“Quiero transmitir un mensaje: para mí soy una chica más en este mundo. No quiero que anden por ahí teniéndome lástima o pena”. Dolores Oroz resume en una frase el sentir que le provoca el alejarse de su existencia y convertirse en una espectadora de su vida. Desde la periferia distingue a una mujer independiente, que vive sola, trabaja y no reniega ni se angustia por una realidad que la atravesó a los nueve meses, cuando una infección requirió que sus manos y pies fuesen amputados.
“Nací con manos y pies. Pero un día, a los pocos meses de vida, me agarró un shock séptico. Una infección en las extremidades. Tuvieron que amputarme las manos y los pies porque me moría”, explicó a Infobae.
La joven de 24 años es oriunda de Salazar, una pequeña localidad bonaerense ubicada en el partido de Daireaux, en donde actualmente convive entre 2.500 habitantes. Entre ellos está su mamá Silvia y su papá Javier. También sus hermanas. “En Salazar era algo nuevo, no sabían muy bien lo que pasaba. Me llevaron a varios lugares hasta que arribaron al diagnóstico”, explicó Dolores, quien debió dejar su departamento en Palermo y regresar a su hogar natal durante el inicio de la pandemia.
“Mis papás me llevaron a un jardín común. Nunca pensaron que estudiara en una escuela especial. No existió esa idea porque vivimos en un pueblo chico, pero más allá de eso tampoco se les ocurrió. Prefirieron llevarme al mismo jardín que a cualquier otro niño de Salazar. Sí iba a la fonoaudióloga, tenía clases particulares con ella”, contó la joven.

Dolores comenzó su desarrollo adaptada a su nueva condición física. “Nunca caminé ni usé las manos, así que todo mi crecimiento fue normal para mí”, dijo la joven, quien se permitió cuestionar el otro sentido de la palabra en cuestión: “Muchos usan la palabra ‘normal’ para referirse a todo lo contrario a ser discapacitado. Y no es así”.
Con el correr de los meses sus padres detectaron que Dolores no los escuchaba. “Develaron que la misma infección hizo que perdiera la audición. Me descubrieron hipoacusia en ambos oídos”, sostuvo.
Y continuó: “Recién a los 10 años tuve un problema con la prótesis, porque iba creciendo y necesitaba que me quedara más cómoda. La uso en la pierna derecha. En la izquierda me faltan dedos y uso una especia de media que me permite caminar correctamente. En cuanto a los oídos, desde chiquita usé audífonos y a los 13 años me colocaron un implante coclear que me ayudó a escuchar y procesar la información. Pude mejorar el habla, la redacción, escuchar cuando alguien me llama, el ruido de los pajaritos...”.
En 2014 viajó a Buenos Aires para emprender un camino que le modificó su vida por completo. Se inscribió en la Universidad de Palermo con el objetivo de estudiar la tecnicatura de Diseño Gráfico, especializada en imagen empresarial, la cual obtuvo en 2019.

“Siempre me gustó el arte. Me gustaba el arte pero no en el aire, más bien algo que me de trabajo. Me gustaba el diseño industrial. Me decidí a estudiar diseño gráfico y tenia miedo de que no me gustara o arrepentirme, pero nada que ver. Todo lo contrario. El primer año fue horrible: tuve que conocer gente, profesores, un ambiente diferente. Pero me adapte”, rememoró.
En sus quehaceres diarios no le escapa a ninguna tarea: “Hago casi todo, lo que mas me cuesta es abrir un vino (risas). Pero intento, intento, intento y tengo mucha perseverancia. Yo no pido ayuda. Estoy viviendo sola, hago todo sola. Y si bien acá estoy con mis papás, en Capital Federal estoy sola. Me despierto todos los días con una alarma con vibrador debajo de la amohada. Me baño, me peino y me encanta maquillarme. Nunca me quejo por no tener manos. Incluso voy al gimnasio, agarro pesas y me animé a nadar. A los 22 empecé en un club y hasta hoy practico natación”.
Dolores recordó una de sus primeras experiencias traumáticas en Buenos Aires: “A los 19 sentía mucho dolor en la pierna. Fui a la guardia y la médica me miró las piernas y me dijo que me la iban a tener que amputar completa. Me sentí muy mal, fue horrible. Pero me hicieron una radiografía, y apareció una amiga, quien me acompañó porque estaba sola y llorando. Cuando me entregaron los resultados era una pavada. Sólo tenía que hacer un ajuste, pero el miedo a que me amputaran fue espantoso”.

“Los momentos más tristes de mi vida no los recuerdo. Soy muy fácil de olvidar las cosas. Si puedo decir que la adolescencia fue difícil, porque todos crecíamos y con mis amigas, a quien conozco de toda la vida, empezábamos a ir a los cumpleaños de 15. Y era un sufrimiento conseguir zapatos. Mis amigas se ponían unas lindas sandalias y para mí era complicado que me entrara la prótesis. La pasaba muy mal. Mi mamá se ponía triste porque veía todo eso y yo no sabía cómo disimular que estaba bien”, dijo.
En 2017 comenzó a buscar trabajo con la idea de incursionar en lo que dos años más tarde sería su nueva profesión. “Me gustaba trabajar en una empresa y no de manera autónoma, y era una cosa horrible. La pasaba re mal. Me llamaban o entrevistaban pero no me tomaban. Estaba a punto de recibirme y la preocupación era grande. Recién enero de este año conseguí trabajo en Granix. Me levantaba a las 6 para llegar a las 7.30. Tomaba dos colectivos ida y vuelta. Tuve que dejar de ir por la pandemia, pero sigo trabajando”, señaló Dolores.

“A veces me pasa que me escriben por redes sociales y me dicen que admiran mi fortaleza. Trato de ser buena onda con todos. Me preguntan: '¿Cómo hacés para seguir adelante? Mirá, yo nunca hice terapia, recién a los 20 años empecé con eso. No sé qué responder, sólo les pido que se queden con la gente buena”, dijo.
Y agregó: “No quiero decir las frases que se leen en Pinterest y luego no se aplican. Está bien estar mal, pero no está bien acostumbrarse a estar mal. Eso digo siempre: no te acostumbres, si no querés estar bien no lo hagas, pero no te acostumbres. Hay que aferrarse a algo, a cualquier cosa. Yo por ejemplo me tengo mucho amor a mi misma, me quiero un montón. Me gusta ir paso a paso y es normal estar mal, mucha gente piensa que cuando está mal tiene que ponerse bien rápidamente”.
“En cuanto a la discriminación, sufrí más de chiquita. Lo que si recuerdo es la primera apariencia, que la gente me miraba. Por ejemplo en Buenos Aires me subía al colectivo después de estar cinco horas cursando y la gente me quería dar el asiento. O me ‘obligaban’ a sentarme. Pero yo no quería. No soy ninguna pobrecita ni una víctima de la sociedad. No me gusta. Los discapacitados no somos víctimas, somo personas como cualquiera de esta sociedad”, remarcó.
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