
El proceso de formación profesional en las universidades pasa por diversos estadios, desde la recepción de información, su análisis, la construcción y deconstrucción de conocimientos, hasta llegar a la asimilación de lo aprendido como propio para ser empleado en el ámbito profesional. Sin embargo, a pesar de las diferencias disciplinares y entre especialidades universitarias, existe un común denominador que se presenta como eje central en el proceso de aprendizaje y elemento dinamizador de la etapa formativa universitaria: la competencia lectora.
La competencia lectora es definida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) como “la comprensión, el uso, la reflexión y el compromiso con los textos escritos, con el fin de alcanzar los propios objetivos, desarrollar el conocimiento y el potencial personales, y participar en la sociedad”. Los primeros estudios sobre el comportamiento y la importancia de la lectura entre estudiantes universitarios surgen en la Fundación Bertelsmann en 1969 y son complementados, posteriormente, por las Encuestas de los hábitos de lectura del Instituto Nacional de Estadística de España en el año 1978. Incluso existe una Red Internacional de Universidades Lectoras que se funda con el propósito de fomentar la lectura como competencia básica y transversal, que sea el soporte de la formación de ciudadanos comprometidos, que no solo sean buenos profesionales, sino que tengan una visión crítica y sepan debatir en pro del desarrollo de la sociedad.
El no desarrollar la competencia lectora desde etapas tempranas acarrea problemas que se traducen en bajo desempeño académico y limitaciones en la formación profesional, esto fue comprobado en un estudio realizado por Arista y Paca (2015) con estudiantes universitarios de Lengua, Literatura, Psicología y Filosofía en Perú, en el que analizaron sus hábitos de lectura y niveles de comprensión lectora. Como parte de las conclusiones de este estudio, se observó que los libros, las bibliotecas y las librerías se asumen como actores lejanos a su realidad y no se agregan por completo a su praxis profesional disciplinar.
La lectura constituye una destreza comunicativa de gran importancia para la vida profesional y social. La lectura y su relación con la destreza profesional se da con independencia del área de estudio, dado que la capacidad de leer críticamente textos es común a cualquier titulación. Por ello, en la investigación “¿Para qué se lee y se escribe en la universidad colombiana? Un aporte a la consolidación académica del país” de Pérez y Rincón (2013) analizan cómo la lectura se convierte en el medio por el cual los estudiantes de educación superior universitaria entran en contacto directo con la producción intelectual de la disciplina y por ende de su formación directa como profesionales y ciudadanos. Además, como señala Enrique Chaux (2004) los hábitos y las habilidades lectoras han mostrado ser importantes para la construcción de una sociedad más democrática en la que todos puedan participar de la toma de decisiones basadas en el análisis crítico de la información.
En este sentido, resulta relevante reafirmar lo señalado por Rodrigo Suárez (2017) de la Universidad de la Sabana, quien afirma que la lectura es una actividad que necesariamente debe convertirse en un hábito si lo que se quiere es lograr una formación integral en pro del desarrollo y de una mirada crítica ciudadana. Para ello, resulta indispensable en este contexto, con diversos distractores digitales, que las primeras aproximaciones sean agradables e interesantes para el estudiantado y producto de ello se experimenten sensaciones de bienestar y sentimientos positivos como refuerzo de la actividad lectora. En cuanto al hábito lector, como diversos estudios señalan, este suele estar regulado por los gustos e intereses personales, por la sensación de satisfacción y entretenimiento, condiciones desencadenantes para generar el hábito y el gusto por la lectura que traspasa el mandato formativo y da paso al pensamiento crítico que propicia el trabajo colaborativo.
En conclusión, el proceso de formación universitaria requiere como eje central el desarrollo y refuerzo de la competencia lectora, la misma que debe estar enfocada en que todo profesional desarrolle la capacidad de leer y comprender textos propios de su especialidad y de otras disciplinas, con una mirada crítica que le permitan, además, fortalecer sus competencias ciudadanas.

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