenda de un hallazgo militar que, de ser cierto, habría sido registrado en alguna dependencia? El misterio persiste porque la explicación más sencilla —un éxodo silencioso— no cuadra con la evidencia. O, mejor dicho, con la falta de evidencia.
En paralelo, los estudiosos de fenómenos liminales empezaron a notar que Doveland y Hoer Verde comparten un mismo patrón psicológico, geográfico y emocional. Son pueblos pequeños, aislados, atravesados por la idea del silencio; lugares que aparecen y desaparecen según quien los recuerde. Ambos están vinculados a carreteras que supuestamente no llevan a ninguna parte o que dejan de existir de un día para otro. Ambas historias incluyen frases que parecen mensajes cifrados. Y en ambos casos existe la idea de “traslado”, “evacuación” o “reubicación”, como si los pueblos hubiesen sido movidos de sitio o arrancados de su propio tiempo.
La memoria humana, sin embargo, no necesita lógica para funcionar. En 2021 Caroline Nester, una mujer de Missouri que asegura haber estado en Doveland en 1972, habló. “Tenía siete años”, dijo. “Fue un viaje breve. Recuerdo una feria, juegos de agua y un señor vendiendo limonada. Pero el pueblo era rarísimo. Mucha gente, pero nadie hablaba demasiado. Mi papá decía que era porque era un pueblo conservador, al que no le gustaban los turistas”. Cuando le mostré la fotografía de la pulsera de la feria, Nester la reconoció al instante. “Esa era la mía”. No dijo “parecida”. Dijo “esa”. Reconoció incluso un pequeño defecto en el borde del plástico antes de que yo mencionara su existencia.

En Brasil, periodistas y documentalistas que rastrearon la historia de Hoer Verde recogieron testimonios de exmilitares que sirvieron en la región amazónica durante los años 60. Muchos dijeron haber oído “rumores” de un pueblo vacío, aunque ninguno aseguró haber estado allí. Uno de ellos, que pidió no revelar su nombre, me dijo: “Decían que había un lugar donde entrabas y todo estaba normal, pero la gente no estaba. Como si hubieran salido a caminar y nunca hubieran vuelto. Algunos lo contaban para asustar a los nuevos. Otros hablaban en serio”. El rumor militar, en Brasil, es casi una institución: funciona como un tejido de historias transmitidas sin fuentes oficiales, un mecanismo ancestral de advertencia o de mito.
Los investigadores suelen dividirse en tres grandes corrientes explicativas. La primera es sociológica: ambos pueblos serían construcciones de la memoria colectiva, objetos culturales creados por la necesidad humana de llenar vacíos. La segunda es conspirativa: Doveland y Hoer Verde habrían sido evacuados por razones gubernamentales —pruebas armamentistas, contaminación, experimentos, proyectos extractivos— y luego borrados de los registros. La tercera es la más polémica: la hipótesis liminal, que sostiene que ciertos lugares operan como zonas de percepción alterada, intersticios donde la memoria humana no funciona de manera lineal. Según esta teoría, algunos pueblos existirían solo para quienes los vivieron y desaparecerían del mapa cuando pierden su función emocional o simbólica.
Quizás por eso estas dos historias perduran. Quizás por eso, en un mundo que ya casi no deja lugar para los secretos, dos pueblos que nadie puede ubicar siguen reapareciendo en sueños, en conversaciones, en testimonios de personas que no tienen nada en común salvo la certeza de haber estado allí. Doveland, el pueblo del viento quieto. Hoer Verde, el pueblo donde “la verdad llamó”. Dos localidades que desafían la idea de que la realidad es una única línea continua. Tal vez jamás existieron. Tal vez existieron y fueron borradas. O tal vez existan todavía, en algún sitio donde no llegan los mapas, sostenidas exclusivamente por la memoria de quienes decidieron no olvidarlas.
Porque, al final, un pueblo no muere cuando desaparece de la tierra. Muere cuando nadie lo recuerda. Y estos dos, a pesar de todo, siguen más vivos que nunca.
Últimas Noticias
Secuestraron granadas y bombas molotov que iban a ser usadas para detonar un gasoducto en Ezeiza
El plan fue frustrado por la Gendarmería Nacional, luego de que un agente divisara a dos sujetos sospechosos en una moto. No hay detenidos por el hecho

Registraron una baja de 10 mil nacimientos en Rosario, en comparación con las cifras de natalidad obtenidas en 2025
El número de niños registrados en la ciudad continúa disminuyendo según fuentes oficiales. A raíz de esto, las autoridades prevén consecuencias en la economía y el sistema educativo

De la religión a la tecnología: por qué la inmortalidad empieza a discutirse en serio
Las declaraciones de Elon Musk en Davos, los avances científicos y una discusión que cruza privilegio, desigualdad y tiempo vuelven a poner en escena una pregunta incómoda: quiénes podrán vivir más y en qué condiciones

Fernando Peña: del día que lo escuchó Lalo Mir en los parlantes de un avión a las geniales peleas entre sus personajes en la radio
El creador de personajes emblemáticos como Martín Revoira Lynch, La Mega, Milagros López o Palito había nacido el 31 de enero de 1963 en Montevideo, Uruguay, pero de chico se radicó en la Argentina, donde desarrolló toda su carrera y se convirtió en el máximo provocador de la radio

Un tren detenido, un error humano y el choque que dejó 236 muertos: los minutos previos a la mayor tragedia ferroviaria argentina
La noche del 1° de febrero de 1970, “El Zarateño” —cargado de pasajeros que regresaban de un día de paseo— quedó detenido en las vías y fue embestido por detrás por otro tren. Las difíciles condiciones de las tareas de rescate, una dictadura que miró para otro lado y una oscura condena judicial. El relato de los sobrevivientes




