
El pasado martes 17 de marzo, en el acto de recordación por el atentado a la Embajada de Israel, el presidente Javier Milei expresó que “el virus del antisemitismo es el extremo opuesto de los principios que defendemos, porque está fundado en los peores valores que pueden inundar a una sociedad, como la envidia, el resentimiento y el odio al diferente”. En ese mismo discurso señaló que “mañana Argentina asumirá la Presidencia de la International Holocaust Remembrance Alliance” (IHRA), lo cual efectivamente ocurrió al día siguiente.
No es un dato menor. La IHRA tiene como eje la educación, la investigación y la memoria del Holocausto, además de la lucha contra el antisemitismo. Que la Argentina haya asumido esa responsabilidad implica un compromiso que excede lo simbólico y remite, necesariamente, a lo que ocurre —o deja de ocurrir— en nuestras aulas.
El antisemitismo está lejos de ser un fenómeno del pasado. Desde la masacre del 7 de octubre de 2023 ha reaparecido con una intensidad que no puede relativizarse. Los datos no dejan lugar a dudas. Según la Anti-Defamation League, en 2024 se registraron 9.354 incidentes antisemitas en Estados Unidos, el nivel más alto desde que existen registros sistemáticos: un incremento del 344% respecto a cinco años atrás y del 893% en la última década. El dato más significativo se observa en el ámbito educativo: los incidentes en campus universitarios crecieron un 84% en un solo año.
La Argentina no ha sido ajena a esta realidad. De acuerdo con el informe 2024 de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas, se registraron 687 denuncias por antisemitismo, un incremento significativo respecto del año anterior. La mayoría de los casos se vincula a discursos de odio —en particular en redes sociales—, aunque también se verificaron agresiones físicas, vandalismo y la reaparición de formas tradicionales de antisemitismo, incluso en ámbitos educativos.
Frente a este escenario surge una pregunta inevitable: ¿qué se enseña sobre antisemitismo en nuestras escuelas?
El odio no surge espontáneamente; se aprende, se transmite y puede naturalizarse. Cuando ello ocurre, no estamos solo ante un problema político o judicial, sino frente a algo más profundo: un problema educativo.
No es casual. La educación no solo transmite conocimientos: forma la mirada con la cual una sociedad interpreta la realidad y prepara —para bien o para mal— el terreno de lo que luego se expresa en el plano social y político.
Educar implica mucho más que transmitir conocimientos formales. Supone formar en valores, en principios sin los cuales la convivencia resulta inviable. Supone enseñar a reconocer al otro en su dignidad, a comprender el valor de la vida humana y a identificar el prejuicio. De lo contrario, se corre el riesgo de formar individuos instruidos, pero incapaces de reconocer y rechazar el odio.
Sin esa base, el antisemitismo —uno de los prejuicios más antiguos y persistentes de la historia de la humanidad— encuentra condiciones propicias para reproducirse. A veces se manifiesta de manera abierta, en la violencia; otras adoptan formas más sutiles: la indiferencia, el silencio o la dificultad para condenar aquello que no admite justificación.
En este contexto, la enseñanza del Holocausto ocupa un lugar central. Pero no alcanza con abordarlo como un contenido más: requiere ser enseñado en su dimensión humana, como una tragedia que interpela y obliga a reflexionar sobre los límites a los que puede llegar el odio cuando no encuentra freno.
Detrás de las cifras hay historias concretas: millones de niños asesinados en cámaras de gas, cada uno con un nombre, una familia y un proyecto. Cuando esa realidad se reduce a números, se pierde su dimensión esencial, y esa pérdida facilita que el antisemitismo reaparezca.
Algo similar ocurre en el presente. Las víctimas del 7 de octubre no son una estadística, sino personas torturadas y asesinadas, de formas tan infames que resulta difícil siquiera imaginarlo. Cuando estos hechos no se comprenden en su verdadera dimensión, cuando se los relativiza o simplemente se los omite, se abre espacio para que el prejuicio vuelva a instalarse.
Por ello, abordar el Holocausto y los hechos contemporáneos no es solo una cuestión histórica, sino una herramienta para el presente. Permite mostrar con claridad las consecuencias del odio y la importancia de rechazarlo sin ambigüedades.
Cabe entonces otra pregunta: ¿qué ocurrió en nuestras aulas tras el 7 de octubre? ¿Se trabajó sobre lo sucedido? ¿Se generaron espacios de reflexión? ¿Se ayudó a los alumnos a comprender la gravedad de los hechos? ¿O el tema fue, una vez más, dejado de lado o tratado con indiferencia?
Cuando la escuela no aborda estos temas, el vacío no permanece vacío: es ocupado por la relativización de lo injustificable.
Las definiciones del presidente Milei y el rol asumido por la Argentina en el ámbito internacional abren una oportunidad. Es indispensable que la comunidad educativa lo asuma y se refleje en lo que sucede dentro del aula: contenidos claros, formación docente y una enseñanza que no deje lugar a ambigüedades.
Ninguna ley ni ningún discurso de Javier Milei, por más claro y contundente que sea, puede reemplazar lo que ocurre en la escuela. Allí se forma la mirada con la cual las nuevas generaciones interpretarán la realidad. Allí, en definitiva, se define si el odio encuentra terreno fértil o si es rechazado de raíz.
El único antídoto contra el antisemitismo es la educación, ¿quién puede afirmar lo contrario?
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