Zorros sin repertorio

La concentración de saberes en lectura financiera y administración de la percepción, sin instrumentos para interpretar tendencias históricas, define la fragilidad de fondo de quienes toman las decisiones en el país

El círculo rojo integra sectores políticos, empresariales, financieros, mediáticos y judiciales cuyas decisiones inciden en la gobernabilidad
El círculo rojo integra sectores políticos, empresariales, financieros, mediáticos y judiciales cuyas decisiones inciden en la gobernabilidad
Guardar

Hay una crítica al círculo rojo que se escucha seguido y que es falsa: que no sabe nada. Sabe, y bastante. Lee tasas, balances, encuestas, riesgo país, tendencias de plataformas, expedientes judiciales. Muchos de sus integrantes tienen credenciales, experiencia y acceso a una cantidad de información que ninguna élite argentina previa tuvo. El problema no es la ignorancia. Es la estrechez.

Llamamos círculo rojo a algo menos misterioso de lo que sugiere el término, a esa zona móvil donde se cruzan dirigencias políticas, empresarias, financieras, mediáticas, judiciales y profesionales cuyas decisiones definen qué se vuelve financiable, comunicable, administrable o gobernable. No es una organización secreta ni un bloque homogéneo. Es un área de gravitación, con intereses frecuentemente contradictorios.

PUBLICIDAD

Conviene que declare mi posición antes de seguir. Hace más de veinte años trabajo con gobiernos, organismos multilaterales, organizaciones de la sociedad civil y empresas, y buena parte de mi trabajo consiste exactamente en lo que estoy señalando como límite: leer climas, anticipar reacciones, ordenar expectativas, ayudar a que una decisión se sostenga la semana que viene. Lo que se pide, casi siempre, es lectura de coyuntura; el trabajo de más largo plazo rara vez encuentra quien lo demande con la misma urgencia. No describo un vicio ajeno, sino que describo los incentivos que también me formaron y de los que vivo. Eso no invalida el diagnóstico, pero le quita cualquier tono de denuncia exterior. Si el repertorio se estrechó, quienes trabajamos asesorando a ese poder somos parte del mecanismo, no observadores.

Su déficit no es la ausencia de saber sino la concentración de saberes. Tres, básicamente: la lectura financiera, la gestión de la atención y la autoprotección patrimonial, reputacional o judicial. Son capacidades reales, a menudo sofisticadas, y son exactamente las que el ambiente exige y recompensa. Pero una élite que lee con precisión una encuesta semanal puede confundirla con una tendencia histórica. Una que domina la reacción de un activo puede leer una señal de mercado como diagnóstico de la sociedad. Una que sabe prevenir una crisis de imagen puede confundir la administración de la percepción con la resolución del conflicto que la originó. La información inmediata termina funcionando como sustituto de la interpretación.

PUBLICIDAD

La oposición decisiva, entonces, no es entre conocimiento e ignorancia, es entre coyuntura y estructura. La coyuntura está hecha de movimientos rápidos: precios, audiencias, escándalos, victorias parciales. La estructura remite a relaciones lentas: formas de representación, coaliciones sociales, capacidades estatales, patrones productivos, memorias institucionales. Sin instrumentos para leer esa segunda escala, el poder puede reaccionar con eficacia y equivocarse igual respecto de la dirección del proceso que pretende conducir. La falta de raíz teórica no impide operar. Impide anticipar.

Comparar sin idealizar

Toda crítica al presente corre el riesgo de volverse nostalgia. Conviene decirlo con claridad: la Generación del ‘80 y el primer peronismo no son modelos morales. La primera, consolidó un Estado liberal-oligárquico con participación restringida y fraude electoral sistemático. El segundo, expandió derechos sociales y laborales y mantuvo, a la vez, una relación muy áspera con el pluralismo y el disenso. No hay élite virtuosa para añorar.

Lo que tenían era otra cosa: instrumental. Las élites de fin del siglo XIX articulaban positivismo, higienismo, modernización estatal e inserción en la división internacional del trabajo. El lenguaje de la civilización y el progreso no era decorado retórico, sino que organizaba políticas públicas y una imagen de futuro. El primer peronismo dispuso de un cuerpo doctrinario explícito, una gramática de soberanía económica y justicia social, y la tercera posición como marco externo. Su vínculo con los intelectuales fue conflictivo, aunque existió.

Tener proyecto no equivale a tener razón. Un marco ideológico puede fundar derechos o naturalizar desigualdades. La diferencia es otra. Cuando hay marco, las decisiones deben presentarse como parte de una arquitectura de sociedad. No basta afirmar que una medida funciona; hay que sostener qué orden se persigue, qué conflictos se reconocen, qué futuro se considera deseable.

Conviene admitir aquí algo incómodo para buena parte de la conversación ilustrada, el fenómeno político que gobierna desde 2023 sí ofreció algo de eso. Un marco explícito, con genealogía teórica declarada, un diagnóstico de décadas y una idea de país enunciada sin eufemismos. Puede compartirse o rechazarse, y sus costos sociales son materia de discusión legitimada. Pero la objeción de que carecía de marco nunca fue la más sólida.

Más revelador es otro dato: llegó desde afuera del círculo rojo, que no supo verlo venir ni interpretarlo cuando ya estaba. Eso es lo que aparece debilitado. No la moral. No la inteligencia individual. El marco.

Por qué dejó de ser rentable pensar

Explicarlo por falta de formación sería moralista e insuficiente. Lo que cambió es la estructura de incentivos que recompensa unos saberes y vuelve secundarios otros.

La profundidad histórica y la elaboración doctrinaria exigen tiempo, instituciones y continuidad, partidos que formen cuadros, organizaciones que sostengan debates, burocracias que acumulen experiencia, espacios donde una idea madure antes de someterse a la urgencia. Cuando esos soportes se debilitan, el pensamiento de largo plazo no desaparece, pero deja de ofrecer ventaja comparativa inmediata.

En su lugar se premia la adaptación. La profesionalización de las campañas recompensa segmentar y reaccionar antes que el adversario. La financiarización vuelve central la credibilidad instantánea. La aceleración digital castiga la demora reflexiva. La fragilidad partidaria vuelve poco rentable invertir en cuadros y programas que quizá no sobrevivan al próximo reordenamiento electoral. La fragmentación posterior a 2001 no inauguró esto. Por el contrario, aceleró procesos previos de personalización y volatilidad. Muchos partidos siguen existiendo, pero operan más como vehículos electorales que como instituciones de aprendizaje acumulativo.

Samuel Huntington describió escenarios donde la movilización crece más rápido que la capacidad institucional de encauzarla, y cada actor interviene sobre el poder con el recurso que controla: dinero, presión, organización, exposición pública. Si el acceso a la decisión depende de una llamada, una corrida o una operación mediática, el beneficio de construir doctrina común se reduce.

Guillermo O’Donnell agregó una pieza: cuando los controles horizontales se debilitan, el liderazgo personalista tiene menos incentivos para sostener proyectos que lo excedan. El asesor más valorado no es el que aporta una interpretación consistente, sino el que reduce costos y encuentra salida a la próxima crisis. Y donde la elaboración pierde convertibilidad en poder, el sistema demanda otras competencias, lo que Giuliano da Empoli describió como ingeniería de la atención, viralidad, movilización afectiva, control de daños.

Las ideas no desaparecen. Cambian de función; de principios de orientación pasan a recursos de posicionamiento.

El repertorio que falta

Vilfredo Pareto distinguía entre leones, ligados a la fuerza y la persistencia de las convicciones, y zorros, ligados a la combinación y la astucia. No es una distinción moral, sino estilos de dominación. El problema argentino no es que haya zorros; toda política compleja requiere negociación y cálculo. El problema es que los zorros actuales redujeron su repertorio.

Son eficaces para la combinación financiera, la administración de señales y la autoprotección. Su astucia rara vez alcanza para construir instituciones, narrativas duraderas o coaliciones que sobrevivan al ciclo. Confunden adaptación con estrategia, supervivencia con conducción, timing con razón.

De ahí la dificultad central. Porque su saber está confinado a la inmediatez, les cuesta distinguir entre una salida y una solución, entre un clima y una transformación, entre un dato y una historia. El vaciamiento intelectual de las élites argentinas no consiste en que hayan dejado de saber. Consiste en que perdieron (o dejaron de necesitar) los instrumentos con los que sería posible pensar las consecuencias históricas de lo que hacen.