
En una columna anterior comenté que la economía neoclásica asume que los seres humanos tomamos decisiones como si fuéramos perfectamente racionales: evaluamos alternativas, procesamos información y elegimos lo que más nos conviene. Bajo esta lógica, frente a una campaña electoral, como la que tendremos en abril del próximo año, bastaría con “informarse” para decidir bien. La economía del comportamiento, en cambio, reconoce que nuestra mente usa atajos, se cansa y se emociona. Tenemos sesgos conductuales, y estos sesgos pueden ser aprovechados por quienes buscan influirnos, especialmente en contextos polarizados.
Bajo este marco, la desinformación no es solo un problema de “noticias falsas”: es un fenómeno que puede aprovechar sesgos previsibles. Uno de los más conocidos es el sesgo de confirmación: tendemos a buscar, aceptar y recordar aquello que confirma lo que ya creemos, mientras sometemos a mayor análisis lo que lo contradice. Esto se vuelve más intenso durante las elecciones: evidencia presentada en el Journal de Ciencia Experimental y Política de la Universidad de Cambridge sugiere que, en periodos electorales, las personas se inclinan aún más a creer contenidos que favorecen su preferencia política, justo cuando deberíamos estar más abiertos a evaluar alternativas.
A ese sesgo se suma otro conocido como el efecto Dunning‑Kruger, que en términos sencillos consiste en cómo, cuando sabemos poco de un tema, es más probable que sobreestimemos lo que entendemos. Si a eso le añadimos el diseño de redes sociales —que premia la indignación, la certeza y la rapidez— tenemos como resultado mensajes emocionales, simplificaciones extremas y la sensación de “lo tengo clarísimo”, que promueven por ejemplo compartir las publicaciones sin antes verificar si son ciertas.
Entonces, ¿qué hacer de cara a las elecciones generales 2026? Además del fact‑checking, un experimento liderado por la Universidad de Cambridge, en alianza con Jigsaw de Google, evalúa una idea muy interesante: la inoculación psicológica (o prebunking). La idea se parece a una vacuna, de ahí el nombre. En vez de esperar a que el “virus” (la desinformación) se propague para recién reaccionar, se expone a las personas por adelantado a una “microdosis” de las técnicas de manipulación, explicando cómo operan, para que luego las reconozcan mejor.
Durante el experimento se mostró a los participantes videos breves (90 segundos) que enseñaban tácticas del “manual” de la desinformación —por ejemplo, lenguaje hiperemotivo, chivos expiatorios, incoherencia deliberada o falsos dilemas— sin decirle a la gente qué postura adoptar. Ver estos videos tuvo resultados estadísticamente significativos en la capacidad de detectar manipulación y en la probabilidad de compartir mensajes desinformativos. Este experimento se escaló a la “vida real”: en Youtube se mostraron a alrededor de cinco millones y medio de usuarios. Los resultados muestran que incluso en un contexto real la exposición a los videos mejoró la probabilidad de identificar mensajes desinformativos.
Así, resulta atractiva la idea de aprovechar el prebunking como una estrategia contra la desinformación en la campaña electoral. Más aún, en un país con excesiva desconfianza en las instituciones, enseñar “cómo te intentan manipular” puede ser más eficaz que solo decir “esto es falso” cuando ya se viralizó. Para las elecciones del 2026, tres hábitos que nos podrían ayudar son:
i. Prestar atención a la forma del mensaje (no solo el contenido): ¿hay insulto, chivo expiatorio, urgencia artificial, “solo hay dos opciones”?
ii. Minimiza el sesgo de confirmación: busca activamente fuentes serias con miradas distintas; la diversidad reduce “cámaras de eco” y baja polarización.
iii. Lectura lateral antes de compartir: abre otra pestaña y verifica quién lo dice y cuál es su sustento; si no puedes hacerlo rápido, entonces mejor no lo compartas.
Ahora, si bien cada uno puede tomar individualmente estas acciones, se requieren idealmente intervenciones escalables. Así como se puede informar sobre el proceso electoral, también se puede prebunkear para enseñar tácticas de manipulación (no preferencias políticas), en alianza con la academia y otros organismos electorales.

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