Si vives o has vivido con perros en algún momento de tu vida creo que sería bueno que te quedes a leer esto hasta el final.
Cuando era adolescente teníamos una perra, se llamaba Pepsi. Ella llegó a casa por casualidad, una noche de otoño. Todos dormíamos cuando llegó mi papá que regresaba de trabajar. Y cuando abrió el portón de la cochera para entrar con el carro, una perrita asustada, entró desesperadamente y sin intenciones de salir. Mi papá no es muy amante de los animales, pero se compadeció de ella y le dio de comer un poco de pasta que había quedado de la cena. Comió a toda velocidad. Nadie sabrá nunca cuántas horas o días estuvo fuera de su anterior hogar.
Un año atrás mi padre había comprado un pastor alemán, se llamaba Keeper y era el rey de la casa. Y por casualidades de la vida esta cachorra, de no más de seis meses, resultó también ser de la misma raza, así que la subió a la azotea para que conozca a Keeper. Eran los años noventas, era común comprar un perro, nadie pensaba en adoptar y muchas familias como la mía nos gustaban los perros de raza y nos parecía normal que un perro durmiera en la azotea y haga las veces de guardián.
Las semanas pasaban y nadie la buscó, no vimos carteles en los postes, y ninguna veterinaria cercana sabía de un perro perdido.
Sin embargo, un día fuimos a pie a la veterinaria del barrio a bañar a ambos, y de regreso a casa tomamos una ruta diferente cuando de pronto, Pepsi se acercó desesperadamente a un carro estacionado poniendo las patas en la ventana de una de las puertas y olfateando con demasiado interés la puerta de aquella casa.
Había muchas probabilidades de que aquel lugar hubiera sido su anterior hogar. Pero en mi timidez de adolescente no atiné a tocar el timbre y solo me preocupé porque no rayara la puerta de aquel carro estacionado.
Muchos años después, ya siendo activista por los animales en mi asociación Proyecto Libertad, vi a un perro mediano en la puerta de una casa a eso de las 11 de la noche con toda la intención de querer entrar, pero se le notaba triste y sucio. Me miraba con esa mirada que solo la pueden tener ellos como diciéndome “ayúdame, quiero entrar, esta es mi casa, pero no sé como hacer para que sepan que estoy aquí afuera”. Me acordé de mi perrita Pepsi y toqué el timbre a pesar de la hora. Él vivía allí y se les había escapado dos semanas atrás. La familia se emocionó mucho y me fui.
Llegué a casa con muchas lágrimas, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
Ayuda a un animal cada vez que puedas.

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