
Que Argentina sea titular de la presidencia de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA) constituye un hecho de enorme valor, tanto real como simbólico, que merece ser ponderado y reconocido. Se trata de un logro político que debe ocupar un lugar destacado y permanente en la conversación pública.
Este liderazgo a nivel mundial llega en un momento crucial de nuestra historia, en el que el antisemitismo resurge en el mundo con una fuerza brutal. Se despliega en nuestras sociedades de manera masiva, libre en la mayoría de los casos de sanción, a través de figuras públicas en todos los ámbitos y de organizaciones internacionales. Se expresa y actúa con la complicidad de instituciones de la sociedad civil, partidos políticos y autoproclamados defensores de los derechos humanos que, mediante sus discursos, acciones y silencios, lo legitiman.
Son discursos de odio que se validan en la ignorancia de cientos de miles que, desde el anonimato, los replican en las redes sociales y a los que debemos enfrentar con conocimiento y decisión.
Argentina llega a la presidencia de la IHRA por un largo y sostenido trabajo a conciencia llevado a cabo por el estado nacional, con diferentes matices a lo largo de los años, y que contó, sin lugar a dudas, con la perseverancia y compromiso de las principales organizaciones de la comunidad judía.
Fue un camino que comenzó en el Foro Internacional sobre el Holocausto en Estocolmo, en enero de 2000, convocado por el primer ministro sueco, Göran Persson, quien ya entonces advertía la urgencia de que los países del mundo abordaran la amenaza del antisemitismo que volvía a emerger con fuerza en Europa. También señalaba la necesidad de establecer políticas nuevas y articuladas en materia investigación, preservación de la memoria y educación.
Fue un encuentro histórico, avalado por presidentes y altísimos representantes políticos de 46 países, que contó con la presencia de intelectuales, historiadores, líderes religiosos y organizaciones de la sociedad civil. Acompañaron al presidente Fernando de la Rúa la DAIA, el Museo del Holocausto, la B´nai B´rith, la WIZO y AMIA.
Fuimos el único país latinoamericano en firmar la declaración final e ingresar como miembro pleno, y se tornó imperioso constituir el capítulo argentino. Debía crearse en el ámbito de la Cancillería. Era responsabilidad del estado conformarlo, tener una presencia activa e impulsar y centralizar un trabajo profundo de impacto en la educación.
No fue hasta el 2005 -año en que las Naciones Unidas aprobaron la resolución 60/7 que adopta el 27 de enero, Día de la liberación de Auschwitz, como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto- que se logró ese objetivo.
Fue una tarea muy ardua y en muchos momentos ingrata, que tuvo en la DAIA a su gran impulsora acompañada siempre del Museo del Holocausto y otras organizaciones. Hubo numerosas reuniones con funcionarios que abrían sus puertas, escuchaban y luego ignoraban. Fue un tiempo difícil, en el que quedaba claro que solo pocos comprendían y asumían con convicción y sensibilidad el impacto del flagelo del antisemitismo. Muy pocos entendían que no se trataba de una agenda exclusivamente judía, y menos aún que el antisemitismo no es un problema judío. Fueron muchas más las veces en que primaron el interés personal y la ideología por sobre la responsabilidad colectiva.
Vivimos un momento de profunda emoción quienes estuvimos en al Palacio San Martín y fuimos testigos de este hecho histórico. No fue un acto más: fue la expresión viva de un triunfo de la memoria, de la resistencia y de la dignidad frente a la barbarie. Lo vivimos como una respuesta clara y necesaria ante los nazis del pasado, frente a los episodios de antisemitismo que han manchado la historia argentina, ante las políticas restrictivas de nuestra propia Cancillería argentina durante la Segunda Guerra Mundial frente a los refugiados judíos, y también frente a las sombras del presente: los atentados terroristas contra la Embajada de Israel y la AMIA, el odio que aún persiste y quienes siguen justificando la muerte y el terrorismo, desde Irán y sus brazos ejecutores Hamás y Hezbolla.
El palacio San Martin brilló en su contenido, en su convicción y en su mensaje.
Las palabras del canciller Pablo Quirno enorgullecieron y conmovieron: “El Holocausto no pertenece al pasado, dejó una marca permanente en la conciencia moral de la humanidad y nos impuso una misión que no admite fatiga ni indiferencia. Recordar a sus víctimas y preservar la verdad histórica constituye un imperativo de nuestro tiempo, más aún cuando el odio, la intolerancia y la muerte vuelven a asentarse bajo nuevas consignas, nombres y mascaras”.
Fue un discurso que dejó en claro algo esencial: el compromiso inequívoco del gobierno nacional con la libertad religiosa y la lucha contra toda forma de discriminación. Que reconoció sin ambigüedades la necesidad de hacer frente el antisemitismo en donde la educación y la formación docente son de primerísima necesidad. Que reafirmó que en este tiempo nuestro país esta del lado correcto de la historia.
El lema elegido para este ejercicio de la presidencia, “Expandiendo las fronteras de la memoria”, tal como lo explicó el presidente Marcelo Mindlin al asumir, tiene por finalidad que la Argentina, desde su lugar en la IHRA, sea un puente entre ésta y los países de la región para que incorporen el estudio de la tragedia de Shoá en forma permanente como una fuente de aprendizaje para mejorar nuestras sociedades.
Este logro de nuestro país tiene un enorme significado y merece ser entendido. Es mucho más que hablar del Holocausto. Es un potente llamado a profundizar nuestra democracia y el estado de derecho. Es un llamado a la celebración de la vida, la convivencia en la diversidad y la paz.
La presidencia de la IHRA no es un simple ítem en la agenda política del estado. Es un hito del cual debemos todos los argentinos sentirnos orgullosos.
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