Nota escrita en colaboración de Natascha Ikonicoff
Muchos nos preguntamos cómo llegamos a esta situación económica y social, y no solo hoy, sino varias veces a lo largo de la historia de nuestro país cuando alguna vez fuimos una gran promesa, como diría Ortega y Gasset. Creo que lo que hoy vivimos no pierde coherencia con aquello que desarrollé en 1989 en De la cultura de renta a la economía de producción. Por este motivo, voy a retomar los conceptos allí mencionados para analizar brevemente el estado en el que nos encontramos en la actualidad.
Comencemos por algunas definiciones. La economía de la renta es un modelo que se caracteriza por la enormidad del gasto público orientado a financiar grandes infraestructuras sin recurrir a presiones impositivas gracias a la renta exterior. Esta renta proviene de la posibilidad de explotar recursos naturales sin demasiado esfuerzo. Así, se desarrolla una cultura societal en la cual la riqueza y el progreso no se conciben como producto del trabajo orientado a la producción competitiva y eficaz, sino como producto de las ganancias obtenidas gracias a la renta.
Es justamente el caso de la Argentina.
Por ejemplo, si hablamos de la redistribución de riquezas, sin dudas el Estado debe redistribuir, pero no sale a dotarse de nuevos ingresos o recursos, y en este sentido, es un Estado ineficaz. Es decir, el bienestar que crea no tiene bases sólidas. Por su lado, ese bienestar engendra ineficacia a nivel laboral porque los salarios también están vinculados a la renta exterior en vez de tener que ver con la productividad en sí.
En el marco de esta cultura que se fue gestando sobre el modelo, se distorsionan articulaciones claves que hacen al funcionamiento político-económico-social de un país. Cuando se agota la veta de ingreso, el país empieza a disfuncionar, a dejar de funcionar o a funcionar mal. Entre otros problemas, se plantea una resistencia a toda innovación técnica u organizacional, ya que el puesto de trabajo es el lugar en donde se percibe una renta, y cualquier modificación supondría poner en peligro esa percepción. Luego, a nivel estructural, no se logra producir lo que podemos llamar "una cultura del trabajo".
Respecto a nuestra situación, con el boom de la soja, parecía que volvíamos a repuntar, pero dada esta modalidad tan arraigada, no se hizo previsión y se dilapidó sin reparo alguno las ganancias con tal de garantizar el bienestar como si la fuente de riquezas fuera inagotable. Pero no lo es. Una cultura de renta es justamente esto, una cultura basada en una economía de renta cuando la renta desparece.
Ahora que la soja vuelve a generar ingresos más cercanos a la media, nos encontramos nuevamente en la disfunción: aparece de manera explícita el mal funcionamiento derivado de una sedimentación de construcciones socio-económicas fallidas a lo largo de nuestra historia. A los fines concretos de este análisis, la clave es que la falta de planificación —u optimización del manejo de flujo de capitales— conlleva las carencias que hoy resultan muy difíciles de solventar, siempre de la mano de sus repercusiones en el ámbito de lo social.
En el plano comparativo, podemos analizar el caso de Noruega para marcar los contrastes en lo que hace a la previsión, donde los excedentes de los ingresos derivados de la explotación petrolera constituyen un fondo social llamado "Fondo de Pensiones del Gobierno de Noruega", que, por decirlo de manera simplificada, es patrimonio de todos y cada uno de los habitantes del país (claro que no son muchos).
También podemos analizar el caso de Corea del Sur, que en 1946 era sin duda uno de los países más pobres del mundo. Gracias a la cultura del trabajo, en el marco de la cual se logró una buena organización de las inversiones norteamericanas y japonesas por parte del gobierno, este país que no cuenta con abundancia de recursos naturales a explotar es hoy en día una potencia económica mundial, un giro drástico en este mundo globalizado.
Más allá del análisis, parece que hoy urge abrir un poco el espacio entre tanta acumulación de prácticas en pos de lo efímero, es decir, del bienestar inmediato, para tratar de modificar el proceso que se viene dando casi de manera inercial desde los comienzos de nuestra historia. Sin dudas serán necesarias innovaciones que al principio generarán malestar, pero parece ser el único camino que nos queda por transitar. La cuestión es: ¿Seremos capaces de emprender este camino?
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