—¿Me lo abrís? —pide Pablo Balestreri (50) mientras señala un sobre de edulcorante. Es sábado por la mañana y el mozo acaba de dejar un cortado frente a él. Quiere endulzarlo, pero tiene el brazo izquierdo inmovilizado con una valva y no puede hacerlo solo.
—Esta es mi vida ahora. Tengo que depender de los demás —dice.
Desde el 13 de diciembre de 2025 su vida cambió de forma abrupta. “En el barrio la gente me pregunta: ‘¿Vos sos el del vidrio?’”, cuenta. Perdió el anonimato después de que se difundió el video que muestra el momento exacto en el que una placa de vidrio cayó desde un edificio y le golpeó la cabeza mientras estaba sentado en la vereda de una cafetería en Belgrano. “Me tocó a mí, pero podría haberle pasado a cualquiera. Tuve suerte”, dice.
La entrevista con Infobae iba a hacerse en su departamento, donde vive con su madre de 91 años. A último momento, sin embargo, Balestreri cambió de idea. “Mejor vamos a un bar”, propone, y camina despacio hasta otro café de la zona, a pocos metros del lugar del accidente. Se acomoda en una mesa de la vereda, apoya con cuidado el brazo lesionado y empieza a reconstruir su historia: desde su infancia en Villa Devoto y el deseo de ser futbolista hasta sus días actuales y el modo en que el accidente modificó su forma de ver las cosas. “Por algo me pasó”, asegura.

Una vida “normal”
Pablo creció en Villa Devoto, en una familia de clase media, como el menor de tres hermanas mujeres. De su infancia recuerda la primaria en la Escuela Nº 7 “Gral. Máximo de Zamudio”, las tardes jugando a la pelota y los veranos familiares primero en San Clemente del Tuyú y, más tarde, en Mar del Plata.
Durante un tiempo creyó que podía ser futbolista. Llegó a probarse en Chacarita, aunque el sueño duró poco. “Tuve algunas lesiones. Me di cuenta de que no iba a llegar y me dediqué a otra cosa”, cuenta. Hincha de River Plate, empezó a ir más seguido a la cancha cuando el club descendió a la B Nacional. “Estuve cuando me necesitaban”, resume.
Fanático de Diego Maradona, todavía recuerda el Mundial de 1994 como uno de esos momentos que lo hicieron llorar. “Cuando lo sacaron del Mundial lloré como un condenado. Y me pasó lo mismo años más tarde, cuando murió mi viejo. Los comparo porque sufrí mucho por los dos”, dice.

Ya en sus veintitantos intentó estudiar varias carreras —Contaduría, Ciencias Políticas, Analista de Sistemas— y ninguna lo convenció. Desde hace más de una década trabaja como administrativo en la Aduana y, hasta el día del accidente, según dice, llevaba una vida “normal”. “En la semana, si volvía medio cansado de laburar, me tiraba a descansar un rato”, explica. Los fines de semana, en cambio, trataba de despejarse: “A veces me iba al Tigre, solo o acompañado. Me tomaba el Mitre en Barrancas de Belgrano y caminaba por el Puerto de Frutos”.
Soltero y sin hijos, Balestreri asegura que, de haber tenido la oportunidad, le hubiera gustado ser padre. “Ahora, a los cincuenta, es jodido tener pibes. Igual, tengo muchos sobrinos”, dice.
Más allá de algunas salidas, pasa buena parte del tiempo en su departamento. No le gusta leer, pero sí escucha música —desde baladas melódicas hasta bandas de heavy metal— y, cada tanto, hace algo de ejercicio para mantenerse activo. “Abdominales, brazos, piernas… un poco de todo”, enumera. También tomó clases de inglés, aunque las abandonó. Con la terapia le pasa algo parecido. “Soy medio reacio a ir al psicólogo. Voy cuando siento que lo necesito. Si pasa mucho tiempo, ella me llama y arreglamos un turno”, dice.

El día del accidente
El sábado 13 de diciembre, cerca de las 18.40, Balestreri se sentó en una de las mesas de la vereda de la cafetería Candelaria, a media cuadra de su departamento. Había ido otras veces, aunque ya no lo frecuentaba tan seguido. Pidió una gaseosa y, minutos después, sufrió un accidente que estuvo a punto de costarle la vida.
“Sentí algo, pero no pensé que era un vidrio. Y enseguida me desmayé”, recuerda sobre el momento en que la placa cayó sobre su cabeza.
La secuencia quedó registrada por una de las cámaras de seguridad del local. “Escuchamos un estruendo fuerte y al principio pensamos que había sido un choque. Cuando salimos, vimos la mesa en el piso y al hombre sentado, semi inconsciente. Por suerte recuperó la conciencia a los pocos minutos”, relató luego uno de los empleados a TN.
Mientras esperaban la llegada del SAME, los trabajadores de la cafetería lo asistieron. “Creo que estaba en shock, pero lúcido al mismo tiempo. Me limpiaron un poco porque estaba todo ensangrentado. Lo raro es que no me tocó la cara”, dice, todavía sorprendido. Recién cuando vio restos de vidrio a su alrededor entendió lo que había pasado. “Lo peor fue cuando vi el agujero que tenía en el brazo: ahí me asusté”, agrega.

En medio de toda esa confusión, antes de que llegara la ambulancia, Pablo alcanzó a darle a una de las chicas del local el número de teléfono de una de sus hermanas. “No sé cómo hice para acordarme”, cuenta.
Lo trasladaron al Hospital Pirovano, donde le retiraron restos de vidrio de las heridas y le cosieron la cabeza. “Me dieron treinta puntos”, recuerda. Luego fue derivado a la clínica Zabala. Permaneció internado allí durante una semana. “Todos los días amanecía con la almohada manchada de sangre”, recuerda. Dos días después, el 15 de diciembre, debieron operarlo del brazo izquierdo por lesiones en un tendón. “No lo podía creer”, cuenta.
Desde entonces, su rutina transcurre entre consultorios médicos: va casi todos los días al kinesiólogo y a terapia ocupacional para recuperar movilidad en la mano y el brazo. “Todavía no puedo hacer ni la mitad de las cosas. Tengo que depender de los demás”, reconoce.

—¿Cómo fue regresar a tu casa y al barrio después del accidente?
—Traté de seguir haciendo mi vida. En el barrio algunos me preguntan: “¿Vos sos el del vidrio?”. También recibí muchos mensajes. Hubo despachantes que me llamaron: “Si necesitás algo, avisame”. Hasta los jefes. Me gusta que me pregunten cómo estoy. Creo que eso es lo lindo de que me haya pasado esto: que la gente se interese por cómo me siento. Igual sigue siendo un mal momento, porque vivo yendo al médico. No sé cuándo podré reincorporarme al trabajo.
—¿Volviste a la cafetería?
—Fui una vez. Pasé a saludar y tomar un café. Algunos de los mozos me abrazaron y me preguntaron cómo estaba. Después sacaron las mesas de la vereda por un tiempo y ahora las ponen debajo del balcón.

—Cuando se difundió el video de lo que pasó, ¿qué te generó verlo?
—No me produjo nada malo verlo. Me tocó a mí, pero podía haberle pasado a cualquiera. A mí casi me mata, imaginate. Tuve mucha suerte.
—Después de todo esto, incluida la semana que estuviste internado, ¿sentís que cambió tu forma de ver la vida?
—Aunque soy reacio a los hospitales, lo llevé bien. Yo fumo un atado de cigarrillos por día y ahí no podía fumar. En ese sentido hasta me hizo bien. Cuando me dieron de alta, me acuerdo de que mi hermana me dijo: “No fumás más”. (...) Yo creo que por algo me pasó. Algo cambió, sí. Me siento más tranquilo. No tan conformista, pero bastante conformista (risas). Lo que más me jode son los dolores de cabeza.
—¿Y dejaste o pensaste en dejar?
—Justo te iba a preguntar… ¿te molesta si prendo uno?

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