Antes de ser Cris Morena, María Cristina de Giácomi fue la hija, la nieta y la bisnieta de una familia rehén de un árbol genealógico disfuncional. Nació el 23 de agosto de 1956 en la ciudad de Buenos Aires y se crió en Barrio Parque. Su mamá era Rosa María Jan, su papá Atilio De Giacomi. Sus hermanos Jorge, Juan y Alicia. Sus abuelos, Rosa María Kent y Jean Marie Jan, fundador de las academias Pitman en la Argentina. Con los años comprendió que su infancia le había parido una enseñanza vital: “Yo quería ser totalmente diferente a lo era mi familia, que era maravillosa pero que tenía mucho delirio en la cabeza y yo necesitaba modificar eso para mi vida”. Nunca lo contó: “Mi mamá tenía un problema mental muy grave. Pero lo descubrimos cuando yo tenía catorce años”.
“Mi mamá -dice- era una mujer que se estaba recibiendo de socióloga. Mi papá era un ingeniero totalmente rígido y no sabía qué hacer. Fue muy duro”. El tiempo le ayudó a comprender que era la continuación de un linaje complejo, en el que el ingenio y el intelecto habían afectado las relaciones. “En mi familia había una descendencia de mujeres muy inteligentes y brillantes que habían vivido todo tipo de problemáticas. Mi bisabuela se suicidó, mi abuela fue lobotomizada y mi mamá tuvo un problema muy grave de salud mental”, relata.

Un remedio la serenó. Mejoró pero a la vez, empeoró. La locura creativa y desproporcionada que caracterizaba a Rosa María se disipó. No volvió a ser la que era. “Una mujer brillante, pero también su locura era brillante y esa locura brillante era un poco peligrosa”, define su hija. “A lo largo de la vida, me di cuenta de que gracias a la disfuncionalidad de mi mamá me permitió revelarme contra ella y contra el mundo. Esa rebelión me salvó la vida. A veces las cosas que te hacen doler más son las que te salvan”, dice y agrega: “Le agradezco profundamente su rebelión, casi hasta su locura, porque me permitió personalmente entender que había toda una historia familiar de mujeres que yo había venido a cortar. Y lo logré, logré cortar esa historia familiar”. Las palabras la rescataron de ese designio familiar. “Escribir, escribir, escribir y leer, leer, leer. Siempre digo que la poesía y la lectura me salvaron”.
Su sueño era ser mamá y cambiar el mundo, en orden aleatorio. Tuvo a Romina -fallecida el 28 de septiembre de 2010 a los 36 años- y a Tomás. A sus 68 años, es abuela de Franco, Valentín, Azul, Inti y Mila. Su mamá murió el 17 de diciembre de 2017. Estaba internada por un problema respiratorio. “Logré reunir a la familia, vino un sacerdote y cuando dijo ‘amén’, mamá dejó de respirar, muy suavemente. Me esperó y ese momento fue justo en el ‘amén’, estábamos todos alrededor de ella, a veces hay muertes dulces”, contó en aquel entonces.

“Tengo un dolor gigantesco, que va a ser muy difícil de superar porque amo a mi mamá”, precisa. Aunque recuerda que había sido tan dura con ella, lo que motivó que se fuera temprano de su casa y que empezara a hacer su vida sola desde adolescente. No solo ella, sino también sus hermanos, que se emanciparon de la casa familiar a temprana edad. Por aquellos años, había generado un rechazo visceral a una frase, a una palabra, a un concepto. “Lo único que no quería era que me dijeran que estoy loca. Porque no estoy loca. Estoy súper cuerda. Lo que pasa es que leo y veo más allá de otras personas. A veces los dolores fuertísimos te preparan si tenés fuerza y lo sabés llevar para ser lo que soy ahora, me siento muy feliz”.
A los 17 años fue imagen de los jeans Lee. En 1972 trabajó en VolTops, un programa musical donde conoció a Gustavo Yankelevich, con quien se casó al año siguiente. A los 24 años, sobre el comienzo de la década del ochenta, debutó en la telenovela Dulce fugitiva, donde interpretó el personaje Laura Morena, que le inspiró su nombre artístico. Se reconoce un producto del público: “Yo no soy un hecho de periodismo o de algún programa que tuvo un éxito. Yo soy una laburante. Todo lo que hice fue con mi trabajo y con el equipo de trabajo que tenía. La exigencia o el sacrificio no son palabras que yo uso. Yo uso otras palabras como excelencia, pasión, emoción y entusiasmo. Soy mega, mega de excelencia, te lo puede decir cualquiera de los que trabajan conmigo”, describe.

Ya produjo éxitos como Jugate conmigo, Chiquititas, Verano del 98, Rebelde Way, Floricienta, Amor mío, Casi Ángeles. Pasaron más de tres décadas para su desembarco en la televisión argentina con otra serie infantil: Margarita, que tu cuento valga la pena, el spin-off de Floricienta ya se puede seguir en MAX para toda América y que empezará a verse en la pantalla de Telefé. “Cuando me lancé con Margarita en MAX fue todo una experiencia que yo ya había hecho un montón. La gente dice ‘volvió ahora’ pero yo ya estaba haciendo con Netflix Rebelde para México y un montón de cosas que se veían en Estados Unidos, pero no había vuelto a la Argentina. Yo amo mi país, lo amo con locura con todas sus problemáticas y sus disfunciones. Tenemos un país increíble con muchísima gente maravillosa. Entonces trabajaba para afuera, pero siempre volvía”, remarca.
“La idea de Margarita surgió en la pandemia con mi hijo Tomás. Estuvimos juntos, encerrados catorce días y fue glorioso. Yo empecé a escribir sobre Margarita y se lo mostré a Tomás, que en ese momento trabajaba en Warner. Estuvimos a punto de que no saliera porque estaban justo uniéndose con otra plataforma pero ellos estaban fascinados con los libros. Siempre temía defraudar pero le ponía y le pongo tanto amor que estoy convencida de que no hay manera de qué me vaya mal”, concluye.
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