
El tema dominante en la agenda global va cambiando al ritmo de la dinámica de los acontecimientos. Hoy, el primer plano se lo lleva la intervención unilateral de Estados Unidos en Venezuela para capturar al presidente en ejercicio, acusado de narcotráfico en el país del Norte. Una maniobra genuina de un líder mesiánico y poco afín a las reglas institucionales, como Donald Trump.
Por supuesto, fue una decisión envalentonada por la abundante evidencia de la condición autoritaria del régimen oscuro que ha llevado a Venezuela a un enorme caos, con más de 7 millones de exiliados. Dos verdades emergen con mucho consenso en las voces más sensatas y menos condicionadas por la puja ideológica: Trump actúa como jefe caprichoso y arbitrario, poniendo al mundo al borde de una explosión, y Venezuela sufre la etapa más temeraria de un régimen corrupto, ilegítimo y antidemocrático.
Este y otros acontecimientos que copan la escena global en cada momento expanden la mirada crítica del estado de los asuntos mundiales y la humanidad en general. Cuando se manifiestan, voces y argumentos negativos de nuestra realidad y pesimistas sobre nuestro futuro común se reproducen implacablemente.
Nuestra tarea y aporte al trayecto que tenemos como civilización es intentar mirar un poco más allá de las situaciones que arden y complementar las alarmas que nos alteran con aquellas luces que van emergiendo y abonan la esperanza sobre el destino de este proyecto colectivo tan particular que es la humanidad.
En este marco, el recorrido de la humanidad en los últimos años puede leerse como una dinámica y multifacética convergencia entre un conjunto explosivo de anomalías en distintos aspectos de nuestras sociedades, que ponen severamente en riesgo los equilibrios que hacen funcionar el mundo bajo relativo orden y, al mismo tiempo, un repertorio emocionante de degustaciones acerca de múltiples innovaciones que van abriendo ventanas sobre todo lo que podemos construir y superar a partir de nuestra incuestionable capacidad colectiva. No es nuevo de esta época, pero se manifiesta hoy con especial impacto: todo parece al borde de romperse, pero todo parece también ser posible de reinventarse.
Mucho de lo que hemos diseñado y optimizado para funcionar colectivamente y habilitar instancias de progreso en la historia reciente ha sido concebido en la segunda mitad del siglo XX, a raíz del impacto combinado del avance tecnológico, las crisis globales y las guerras a gran escala en la primera mitad de dicho siglo.
Sistemas de gobernanza global, modelos educativos, matrices energéticas, diseños de ciudades, sistemas productivos, arquitecturas organizacionales, instituciones democráticas, culturas familiares, y muchas otras construcciones humanas fueron producto de la evolución que significaron aquellas décadas de paz global bajo el marco conocido como Guerra Fría y el creciente predominio del capitalismo, la ciencia y la tecnología.
La civilización humana registró, en la gran mayoría de los aspectos, un enorme salto de progreso individual y colectivo en aquellas décadas, por supuesto no exento de sinsabores, costos y asimetrías entre regiones y países.
Pero como bien explicó Thomas Kuhn hace ya varias décadas, el camino mismo del progreso está habitado por nuevas anomalías (problemas que debemos resolver) que necesariamente se incuban y crecen en distintos ámbitos a partir de los estadios de evolución que vamos logrando. La revolución digital que trajo el inicio del siglo XXI fue, en esencia, un acelerador implacable de esas anomalías globales que se agudizan entre nosotros, al mismo tiempo que un incipiente proveedor de soluciones, dado que estas últimas siempre suponen décadas de ensayos, ajuste y penetración.
Por ejemplo, la información digitalizada, el software en la nube y la integración ágil de sistemas han sido herramientas letales para acelerar las anomalías de modelos jerárquicos basados en silos bajo los cuales funcionaban nuestras organizaciones. Pero, al mismo tiempo, ofrecen el combustible necesario para el diseño de modelos de gestión más horizontales, ágiles y eficientes, que no surgen de manera simple y lineal, sino que deben parirse dolorosamente en el marco de adaptaciones y negociaciones humanas. Por ello, parece increíble pero real que aún sea un tema de debate o ensayos fallidos en muchas organizaciones.
La destrucción creativa funciona de esa manera. Lo que se destruye suele ir más rápido y generar muchas esquirlas cuando termina de caer. Lo que se crea, suele requerir tiempos más dilatados, la conjunción de muchos factores y generan beneficios intermitentes que muchas veces hacen tambalear el camino innovador.
Esta secuencia es constante en la historia humana, pero se condensa en grandes oleadas en determinadas épocas de cambio o transformación. Vivimos una de ellas, quizás la más potente de la historia, en estas décadas del siglo XXI. Y hemos ingresado a la etapa más profunda y despiadada de la misma, signada por el poder disruptivo de las tecnologías inteligentes que penetran en todos los sistemas humanos.
No hay una única causa. Ni un factor que todo pueda explicarlo. Pero todo tiene que ver con todo en este aparente estado de descomposición al que asistimos en el presente de la humanidad.
El orden mundial se desmorona, en buena medida por la escasez de liderazgos capaces de encauzar las pasiones hacia procesos de lentas pero sostenibles soluciones; las democracias están asaltadas por delirios populistas de distintas ideologías pero comunes en catalizar el malhumor social con estrategias que dividen y simulan soluciones; las economías no crecen como antes y generan menos externalidades positivas bajo motores del capitalismo que parecen averiados u obsoletos; las sociedades vuelven a ponerse más violentas y polarizadas, a la luz de desigualdades que crecen sostenidamente; la educación universal dio todo lo que podía dar y los sistemas educativos no logran producir los nuevos resultados que parecen demandar la empleabilidad y ascenso social de las personas en estas nuevas sociedades en construcción; el Planeta cruje exhibiendo registros de calor desbocado y picos de deterioro de distintos ecosistemas; las inmigraciones que enriquecieron culturas y sociedades se transforman en calderas en ebullición que alimentan sociedades étnicamente partidas; el comercio internacional no decae pero se transforma en un rato tablero de clubes de amigos que transaccionan bajo la sombra de una China voraz que parece disrumpir todas las industrias; la infelicidad y los cuadros de deterioro de salud mental muestran nuevas y más profundas manifestaciones, a contramano de lo que podría esperarse de un mundo con tanta abundancia. Podríamos seguir.
Esto y mucho más configura el enorme estado de descomposición que nos asusta en el presente. La destrucción de los modelos que nos dieron estabilidad y resultados avanza sin piedad. Sería necio negarlo. Y quizás sería utópico pretender no pasar por dicho proceso para iniciar una nueva era. Pero en paralelo, una oleada de innovación audaz y positiva se despliega en todos los órdenes. Es menos visible, más lejana (aún) al dolor que los ciudadanos de pie experimentan en las transiciones y suele manifestarse de forma distinta en regiones y países. Pero no podemos ni debemos desconocerla. Todo lo contrario, debemos identificarla, comunicarla, apalancarla y enriquecerla. Es esta ola de innovación en marcha la que nos ayudará a construir soluciones sustentables para esas anomalías que se expanden, en cantidad y profundidad, en nuestros días.
La gobernanza global está hackeada, pero al acecho de nuevas oportunidades cuando la borrachera de poder unilateral de los grandes actores decante (USA, China, Rusia). Ojalá ello suceda sin tener que llegar a grandes conflagraciones globales. Las Naciones Unidas (ONU) transitan una profunda crisis, pero también un proceso de incubación de propuestas de reformas que, en manos de liderazgos sensatos, podrían materializarse en el futuro próximo. Mientras tanto, manifestaciones de ciudadanos globales, unidos por la conciencia del futuro común, no paran de crecer, como Globalcitizen.org. El capitalismo equipado con más ciencia y propósitos más elevados produce gratas rarezas como Terraflos, aquí cerquita en Uruguay, una “consumer science company” basada en el principio de menos extracción y más cultivo inteligente para producir alimentos, productos de bienestar y cosmética. El empleo y el ascenso social pueden revivir bajo nuevas configuraciones, como en Buurtzorg, la exitosa compañía de salud holandesa en la que trabajan más de 15 mil enfermeros bajo un original modelo de prevención holística de salud y trabajo autónomo de alta satisfacción y progreso para las personas. La educación parece estancada en sus laureles, pero proliferan iniciativas transformadoras como 42network.org, la red de escuelas de formación tecnológica gratuita más grande del mundo, con más de 50 sedes en 30 países del mundo.
La omnipresencia digital está haciendo estragos en personalidades y vínculos, pero las soluciones de desconexión, moderación, hibridación y supervisión cognitiva de las tecnologías comienzan a abundar, prometiendo nuevos equilibrios posibles entre los indudables beneficios de la digitalización y sus costados más oscuros. El malestar es un signo de los tiempos, especialmente en nuevas generaciones, pero la industria del bienestar vive una revolución.
Nunca supimos tanto de todo lo que puede impactar positivamente en nuestra biología, expandir nuestras emociones y construir vidas con sentido. Nuevas actividades corporales, abordajes terapéuticos, sistemas de alimentación, dispositivos de encuentro social, etc., aparecen y abren nuevas perspectivas para el bienestar humano a gran escala.
También acá, en estas oxigenadoras señales de futuros posibles, podríamos seguir. Pero alcanza como muestra de una obra en marcha por la que vale la pena luchar. Es probable que no podamos frenar la descomposición de mucho de lo que funcionaba bien en la era anterior. Pero empujar colectivamente las posibilidades concretas para construir mejores futuros posibles es el camino más apropiado para combatir el pesimismo y no entregarnos a espejismos propios del azar, la providencia o el mesianismo de algún patrón global que nos seduzca con narrativas que conectan con los dolores del presente pero que suelen termina hipotecando el futuro.
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