El conflicto en Medio Oriente, que comenzó en forma bilateral el 28 de febrero entre Estados Unidos -en alianza con Israel- e Irán, se extendió regionalmente y ahora los efectos económicos pueden transformarlo en una guerra global.
Hasta la Segunda Guerra Mundial los conflictos armados se declaraban formalmente, pero desde entonces se dejó de hacerlo. El papel de los Parlamentos es cada vez menos relevante, como también lo son sus atribuciones para declarar la guerra y su influencia en las decisiones militares, que cada vez están más concentradas en la impronta de los líderes políticos, como sucede hoy con Donald Trump.
Desde la Antigüedad, las guerras no solamente se precipitan por decisiones sino también por errores de cálculo. Esto es lo que está pasando hoy en Medio Oriente. El conflicto comienza con el ataque de Hamas -una fuerza civil militarizada- contra Israel -un Estado- en octubre de 2023. La guerra se fue extendiendo: aliados de Irán impulsaron acciones militares en Yemén, Irak y Siria, supuestos aliados de Israel. Ya a comienzos de 2024 la guerra se había regionalizado y el ataque de Estados Unidos en junio de 2025 a las centrales nucleares iraníes lo hizo aún más, al entrar la primera potencia militar del mundo en juego.
Esta operación conjunta con Israel fue ejecutada por el Comando Central de Estados Unidos con sede en Alemania -las fuerzas militares estadounidenses están divididas regionalmente- que tiene a cargo la coordinación de las acciones militares en Medio Oriente.
Ahora el enfrentamiento militar entre Irán por un lado y Estados Unidos e Israel por el otro ha globalizado los intereses y los daños de la guerra. El protagonista principal ha pasado a ser Estados Unidos, con Israel como actor secundario desde el punto de vista militar.
Aunque no hubo una declaración de guerra formal, sí hubo un conjunto de declaraciones, negociaciones frustradas y amenazas, que tuvieron a Trump por un lado y al ayatola Kahmenei por el otro. Era sabido que si Irán bloqueaba el Estrecho de Ormuz, esto iba a tener consecuencias importantes al aumentar significativamente el precio del petróleo, globalizar las consecuencias del conflicto y probablemente escalarlo. Pero la inteligencia estadounidense cometió errores de evaluación importantes. El primero es que frente a una acción militar de Washington, la población iraní, disconforme con el régimen del gobierno religioso, se iba a levantar en masa para voltearlo.
El segundo es que frente a una acción contundente de estas características, las Fuerzas Armadas iraníes no podrían resistir ni mantener más de cuarenta y ocho horas de combate.
El objetivo que buscaba Estados Unidos fue claro y Trump lo explicitó, al decir que se buscaba una operación como la que se había realizado en Venezuela: un cambio de régimen rápido, eficaz y sin bajas significativas que impusiera un gobierno iraní pro estadounidense que se alineara rápidamente con Washington.
Pero la situación cambió radicalmente porque sucedió lo contrario a lo que se buscaba: el régimen no sólo resiste, sino que incluso contraataca. El ataque de Estados Unidos a Irán comenzó en la madrugada del sábado 28 de febrero contra instalaciones militares iraníes. Pero la firmeza de Irán fue clara en su reacción: lanzamiento de drones sobre países del Golfo Pérsico aliados de Estados Unidos. El poder militar estadounidense, y en particular su inteligencia electrónica, permitieron la muerte del líder iraní, el ayatolá Kahmenei, y su esposa.
La apreciación estadounidense fue que con esta victoria la resistencia iraní se desmoronaría, pero no fue así. El 2 de marzo, antes de que se cumpliera el tercer día del ataque, Trump ya había cambiado drásticamente su apreciación y su enfoque. El primer día del ataque, el Jefe del Pentágono, Pete Hegseth, había anunciado que no se pondrían tropas en el terreno y que no iba a suceder con Irán lo que sucedió con Irak: la entrada del país en anarquía que llevó al compromiso de tropas estadounidenses durante varios años para mantener el orden público y evitar la extensión de una guerra regional.
Pero el 2 de marzo Trump dijo lo contrario: que la guerra iba a durar aproximadamente cuatro semanas (veintiocho días) y que estaba dispuesto a emplear todas las tropas terrestres que fueran necesarias. Simultáneamente ordenó difundir una declaración del Comando Central estadounidense afirmando lo mismo, que no iba a haber límite en el empleo de tropas terrestres para terminar con el régimen de los ayatolás.
El conflicto continúa escalando regionalmente. Cinco de las seis monarquías del Golfo que tienen bases militares estadounidenses (Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein, Qatar y Emiratos Árabes) fueron atacadas (sólo Omán quedó excluida). La entrada de Riad en el conflicto suma un tercer aliado no formal pero trascendente para la alianza entre Estados Unidos e Israel.
Jordania (también aliado de Washington y Tel-Aviv) entra de hecho a ser blanco de las operaciones militares iraníes. A su vez Hezbollah, desde El Líbano, anuncia que atacará a Israel y este responde diciendo que lo exterminará. Esto incluye otro país en el conflicto. Desde el primer día, los hutíes pro iraníes de Yemen -claves para el control del Estrecho de Ormuz, por el que pasa entre el 20% y el 25% del petróleo mundial- ratificaron su apoyo a Irán.
La OTAN entró en el conflicto de forma desordenada y anárquica. No se cumplieron los mecanismos de toma de decisiones en la Alianza occidental, que pone como jefe de las operaciones al Comandante militar estadounidense de Europa. Un pequeño país como Chipre integra esta alianza militar, pero frente a la amenaza de acciones iraníes solicitó la aplicación del artículo 5 del tratado de la Alianza, aunque sin el resultado esperado. Hubo países como España que se negaron a participar e incluso a que sus aeropuertos y puertos sean utilizados por las fuerzas estadounidenses en el conflicto contra Irán, pero la medida fue revertida a los pocos días. Finalmente, buques, aviones y helicópteros franceses y griegos llegaron a Chipre. Pero, por su parte, Francia aprovechó para recordar que es el único país de Europa que tiene armas nucleares y Trump criticó dura y públicamente al Reino Unido -miembro de la OTAN pero no de la Unión Europea- de haber abandonado la alianza histórica entre los dos países anglosajones, por su inacción en el conflicto con Irán.
A esta altura, el mayor riesgo para Estados Unidos parece ser la repetición del escenario iraquí: la anarquía en un país derrotado. Es decir, cuando las fuerzas estadounidenses se ven arrastradas a una virtual guerra civil para contener a distintas facciones en pugna. Cabe recordar que en la guerra de Irak murieron cinco mil soldados estadounidenses y otro tanto de los países aliados, es decir diez mil hombres en total.
La voluntad iraní de continuar combatiendo se ha dado con la decisión de designar sucesor de Khamenei a su hijo, una marcada expresión de su intención de continuar con la lucha. La clave de la supervivencia militar iraní está en su capacidad de fabricar miles de drones a un precio muy bajo, de aproximadamente treinta mil dólares por unidad. Para evitar que estos lleguen a su blanco, las fuerzas armadas occidentales utilizan cohetes y sistemas antiaéreos que cuestan más de un millón de dólares. Los servicios de inteligencia occidentales sostienen que no habían advertido que los sistemas de drones iraníes estaban emplazados dentro de montañas, como sucede también con su proyecto nuclear.
La Armada iraní, organizada alrededor de muchos barcos pequeños, ha sufrido pérdidas muy importantes pero mantiene capacidad de hacer efectivo el bloqueo de Ormuz, que tiene un ancho de cincuenta kilómetros. Los problemas logísticos crecerán en los próximos días. A la Armada estadounidense no le resultará fácil mantener en área de combate dos grupos de portaaviones completos, que irán incrementando su capacidad aeronaval y su fuerza de desembarco.
A su vez, para el comercio mundial de hidrocarburos -no sólo petróleo sino también gas licuado y otros- el transporte logístico y el precio serán un problema creciente, sin poder establecerse hoy un límite. Pero dentro de Irán, un tema central son las ciento sesenta niñas de una escuela muertas por un misil occidental. Esto ha comenzado a enardecer a la población.
Cabe recordar que Irán es un país de noventa millones de habitantes integrado por distintas etnias: la persa, que gobierna el país, es el 60%, los azerbaiyanos de origen turco, el 18%, y los kurdos el 10%. Ninguna de las restantes supera este porcentaje, aunque algunas ya están jugando un rol militar. Tal es el caso de los que habitan en Baluchistán, precipitando la guerra entre Pakistán y Afganistán (Irán, además de tener frontera con las seis monarquías del Golfo, también la tiene con Afganistán, Pakistán y Turkmenistán, lo que aumenta el riesgo de propagación del conflicto).
Esta es una situación que Estados Unidos puede utilizar a su favor en el corto plazo, pero a riesgo de precipitar una guerra civil en Irán.
La guerra en Medio Oriente ya se ha transformado en un conflicto regional con alcances económicos globales. Pero los conflictos entre las distintas etnias iraníes, apoyadas a su vez por distintos factores externos, puede ser el mayor de los riesgos y llevar la situación a la que vivieron Estados Unidos y sus aliados en Irak, que duró siete años, de 2003 a 2011.
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