Los sucesos de Santa Fe desnudaron algunas realidades: en primer lugar, que la esperanza generada por algunos gobernadores carecía de fundamento porque no había en ellos convicciones, sino la penosa actitud de los pusilánimes que ceden y conceden sin límites morales en función del rédito que puedan obtener del Gobierno nacional; luego, que la rebeldía, cuando se instala en la razón, se impone y ni la soberbia del poder es capaz de detenerla. Fue, además, muy duro escuchar las historias de los policías, mostrando a las claras la situación en una sociedad donde los números parecen exitosos en tanto que la miseria se instala y se extiende.
El Gobierno entró en su tercer año que, como en administraciones anteriores, pareciera ser el punto de quiebre de aquellos que carecen de proyectos y de diálogo honesto con la oposición.
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Además de la situación de Santa Fe, tuvimos la manipulación del Indec, sumada a una inflación que se pretende detener con miseria, sin lograrlo, simplemente por el exceso de prebendas otorgadas a la riqueza, al poder económico concentrado. Utilizar un número de inflación falso es una forma concreta de tomar al empobrecimiento como base de la futura sociedad que este gobierno y los empresarios que lo apoyan imaginan. Paradójicamente, el número de empresas cerradas, de empleados y obreros desocupados, es el único elemento que crece en nuestra endeudada y atribulada sociedad.
La idea que Milei y los suyos intentan instalar de una esperanza como el resultado de la miseria es tan absurda como esa eterna y falaz concepción del derrame. Lentamente, la miseria se amplía y se consolida, y los beneficios se concentran y se multiplican.
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La supuesta ley de reforma o de “modernización” laboral terminó con un exceso de remiendos y aun así, sigue siendo dañina esencialmente para los trabajadores, merced a esa absurda convicción de que si los inversores se encuentran con un pueblo esclavo van a venir masivamente a explotar nuestras riquezas. Como ya he señalado, el lugar común de que somos el país más proteccionista del mundo demuiestra la ignorancia de quien lo expresa, y básicamente, la corrupción de quien lo multiplica. Intentar asignarle esperanza a una cruel combinación de miseria y represión tiene una performance de perversión digna de los mayores egoísmos, de las mayores autarquías.
La ex vicegobernadora de Santa Fe, convertida ahora en diputada nacional, inició su evaluación de la sublevación policial diciendo que los rostros le recordaban a los de los ladrones de combustibles que ellos habían expulsado. Es evidente que hay un momento en que el odio a los más vulnerables surge de las entrañas de aquellos que vinieron a sustituir errores y terminaron expresando su mayor deshumanización bajo la forma de la crueldad y la discriminación social.
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El repudio personal del Presidente a varios periodistas sumado a esta reiterada voluntad de acallar a los disidentes (la Oficina de Respuesta Oficial) marcan que, como suele suceder, el autoritarismo y la mediocridad van unidos. La pretensión oficialista se asienta en que no exista una estructura opositora viable, en rigor, a que el kirchnerismo impida que esa necesaria alternativa se constituya.
Si Kicillof sigue siendo la última figura sublevada, sin duda, terminará convocando a todo el pensamiento político que resta en nuestra sociedad y sustituyendo al kirchnerismo por un sistema de alianzas que le devuelva a la estructura popular la riqueza de pensamiento que el sectarismo hace tiempo le arrebató. En ese sentido, el grotesco regodeo en la agresión de los medios oficialistas a la figura del gobernador de la Provincia de Buenos Aires lo convierte, muy a pesar de esa prensa, en la única alternativa futura, alianzas democráticas de por medio, que se irán perfilando.
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La oposición debe aclarar más que nunca que su visión no es el retorno al pasado, sino esencialmente salir de la miseria del presente que hoy ya es peor que aquel sectarismo burocrático que les entregó el poder. Es imprescindible la creación de una convocatoria que nos saque de la secta en cuyo ADN está el triunfo de Milei. Una sociedad donde el 70% vive con una suma de alrededor de un millón de pesos transita la cercanía a la miseria. Es por ello que una alternativa lógica, sólida y profundamente democrática, con visión de país, de nación soberana, es una salida que no podemos dejar de constituir con urgencia ante tanto dolor.
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