Ignacio Arruez puede encontrar desperdicios de un volquete y transformarlos en algo productivo. Es la parte más significativa de su trabajo: darle sentido a cosas descartables, a cosas que no tienen sentido. “Este hierro viejo, sucio y oxidado por el que nadie daría un mango yo lo puedo convertir en algo”, dice orgulloso. Es herrero hace quince años. Ahora tiene 39. Heredó el oficio de su papá y el puesto en el Mercado de las Pulgas, donde trabaja de martes a sábados, de once de la mañana a siete de la tarde.
“En mi casa, mi viejo tenía un taller. Siempre había amoladoras y soldadoras, y a mí me gustaban las cosas que hacía. Me llamaba la atención la chispa, la luz. Mi viejo me decía ‘no mires la soldadora’ y yo miraba la soldadora”, recuerda. Desde entonces, siente a la herrería como parte de su camino. Su papá le enseñó a soldar, a cortar, a moldear los hierros. Pero recién cuando volvió de experimentar la vida laboral en España, donde trabajó como camarero y como encuestador, decidió respetar el mandato familiar y convertirse en herrero. Anhelaba esa liberación de trabajar de manera independiente, como su papá.

Lo describe como un trabajo dinámico. Destaca que todos los días son distintos, que siempre hay algo nuevo por hacer y que estimula su creatividad. “Lo que más me gusta de mi trabajo es darle forma a algo que es un hierro recto, oxidado, que no tiene mucho sentido. Es gratificante fabricar un mueble, hacer un espejo. Es algo que hacés con tus propias manos. Es un gran empoderamiento hacer cosas que no existen. La soldadora es una herramienta muy particular porque te permite unir cosas que están separadas. Es lo que más me apasiona”, ilustra.
“Me gratifica profundamente toda la historia que va a tener eso que uno está construyendo. A veces voy por la calle y me encuentro con las sillas que yo hice: es ver tu laburo en el mundo”, subraya. Cuenta que cada día que llega, pone música, conversa con clientes y comerciantes, suelda, corta, crea. Ignacio es un herrero pero no solo eso: es un creador. “Amo el hierro y amo los oficios, no solo la herrería: en mi casa hago cerámica, trabajo con arcilla, con vidrio”, dice.

“Cada construcción que uno hace es única, es irrepetible. Lo artesanal tiene la virtud de que nada es igual. Mi viejo me decía ‘haceme una firma igual a la otra, no existe eso’. Cada cosa es diferente y tiene su particularidad. Cada silla, cada mueble que uno hace no es igual a otra cosa”, sostiene. Desde su taller, invita a reivindicar el oficio para acercárselo de nuevo a la gente y pregonar el concepto de la reutilización de las cosas. “Muchos clientes traen cosas que estaban en la casa de la abuela y que quieren restaurar. Vivimos en una cultura descartable y de plástico, que es algo que no tiene continuidad en el tiempo. Hoy armo una silla y sé que la van a heredar varias generaciones. El hierro es un material muy noble. Vivimos en un mundo donde las cosas no duran, donde no tenemos tiempo para la amistad y el oficio requiere tiempo de aprendizaje, de paciencia, de tranquilidad”, valora.
Por eso también afirma que su trabajo tiene una cuota de peligrosidad: “No podés trabajar en un estado de alteración porque sino el accidente es más probable. Hay que estar atento y concentrado. A las herramientas hay que respetarlas. Te podés quemar, te podés cortar un dedo, te podés lastimar”. Una vez tuvo un accidente mientras le colocaba unos tornillos a una mesa. “Los presioné mucho porque tenía que lograr que la planchuela desnivelara la madera y una cabeza de tornillo se desprendió y me dio en un ojo. Por suerte no me dio muy fuerte, pero me generó un derrame importante”.

Sabe que no hay abundancia de herrerías. Cree que los trabajadores de su generación se volcaron a la programación y a la tecnología y dejaron de lado los oficios. “Por suerte tengo mucho trabajo. Los herreros somos requeridos. Tiene una gran salida laboral porque es algo de otro tiempo”, dice y agrega que la herrería tiene tiempos de producción más prolongados en contraste con una lógica moderna de todo ya, todo urgente.
Su trabajo explotó en pandemia, desde que empezó a mostrar el proceso de sus creaciones por las redes sociales. El coronavirus, la cuarentena, el encierro modificó las estructuras laborales de todos. Ignacio también tuvo que reinventarse. “Nos metimos a desarrollar las redes sociales para mostrarle el oficio a la gente. Antes sacaba algunas fotos pero no subía material del proceso, para ir mostrando el oficio desde distintos ángulos. Yo pensaba que no le interesaba a la gente y fue al revés, me sorprendió la repercusión. Nos favoreció, crecimos muchísimo”, asegura. Tiene una variada paleta de clientes, con pedidos recibidos desde Chile, Brasil, Uruguay y México.
Los restaurantes le piden sillas y mesas plegables. Los clientes particulares le encargan muebles, bibliotecas. En un buen mes puede ganar hasta dos millones de pesos. Le emociona reconocer sus trabajos en situación: a veces, les pide a los compradores que después de instalar el producto en su ubicación final le manden fotos para volver a verlo. La historia que más lo conmovió fue después de que un cliente le llevara un sillón para restaurar. “Era el sillón de su mamá y se le había roto. Cuando se lo entregué restaurado, se conmovió, se puso a llorar. Eso me significó mucho”.
* Mi vida, mi oficio es un programa de entrevistas sobre la importancia, el valor, las exigencias y experiencias de cada trabajo, contadas por sus propios protagonistas. Escribinos y contanos sobre tu oficio y tu historia a mividamioficio@infobae.com
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