El experimento de Australia con las redes sociales: ¿funcionaría en Perú?

Imagínese que el gobierno peruano prohíbe las redes a menores de 16 años. ¿Qué pasa con Carlos, de 13, que vive en Huancavelica y cuya única forma de hacer la tarea es el grupo de WhatsApp del colegio? ¿O con Ana, de 15, quien cuida a sus hermanos pequeños mientras su mamá trabaja y usa Instagram para no sentirse tan sola?

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La advertencia de EsSalud sobre regalar celulares a niños en Navidad - EsSalud

Por las noches, María, de 14 años, en su cuarto en Lima, desliza el dedo por su celular hasta las 2 de la mañana. “No puedo dejar de ver videos”, dice. “Si apago el teléfono, siento que me pierdo de todo”. Al día siguiente, llega al colegio exhausta, no concentra en clases y compara su cuerpo con el de las influencers que sigue. Su historia no es única: en Ica, un estudio reciente encontró que casi la mitad de las adolescentes peruanas está en riesgo de adicción a sus teléfonos.

Mientras tanto, a 13.000 kilómetros de distancia, Australia acaba de prohibir por ley que menores de 16 años tengan cuentas en TikTok, Instagram o Snapchat. El gobierno australiano dice tener pruebas suficientes: adolescentes que pasan más de tres horas diarias en redes tienen 70% más probabilidades de sentirse deprimidos o ansiosos. La medida es contundente, pero los propios expertos australianos admiten una verdad incómoda: su país se ha convertido en un “laboratorio real” para ver si esto realmente funciona.

La pregunta que surge en Lima, Buenos Aires o Bogotá es inevitable: ¿deberíamos copiar esta prohibición?

La respuesta corta es no. Y no porque el problema no sea grave, sino porque en América Latina el remedio podría ser peor que la enfermedad.

Cuando el remedio deja afuera a millones

Imagínese que el gobierno peruano prohíbe las redes a menores de 16 años. ¿Qué pasa con Carlos, de 13, que vive en Huancavelica y cuya única forma de hacer la tarea es el grupo de WhatsApp del colegio? ¿O con Ana, de 15, quien cuida a sus hermanos pequeños mientras su mamá trabaja y usa Instagram para no sentirse tan sola?

Aquí está la diferencia clave: en Australia, casi todos tienen internet; en América Latina, 3 de cada 10 personas ni siquiera están conectadas. Durante la pandemia, 37 millones de niños y adolescentes latinoamericanos se quedaron sin clase porque no tenían acceso a la red. Prohibir redes sociales en este contexto sería como prohibir el agua potable en un desierto: los que menos tienen serían los más afectados.

En Perú, el celular no es solo un juguete. Es la herramienta para coordinar el transporte escolar, recibir notas, buscar trabajo informal o simplemente sentirse parte de un grupo. Una prohibición general dejaría a los adolescentes vulnerables aún más aislados, mientras los de clases altas encontrarían la forma de evadirla con VPNs o cuentas falsas.

El cerebro adolescente y la trampa digital

“Mi hijo de 12 años se pasa cuatro horas en TikTok y cuando le quito el celular entra en crisis", cuenta Rosa, madre de familia en Trujillo. Lo que ella vive en casa tiene una explicación científica: el cerebro de un adolescente está “en construcción”. La parte que controla impulsos y evalúa riesgos no termina de madurar hasta los 25 años.

Antes de los 16, los jóvenes son especialmente sensibles a la aprobación de sus pares. Los “me gusta” y comentarios de las redes activan en su cerebro la misma zona que responde a las recompensas. Es como tener un casino en el bolsillo: cada notificación es una nueva oportunidad de ganar validación.

Los creadores de estas aplicaciones lo saben. Diseñan algoritmos que nunca terminan: el scroll infinito, los videos que se reproducen solos. Para un adulto es difícil dejar el celular; para un cerebro adolescente es casi imposible sin ayuda externa. La prohibición australiana entiende esto: no castiga a los jóvenes, sino que les quita la tentación mientras sus cerebros desarrollan las herramientas para resistirla.

El sueño perdido y el rendimiento que se va

El impacto es tangible en las aulas. La doctora Carmen Ruiz, psicóloga en un colegio de Lima, cuenta: “Antes los estudiantes al menos conversaban en el recreo. Ahora todos miran sus pantallas. En clase, no resisten 20 minutos sin revisar el teléfono”.

Los números lo confirman: la luz de las pantallas suprime la melatonina (la hormona del sueño) hasta en un 22%. Es como tomar un café antes de dormir, pero peor. Los adolescentes que usan el celular hasta tarde duermen en promedio 90 minutos menos. El resultado es un círculo vicioso: mal sueño, mal rendimiento, más frustración, más necesidad de escape digital.

En el estudio de Ica, la mitad de las adolescentes mostraban problemas de atención severos. No es que sean vagas: es que su cerebro está entrenado para cambiar de tarea cada 30 segundos, y la escuela les exige concentrarse por horas.

Los peligros que no esperan

Más allá del mal sueño, las redes esconden trampas específicas. El ciberacoso en América Latina afecta a 12 de cada 100 estudiantes, más que en países desarrollados. Para María, la adolescente de Lima, un comentario sobre su peso en una foto de Instagram la persiguió durante meses.

Las niñas sufren especialmente. La exposición constante a cuerpos “perfectos” aumenta la insatisfacción corporal. En Chile, Argentina y Uruguay, los problemas de imagen corporal en adolescentes han crecido al mismo ritmo que el uso de Instagram.

Y está el contenido tóxico: desafíos virales peligrosos, información falsa sobre salud, grupos que promueven la automutilación. Las plataformas prometen filtrar, pero en español la moderación es mínima. Un estudio encontró que TikTok tarda 5 veces más en eliminar contenido dañino en español que en inglés.

El debate: ¿prohibir o acompañar?

Lucía, de 15 años, tiene una visión clara: “Si me prohíben Instagram, voy a conseguir una cuenta falsa. Lo que necesito es que alguien me explique cómo usarlo sin que me consuma”.

Ese es el quid del asunto. Muchos expertos latinoamericanos advierten que la prohibición genera dos problemas: uso oculto y exclusión social. Los adolescentes siempre encuentran la forma de evadir reglas digitales. Y en culturas donde la conectividad es sinónimo de pertenencia, quedarse afuera es un castigo social.

En cambio, países como Francia o Corea del Sur han optado por regular el diseño: prohibir notificaciones nocturnas, limitar el tiempo de uso desde el sistema operativo, y exigir que las escuelas sean zonas sin celulares. No prohíben la herramienta, le quitan la adicción.

Soluciones que sí funcionarían aquí

Lo que América Latina necesita no es un “no” rotundo, sino un “sí, pero con reglas claras”. Propuestas concretas:

1. Proteger horarios, no prohibir acceso

- Ley que apague automáticamente notificaciones de 22:00 a 06:00 para menores de 16 años

- Escuelas 100% libres de celulares durante clases (como en Corea del Sur)

2. Regulación a las empresas, no a los jóvenes

- Multas millonarias si TikTok o Instagram no eliminan contenido dañino en español en 24 horas

- Prohibir publicidad dirigida a menores de 16 años en la región

- Obligar a que los algoritmos muestren contenido variado, no solo viral

3. Educación masiva

- En el currículo escolar: clases obligatorias sobre cómo funcionan los algoritmos, qué es el ciberacoso, cómo gestionar el tiempo

- Programas gratuitos para padres en centros de salud: cómo conversar con tu hijo sobre su uso del celular sin pelear

4. Enfoque en los más vulnerables

- Detectar en colegios a los adolescentes con ansiedad o depresión y ofrecerles apoyo grupal

- Crear “espacios seguros” digitales: redes sociales alternativas moderadas para uso escolar

El camino propio

Australia puede darse el lujo de experimentar porque tiene un sistema de salud mental y educación que absorbe el costo de la transición. América Latina no.

Prohibir las redes aquí sería como cerrar las puertas de un supermercado en un barrio sin tiendas de abasto: la gente seguirá necesitando comer, pero ahora con menos seguridad y más costo.

La solución no está en copiar una ley extranjera, sino en exigirle a las grandes tecnológicas que cumplan con deberes de cuidado en nuestra región, mientras construimos la infraestructura social y educativa que haga obsoleta la necesidad de prohibiciones.

María, la adolescente de Lima, lo resume mejor: “No quiero que me quiten el teléfono. Quiero que deje de hacerme sentir mal. ¿No pueden hacer que Instagram sea menos tóxico en lugar de prohibirlo?”.

Esa es la pregunta que Perú y América Latina deben hacerle a las tecnológicas. Y debemos exigir una respuesta, antes de pensar en prohibir.

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