
A finales del siglo XIX, Argentina fue el granero del mundo. Nuestros campos producían 10 millones de toneladas por año en 1920, en un territorio de 2.780.000 kilómetros cuadrados. Era una base privilegiada para avanzar hacia un desarrollo sostenible, con un horizonte de pleno empleo y pobreza cero.
Claro que esta idea contrastaba con los planes de la masonería, que no habría permitido que, desde el Río de la Plata hasta el Río Grande, dos naciones dominaran el subcontinente. Eso sucedería si Brasil y Argentina tomaban la ruta de la integración latinoamericana y avanzaban hacia un modelo proteccionista y agroindustrial. Por eso era importante impedir esa alianza mediante un conflicto permanente entre el campo y la industria, la imposición de una economía de libre mercado, la libre navegación de los ríos y la división entre ambas naciones.
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Para que las plantas se desarrollen hay que cuidarlas
Históricamente, la lógica de los gobiernos argentinos durante los primeros años de la organización nacional, a partir de 1853, fue fomentar la inmigración —capital humano—, promover las inversiones —capital dinerario— y adherir al capital ideológico del individualismo y el libre cambio.
Sin embargo, no advirtieron que este último era un remedio prescripto para los países desarrollados y contraindicado para un país todavía débil, como los surgidos de las excolonias. Estas naciones requerían buenas administraciones para el conjunto de la población, educación, sentido nacional y ahorro; gobiernos fuertes y legislaciones apropiadas a las condiciones de su edad y grado de desarrollo; además de una economía orientada al crecimiento, que pudiera dejarse volar cuando tuviera alas y no fuera devorada por los buitres.
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El ahorro sería la base del desarrollo, en nuestro caso, del campo y de la incipiente industria. Desde luego, la promoción de la radicación de empresas y capitales de otros países, así como su asociación con emprendimientos locales, con los capitales de la tierra y con el ahorro de los argentinos, operaba y opera como un buen fertilizante.
Cómo crecieron y se desarrollaron los pequeños países
Nuestro país, con muchos más recursos naturales, después de 200 años todavía está en vías de desarrollo. El 50% de su población se encuentra bajo la línea de pobreza o es pobre, y la Argentina continúa como un país en vías de crecimiento.
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Padece una economía embrollada, con una deuda externa de USD 327.855 millones, lo que representa el 44,9% del PBI. Tiene una pequeña y mediana industria muy extendida, pero que cae periódicamente en graves crisis a causa de las políticas contradictorias de los diversos partidos de gobierno.
Pese a la magnitud y abundancia de sus recursos naturales —petróleo, litio, oro, plata y muchos otros minerales—, algunas inversiones son atraídas por las facilidades otorgadas al extractivismo, prohibido en países desarrollados como Canadá o Estados Unidos.
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Desde el punto de vista social, en la Argentina actual hay un 34,6% de pobres, mientras que la indigencia alcanza el 6,5%, con un nivel general de pobreza que se ubica entre el 30% y el 32,3%, debido a la pérdida de poder adquisitivo, el incremento de la informalidad laboral, el aumento del coeficiente de Gini y las subas de tarifas y servicios, según informa el Observatorio de la Universidad Católica Argentina (UCA).
Asimismo, la entidad desmiente que exista un descenso de la pobreza y sostiene que el Gobierno sobrerrepresenta esa mejora, diferencia que atribuye a razones técnicas en la medición del problema.
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Países con territorios más de siete veces inferiores al nuestro, población pobre y geografías montañosas, como Suiza, Japón y, más recientemente, Corea del Sur, pasaron a ser potencias económicas y centros financieros mundiales.
El aborto de los proyectos de oro, plata y litio es legal en nuestro país
Al volver a la evolución productiva y a la realidad, expertos en minería del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) explican, desde un enfoque técnico y científico, cientos de ejemplos factibles que fueron abortados en nuestro país porque los intereses privados prevalecieron y prevalecen sobre el interés general. Finalmente, se impone la voluntad de las multinacionales, como Barrick Gold.
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La historia se repite, como hemos expuesto en esta columna en el caso del litio. Se descubrieron grandes reservas en Jujuy, Catamarca y Salta que, junto con las de los países hermanos de Bolivia y Chile, serían capaces de producir baterías de litio, si no para todo el mundo, al menos para varias terminales de automóviles eléctricos.
Es una larga historia de divisiones y dependencia, ya explicada en el siglo pasado por Manuel Baldomero Ugarte, Raúl Scalabrini Ortiz, José María Rosa y Adolfo Silenzi de Stagni. Los argentinos importaremos los autos fabricados en Asia o Europa, con baterías que incorporan el valor agregado de la mano de obra china o europea, mientras el litio extraído de Jujuy se obtiene por chirolas. Eso sí: habrá un puñado de nuevos ricos en las provincias, como los hay con el oro de San Juan.
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La bendición de la tierra fértil de nuestro suelo
El campo es orgullo nacional. También es vergüenza por la incapacidad de organización: las grandes organizaciones del agro argentino debieron ocuparse de la concentración y comercialización de sus productos agrícola-ganaderos, pero cedieron esa función a las multinacionales o grandes cerealeras, que aprovecharon las reglas del libre mercado.
Como dijimos, luego de abastecer al mundo durante más de un siglo, y pese a los avances tecnológicos y científicos, la demanda masiva del gigante asiático y la organización e intermediación de las grandes cerealeras, hoy celebramos la exportación de 84 millones de toneladas entre enero y septiembre de 2026.
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Sin embargo, las condiciones de la tierra y la tecnología podrían multiplicar varias veces ese volumen. Las manufacturas también podrían expandirse y superar, con creces, la producción de aceite de soja y girasol, carne congelada, productos lácteos, frutas, hortalizas y vinos, con lo que se podría paliar el déficit fiscal.
¿Qué hacer?
“Una larga tradición los ha llevado —dice Ratzinger— a considerar su cristianismo como un asunto privado, mientras que, como miembros de la comunidad de negocios, se rigen por las leyes de la economía capitalista”.
Hay que recordar a todos, cristianos o no, que existe un principio ético: ayudar al necesitado.
También es preciso aceptar que no es posible construir un mundo fraterno y sin violencia sobre la desigualdad. Es un imperativo religioso y ético. Por eso, los dirigentes políticos y sociales, las organizaciones libres del pueblo y las entidades intermedias deben alcanzar acuerdos de Estado sobre cuatro puntos:
- En materia de distribución primaria de la renta, es decir, del reparto de la torta entre trabajo y capital, debe establecerse, tanto para los gremios como para los trabajadores autónomos económicamente dependientes, formales e informales, un régimen de salarios atado a los precios y a los niveles de inflación.
- En materia de redistribución monetaria, debe incluirse una política tributaria que desgrave las ganancias provenientes del trabajo e incremente los impuestos sobre la tierra, el capital financiero y la transmisión gratuita de bienes. También debe garantizarse la intangibilidad de las jubilaciones y pensiones.
- Debe restablecerse un régimen de subvenciones de los servicios públicos para el segmento de trabajadores pobres. La subvención de los servicios públicos funciona, en todo el mundo desarrollado, como un ingreso indirecto, a veces total y a veces parcial.
- La solidaridad social impone una política que incentive, ayude y premie a las organizaciones intermedias que cumplen esa función social.
En el apartado 202, “Economía y distribución del ingreso”, de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el papa Francisco afirma:
“La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no solo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que solo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, solo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y, en definitiva, ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales”.
Al cabo de 200 años de independencia, se estima que entre 300 mil millones y 400 mil millones de dólares, o incluso una cifra superior difícil de cuantificar, serían capitales de argentinos en paraísos fiscales. Mientras tanto, el Gobierno busca infructuosamente fondos de inversión y los exime de impuestos como forma de subsidiar las exportaciones. Es preciso profundizar y actuar sobre esa cuestión.
Argentinos a la pesca
Con 4.725 kilómetros de litoral marítimo, 392 kilómetros de costa sobre el Río de la Plata y 111.233 kilómetros de costa antártica y de las islas australes, la Argentina posee una inmensa riqueza ictícola en el Atlántico. Sin embargo, captura apenas 538.000 toneladas al año, lo que la ubica en el cuarto lugar de América Latina, detrás de Perú, con 5,7 millones de toneladas anuales; Chile, con 2,1 millones de toneladas anuales; y México, con 1,8 millones de toneladas al año.
La facturación varía según el producto específico.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y reportes del sector, las exportaciones de productos pesqueros y acuícolas de la región sitúan a Chile en el segundo lugar de América Latina, con unas 1.750.000 toneladas, y a Perú en el tercer puesto, con 2.000 toneladas métricas y 3,6 millones de toneladas de productos derivados. Chile se destaca, además, por el volumen de su industria salmonera, que ronda el millón de toneladas anuales de producción.
La cuestión del agua potable y segura
Es una vergüenza nacional que la Argentina no garantice el acceso al agua potable segura para sus 46 millones de habitantes, pese a contar con extensas cuencas hídricas y gigantescos acuíferos.
Según datos recientes del Programa Conjunto de Monitoreo de Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS), y de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), el 13,3% de los habitantes carece de acceso a la red de agua potable y siete millones de personas no tienen acceso a agua segura.
Argentina como una nación abstracta y ficticia
En la primera materia de la carrera de Abogacía se enseña que los elementos de un Estado son el territorio, el pueblo, el poder jurídicamente organizado y el Gobierno, portador, por delegación popular, de la más alta autoridad.
Este cronista se pregunta: ¿qué sucede cuando quienes comandan el barco en el que viajamos todos abandonan los principios del respeto a la soberanía y la independencia?
Halla este sentimiento inexplicable y recurrente, demoníaco. “El diablo es un comedor de pedazos”. La Argentina dio, a lo largo del tiempo, héroes y cobardes, santos y demonios, además de una lista interminable de políticos y empresarios: opuestos complementarios, ubicados en polos contradictorios.
Al cabo de 2000 años, el primer papa no europeo fue argentino y americano y, durante su pontificado, se convirtió en el mayor líder moral y religioso del planeta. Al mismo tiempo, el pueblo argentino eligió a un presidente que, con un discurso exuberante, anuncia por el mundo la destrucción del Estado.
El pueblo de la República Argentina dejaría de ser una nación real para convertirse en un exclave heteronómico de un imperio, algo así como una masa tirada en un “territorio suelto” dominado desde afuera.
La mala conducción y el trágico final del ARA San Juan y la política económica
Una sociedad partida es como el casco de una nave averiada, con una vía de agua que pone en peligro su flotación hasta hundirla si no se la tapona a tiempo o no se pone en marcha una bomba de achique.
El alto crecimiento de la deuda externa opera como el agua de mar en el submarino ARA San Juan: ingresó agua por un snorkel, parte del sistema de ventilación, y alcanzó el tanque de baterías. Esto produjo un cortocircuito que generó un incendio, una explosión y la pérdida de control de la nave.
Basta con ver dos o tres programas de actualidad política para presentir la gravedad de la situación. Si se trata de alguien interesado en la pobreza y no le bastan los datos de la inteligencia artificial ni los que difunden los organismos oficiales del país, debería mirar a los ojos a los pobres. Le bastará con recorrer los comedores de las parroquias y otras entidades de la ciudad de Buenos Aires, del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) o de cualquier ciudad del interior.
Allí verá miles de familias indigentes a la hora de la comida y se preguntará una y otra vez: ¿por qué hay tantos pobres en una nación tan rica? ¿Por qué existe esa realidad de no llegar a fin de mes? ¿No será que nos hemos ido desmembrando y ya no somos un Estado-nación real, sino una nación abstracta y ficticia, como lo fue el San Juan?
Señor Presidente y señoras y señores legisladores: protejan la Nación antes de que sea demasiado tarde.
Del mismo modo actuó Inglaterra cuando vendía la lana de sus ovejas a Holanda, que la manufacturaba e inundaba con sus confecciones el mercado inglés durante los siglos XVII y XVIII. También lo hizo el economista Alexander Hamilton, secretario del Tesoro de Estados Unidos, quien impulsó la economía mediante una política proteccionista y de intervencionismo estatal, con restricciones a las importaciones extranjeras.
En una fase de crecimiento industrial incipiente y frágil, estas medidas favorecieron el desarrollo. Esa fue también la solución de la mayoría de los países ricos hasta que alcanzaron un desarrollo sólido y pasaron a sostener el libre comercio.
Claro está que el proteccionismo mal administrado puede resultar nocivo para el desarrollo de una economía incipiente o con una gran desigualdad frente a otras economías. (Cómo ser más productivos, segunda parte de Economía comestible, Ha-Joon Chang, Debate, p. 67 y siguientes).
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