De la fase patagónica al neocristinismo: por qué funciona el kirchnerismo

¿Cómo se explica que haya sobrevivido? ¿Qué puntos de inflexión definieron los distintos momentos de su desarrollo? ¿Qué atributos lo caracterizarán en la construcción de esta nueva etapa? Esas y otras preguntas se hace Roberto Caballero en “Lo mejor del amor”, que Sudamericana publicó este mes. Aquí un adelanto

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Cristina y Néstor Kirchner (NA)
Cristina y Néstor Kirchner (NA)

Crear un símbolo es representar un mundo. Asociar una imagen con una ideología, con una memoria o con una religión. No hay símbolos neutrales, no existen imágenes completamente mudas. Todas dicen cosas sobre otras cosas: así es como funciona el lenguaje simbólico.

Antes de que los animalitos de la fauna originaria corrieran a los próceres también autóctonos de los billetes de curso legal en la era Macri, el sillón presidencial acogió en su asiento a un perro callejero. El sillón de Rivadavia pasó a ser, mientras duró la escena, el sillón del jadeante Balcarce. Fabricado en madera de nogal italiano, decorado en láminas de oro, la poltrona que estrenó Julio Argentino Roca a fines del siglo XIX —pero se adjudica por default de los historiadores a Bernardino Rivadavia— es un símbolo. Su boato y opulencia dicen desde el vamos que no es un sillón cualquiera, sino uno destinado a las asentaderas de alguien muy importante. En un régimen presidencialista como el nuestro, está reservado a quien encarna la máxima expresión del poder político.

Sin embargo, mientras Mauricio Macri lanzaba su gobierno firmando decretos de necesidad y urgencia a destajo —entre ellos, algunos tan irritantes como los que designaban a ministros de la Corte Suprema de Justicia sin acuerdo legislativo o suprimían todos los artículos antimonopólicos de la Ley de Medios—, sus equipos de comunicación eligieron, para retratar el momento histórico, viralizar una imagen a través de las redes sociales: la de Balcarce sentado en el sillón presidencial. “Los perros se adueñaron del mundo y son parte de la familia”, justificó Jaime Durán Barba, el publicista alegre del presidente.

En realidad, esa decisión inauguró una estrategia clave de Cambiemos: desacralizar y desdramatizar la acción de gobierno, sustraerla de sus disputas verdaderas. Crear una nueva simbología donde los conflictos inherentes a la política estuvieran ausentes. De todas las decisiones que Macri tomó como jefe de Estado, la que ordenó revertir, a través de la deshistorización y la desideologización de los discursos, símbolos y representaciones, el alto grado de politización que había alcanzado la sociedad argentina durante el período 2003-2015 habla con claridad sobre él, sobre su origen y sus propósitos.

Pero, más que nada, esa decisión habla del kirchnerismo.

Nueve años antes de que Balcarce tuviera sus cinco minutos de fama en la Casa Rosada, cuando todavía no existían ni las redes sociales ni los memes ni Netflix ni Instagram ni el pajarito de la red, un morocho de ojos achinados sonreía sentado en el mismo sillón presidencial. Néstor Kirchner lo tomaba por los hombros desde atrás, con complicidad. Su nombre: Juan Carlos Livraga. Sobreviviente de los fusilamientos de junio de 1956 en los basurales de José León Suárez. Protagonista del libro Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, Livraga era el fusilado que vivió para contarlo. Su imagen también era un símbolo. En este caso, uno que remitía a medio siglo de agitada, convulsionada y, también, sangrienta historia nacional.

El perro Balcarce en el sillón de Rivadavia
El perro Balcarce en el sillón de Rivadavia

El homenaje de Kirchner lo sorprendió. “Pero, señor presidente, eso es para usted”, atinó a decir cuando el entonces jefe de Estado le señaló el sillón. “No, hoy te sentás vos”, ordenó el santacruceño. “Tenía mucha ilusión de conocer al presidente, y es un sueño haber estado con él siendo yo una persona común. Haber recibido su abrazo, cordial y sincero. Estoy orgulloso de tener un presidente tan simple”, les dijo luego Livraga a los periodistas.

Esa imagen, la de Livraga donde jamás pensó que iba a ser homenajeado, explotaba en significados. Aludía a dictaduras, a crímenes de Estado, a resistencias sociales, a persecuciones, a censuras, a peronismo y antiperonismo, a proscripciones y torturas, a detenciones ilegales y decretos prohibitivos, a consignas redentoras, ideales, liderazgos, desaparecidos, llantos colectivos, desgarros y alegrías populares también.

El gesto de Kirchner era una reparación.

El trayecto que va del reconocimiento al sobreviviente mítico de una dictadura, como Livraga, a la celebración trivial de una mascota, como Balcarce, es el que separa dos sensibilidades, tan distintas como distantes.

Un gobierno puede ser definido, entre otras cosas, por los temas de conversación que propone y la manera en que lo hace. El macrismo original abrazó intencionadamente lo casual, los cursos de respiración, la conciencia verde y lo apolítico. Por el contrario, el kirchnerismo, también deliberadamente, ancló en imágenes y narraciones de fuerte contenido social, cultural, político e histórico.

Portada del nuevo libro de Roberto Caballero que publicó Sudamericana
Portada del nuevo libro de Roberto Caballero que publicó Sudamericana

La célebre “grieta” también puede leerse como una frontera imaginaria entre estas dos maneras antagónicas de ver el mundo. Una zanja de Alsina conceptual que divide la Argentina kirchnerista de la macrista. Una politizada, otra despolitizada. Una que desborda de palabras y sentidos, otra que trata de inventarse desde el vacío y el laconismo. Una enraizada en acontecimientos significativos del pasado, otra que decide desenganchar de su legado siniestro.

Entre las cosas que más se le critican al kirchnerismo está el “relato” que construyó a lo largo de los años. La mayoría de las veces, la palabra “relato” es utilizada por el antikirchnerismo visceral como sinónimo de mentira grosera, como un puro artificio discursivo, una suerte de mera pantalla retórica destinada a traficar una política impostora, sin verdades reconocibles.

Si el “relato” recuperaba consignas emancipadoras de la década de los 70, era para encubrir que Néstor y Cristina se habían vuelto “multimillonarios” en Santa Cruz mientras sus compañeros de militancia morían en centros clandestinos de detención. Si reivindicaba a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, era para usarlas como “escudos éticos” y blindarse de las críticas por la corrupción. Si cuestionaba la posición monopólica del grupo Clarín, era para acallar a la “prensa independiente”. Si estatizaba los fondos de la AFJP, era para robarse “la plata de los jubilados”. Si pretendía, a través de un memorándum con Irán votado en el Congreso de la Nación, hacer avanzar la investigación judicial por la voladura de la AMIA, lo que seguro estaría buscando era transar impunidad a cambio de petróleo. Si planteaba la generalización del uso de la SUBE, era para espiar a los ciudadanos y no para controlar más efectivamente los subsidios destinados al transporte.

Néstor Kirchner (Foto NA: LEO PICKON)
Néstor Kirchner (Foto NA: LEO PICKON)

Si hasta Néstor, cuando murió, no estaba en su ataúd. Todo fue —según Mirtha Legrand, vocera oficiosa del nuevo gobierno— un formidable ardid de la compañía teatral Fuerza Bruta.

La lista es infinita. No hay política ni gestualidad del kirchnerismo que no haya estado sospechada de ser engañosa. En ningún caso, según esta mirada dominante, el kirchnerismo podía ser honesto ni auténtico ni genuino en sus objetivos, sino una gran falsificación, una enorme tergiversación que había llegado demasiado lejos.

Pero el kirchnerismo siguió existiendo. Es una realidad efectiva.

Hace treinta años solo había kirchneristas en Santa Cruz, y hoy hablamos de una identidad desplegada en todo el territorio nacional. Podría haberse extinguido como le sucedió al menemismo, apenas un momento del peronismo mecido entre el Consenso de Washington y la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, el kirchnerismo mantuvo un núcleo transgeneracional de simpatizantes únicamente comparable al peronismo original. Su centralidad en el mapa del poder actual es innegable. Buena parte de la política se define por el apoyo o el rechazo a su vital existencia. El macrismo mismo ha sido, en gran medida, una construcción erigida con base en una contraposición tangible. Siempre hubo derechas en la Argentina, pero una tan vigorosa, con tantos millones de votos en las urnas, solo fue posible por el antikirchnerismo militante de las fuerzas que lo integran.

¿Por qué el kirchnerismo pudo nacionalizarse de este modo excepcional? ¿Cómo se explica que haya sobrevivido a los ataques recibidos y a sus propios errores? ¿Por qué sigue interpelando a la sociedad, y todavía discute con las grandes mayorías sociales, en un diálogo abierto, descarnado y apasionado, cuál va a ser su lugar definitivo en la historia?

Nacido en una provincia sureña, con los rasgos característicos de un peronismo de feudo, el kirchnerismo genético es producto de una fuerte sociedad política, la que constituyeron Néstor y Cristina, que se conocieron en la ciudad de La Plata en la década de los 70 en medio de grandes luchas estudiantiles y obreras. Esa sociedad se reconoció como parte de una “generación diezmada” por la dictadura cívico-militar. Pero una parte sobreviviente, una narración refugiada en los mares del sur, quedó a la espera de un nuevo turno histórico que le permitiera volver a protagonizar su lucha por el poder inacabada.

De Río Gallegos a la Casa Rosada y del gobierno al llano, según la tesis de este libro, la experiencia kirchnerista podría dividirse en cinco etapas: la patagónica, la nacional, la aluvional, la cristinista y la neocristinista. Son cinco momentos de una misma construcción, pero distintos.

La patagónica podría ser su fase fundacional, hasta 2003. La nacional va desde 2003 a 2008. La aluvional o silvestre, desde fines de 2008 hasta 2011. La cristinista responde a su etapa doctrinaria, es decir, los gobiernos de Cristina Kirchner, en especial el último, el de mayor confrontación con los factores de poder real. Y la neocristinista, que contiene la revalorización de sus hijos pródigos, como Alberto Fernández, Hugo Moyano o Sergio Massa, frente al gobierno de Mauricio Macri y sus consecuencias.

Néstor Kirchner y Alberto Fernández
Néstor Kirchner y Alberto Fernández

Cada corte histórico devuelve un kirchnerismo distinto, porque el calendario de acontecimientos difiere del anterior y lo resignifica todo el tiempo como movimiento político. ¿Es el kirchnerismo patagónico idéntico al neocristinista? ¿En qué se diferencia su etapa doctrinaria de la aluvional?

Y así como su gravitación es ineludible, la pregunta que sigue es inevitable: ¿qué pasó para que tres gobiernos democráticos consecutivos, originados en el voto popular obtenido en elecciones transparentes y legítimas, hayan sido resumidos por la prosa judicial y mediática como una simple “asociación ilícita”, que embaucó a millones de personas para robar dinero público que luego habría ocultado en bóvedas secretas o enterrado en contenedores, como los narcos, en algún lugar impreciso de la estepa patagónica?

Hay algo de reduccionismo en asociar la génesis de una identidad política a un acontecimiento puntual y determinado. Según quién lo mire, el peronismo pudo haber nacido con el golpe del 43 o con la movilización del 17 de octubre del 45. Pudo tener así un origen conspirativo y cuartelero, o ser el producto de una sublevación popular. Quizás el peronismo nació varias veces, y cada vez que lo hizo fue pareciéndose más a su futuro que a su pasado.

Con el kirchnerismo tal vez suceda algo parecido.

¿Surgió en una unidad básica santacruceña en la década de los 80 o con la pelea por la 125 en 2008? ¿Fue con el discurso del 25 de Mayo de 2003, cuando Néstor asume la presidencia, o con Cristina despidiéndose ante una plaza colmada en diciembre de 2015? ¿Lo galvaniza la imprevista muerte de su padre fundador o las leyes que hizo votar en el marco del Bicentenario, después de la derrota con Francisco de Narváez? ¿Lo definen sus políticas públicas incluyentes o los muchos enemigos que fue ganándose con el correr de los años?

Plantearse estas preguntas contribuye a comprender el desarrollo del movimiento que transformó la política argentina del siglo XXI. Y revela de qué modo una parte de la sociedad conquistó, y sigue conquistando, los sentidos, las libertades y los derechos que deseaba concederse para llegar a ser más plural y más feliz.

El futuro de ayer es ahora, un buen tiempo para sumergirse en su espesura.

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