
En el Perú, la indignación crece, y con toda la razón. No ha pasado mucho tiempo desde que se anunció el aumento del sueldo de la presidenta, una cifra difícil de digerir para una población golpeada por el alto costo de vida y los bajos salarios. Pero ahora, a ese “sueldazo” se suma otra noticia: la posibilidad de que exista una tarjeta destinada a cubrir los gastos de alimentación de la mandataria y su familia.
Si esto se confirma por Palacio, sería gravísimo. ¿Cómo podría justificar la presidenta que, mientras millones de peruanos tienen que estirar cada sol para sobrevivir, ella cuente con una tarjeta especial para sus comidas? Más aún cuando fue ella misma quien se atrevió a decir que “se puede comer con diez soles”. ¿Con qué cara le pide sacrificios a la gente mientras, en lo más alto del poder, siguen asegurándose privilegios?
Pero esto no es solo un asunto que se limite a Palacio de Gobierno o a los privilegios de la presidenta. Es el reflejo de un problema mucho más profundo: la manera en que se decide gastar el dinero de todos los peruanos. Mientras se destinan fondos para mantener sueldos elevados y eventuales beneficios especiales, áreas fundamentales para el país siguen recibiendo menos de lo que necesitan.
Por ejemplo, el presupuesto anual para combatir la anemia infantil asciende a S/ 805.4 millones. En cambio, el Congreso de la República maneja más de S/ 1,413 millones. Sí, casi el doble.
¿Cómo podemos aceptar que resulte más costoso mantener al Congreso que enfrentar una enfermedad que condena a nuestros niños a la pobreza y les roba su futuro? ¿De verdad creemos que sostener la burocracia política es más urgente que proteger la salud y el desarrollo de miles de niños peruanos?
La anemia infantil no es solo una cifra fría, es una tragedia silenciosa que afecta el desarrollo, la capacidad de aprendizaje y las posibilidades de salir adelante de nuestros niños. Cada caso de anemia es el retrato de la desigualdad y de un Estado que, una vez más, se queda corto en sus responsabilidades.
Mientras tanto, los políticos parecen vivir en un universo paralelo. Sueldos elevados, bonificaciones, viáticos, viajes y, ahora, posiblemente tarjetas doradas. Todo esto financiado con el dinero de nuestros impuestos. Se llenan la boca hablando de austeridad y responsabilidad fiscal, pero esas palabras se vacían cuando se contrastan con la realidad de los presupuestos.
Cada sol que se gasta en sostener privilegios políticos es un sol que no llega a los centros de salud, a las ollas comunes, a los programas de complementación alimentaria, a esos niños que necesitan nutrientes para crecer y aprender. Y esto no es solo una cuestión contable: es un asunto ético.
Resulta indignante pensar que, en nuestro país, mantener al Congreso implique casi el doble de recursos que los destinados a combatir la anemia infantil. Esto no es solo cuestión de cifras o balances contables. Detrás de esos números hay rostros y realidades duras: niños que llegan a clases sin haber desayunado, madres que hacen malabares para llevar algo de alimento a la mesa, y comunidades enteras que pierden la fe en un Estado que prioriza los gastos políticos antes que las necesidades básicas de su gente.
Necesitamos alzar la voz y exigir un cambio real. No es un asunto de ideologías, sino de justicia y sentido común. Si realmente queremos un Perú que avance, debemos poner la vida, la salud y el futuro de nuestros niños por encima de cualquier gasto superfluo de la clase política.
Hoy más que nunca, quienes gobiernan deberían dar el ejemplo, renunciar a privilegios que no son esenciales y destinar cada sol disponible a quienes más lo necesitan. Porque la verdadera gobernabilidad y estabilidad no se sostienen con sueldos exorbitantes ni con tarjetas exclusivas. Se construyen sobre la confianza de la ciudadanía, que necesita saber que sus autoridades están a su servicio, y no al revés.
El dinero del Estado no es una caja chica para nadie. Es el fruto del esfuerzo de la población peruana y debe usarse para garantizar salud, educación y oportunidades. No podemos seguir tolerando que se gasten millones en mantener estructuras políticas mientras miles de niños siguen atrapados en la anemia y el hambre.
Ha llegado la hora de definir de qué lado estamos: del lado de las tarjetas doradas y los privilegios, o del lado de los niños que necesitan alimentarse para tener un futuro. Yo, sin dudarlo, elijo a los niños.
¡Basta ya de gollerías!

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