
Los perros tienen un lenguaje propio que es necesario conocerlo para evitar malos entendidos. Una de las situaciones más comunes y que mayor número de incidentes y consecuencias graves genera es el encuentro entre personas y animales desconocidos en la calle. ¿Qué hacer en estos casos?
Frente a un perro que no pertenece a nuestro entorno lo primero que hay que hacer es tratar de no ponerse nervioso y pensar que para el perro también es un encuentro sorpresivo que está tratando de evaluar y que según nuestra actitud será su respuesta.
Ningún perro agrede porque sí. La fantasía de que el perro nos va a agredir por puro instinto asesino es sólo eso una simple y llana fantasía producto de la imaginación popular. Ellos leen nuestro cuerpo y nuestra actitud y obran en consecuencia. Recordemos que siempre, en biología, frente a un determinado problema existen tres posibilidades de reacción, tres y solo tres: o lo enfrentamos, o nos paralizamos o escapamos.

En este caso lo primero que haremos es, sin cambiar el ritmo de marcha y sin mirar fijamente a nuestro sorpresivo obstáculo de ruta, tratar de evitarlo cruzando de vereda para no interferir directamente en su camino. Esto no debe hacerse en forma ostensible si no disimuladamente y sobre todo sin mirarlo fijamente y sin cambiar el ritmo de marcha para no llamar la atención.
Si fuera imposible evitarlo por razones de la topografía del lugar o de la sorpresa, debemos quedarnos quietos tan quietos como una estatua y colocarnos contra una pared sin mirarlo fijamente a los ojos.
La mirada como fija directa a los ojos, es una provocación, una invitación a la contienda o por lo menos un desafío y es todo eso lo que queremos evitar. No debemos gritar ni gesticular. Es bueno, en esta circunstancia pensarse como una estatua o como un árbol. De hecho, si cumplimos bien ese rol el perro nos ignorará o en el peor de los casos marcará su territorio transformando a nuestras piernas en un hito parte de su marcaje urinario.

Alguien dirá que el miedo, la adrenalina, tienen olor y a ese alguien alimentado por la fantasía popular le diremos que más que el olor a adrenalina el perro en esta circunstancia evalúa la actitud, los gestos, la movilidad y la potencial amenaza física que todo ello significa. Si estamos quietos, inmóviles, no somos una amenaza, a lo sumo somos un objeto de marcación.
Si gritamos, gesticulamos o avanzamos haciendo escándalo nos exponemos a que “nuestro perro en el camino” tal vez sea un dominante y en vez de huir, que era lo que pretendíamos con nuestra puesta en escena, nos agreda con consecuencias no previsibles. Si corremos lo más probable es que despertemos su instinto de presa marcado a fuego en su cerebro primitivo y que la reacción sea corrernos para “cazarnos”.
Esto se observa muy especialmente en los perros de campo cuando persiguen un auto a velocidad. Si frenamos de golpe la cara de nuestros perseguidores cambia rápidamente y es como si un chip se hubiera reseteado frenando la persecución por que la presa apetecible cuando estaba en movimiento acaba de “morir” y entonces lo que hay que hacer ahora es marcar las posiciones verticales para reafirmar los territorios.

En resumen. lo que hay que hacer frente a un perro desconocido:
- Primero tratar de evitarlo sin variar el ritmo de la marcha y disimuladamente.
- Si es imposible evitarlo: no correr, no mirarlo a los ojos, no gritar y no gesticular.
- Ponernos contra una pared y quedarnos quietos como un árbol o una estatua hasta que nuestro desconocido se aburra y siga su camino
*El Prof. Dr. Juan Enrique Romero @drromerook es médico veterinario. Especialista en Educación Universitaria. Magister en Psicoinmunoneuroendocrinología. Ex Director del Hospital Escuela de Animales Pequeños (UNLPam). Docente Universitario en varias universidades argentinas. Disertante internacional.
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