
El sistema financiero argentino experimentará en 2026 cambios significativos en su estructura, con el ingreso de entidades locales y extranjeras a un sistema bancario local revalorizado, con la consolidación de una industria fintech diversa e innovadora, en un marco de finanzas cada vez más abiertas e instantáneas, donde los reguladores deberán capacitarse y tecnologizarse para mitigar riesgos. Tanto el sistema financiero global como el argentino atravesarán en 2026 una etapa de reconfiguración acelerada. La irrupción de nuevos actores no tradicionales combinada con la adopción intensiva de tecnologías digitales disruptivas como la inteligencia artificial (IA) y las de registro distribuido (TDR/blockchain), serán escenario en este año de una disputa clave: la búsqueda por parte de los distintos actores, bancos y fintechs por lograr la “principalidad”, es decir, por convertirse en la plataforma financiera central de la mayor cantidad posible de usuarios.
Desde el punto de vista tecnológico, para 2026 se espera que la IA mejore sustancialmente la experiencia de los usuarios mediante la hiperpersonalización de servicios en tiempo real, mientras que las blockchains consoliden el proceso de inmediatez en los pagos fronterizos y transfronterizos sin límites horarios. El despliegue de novedosas plataformas (por ejemplo, las de finanzas descentralizadas) y de productos cripto de todo tipo montados sobre contratos inteligentes -utilizando el concepto de dinero programable- seguirá expandiéndose en este último caso con un rol cada vez más protagónico por parte de la banca tradicional. Por su parte los reguladores deberán lidiar con la irrupción de estas nuevas plataformas, tecnologías y productos similares -pero muy diferentes a los tradicionales-, lo que obligará a los bancos centrales y comisiones de valores a seguir reinventándose sin perder de vista sus dos funciones principales: preservar estabilidad financiera y proteger a los usuarios minoristas que experimentan asimetrías en la información que disponen.
La lucha por la principalidad: un ecosistema en tensión
La principalidad financiera no es un fenómeno homogéneo: adopta formas distintas según los marcos regulatorios, tecnológicos e institucionales de cada región. Globalmente durante 2026 se espera una mayor competencia y entrecruzamientos entre distintos actores del sistema financiero: bancos tradicionales (JPMorgan, Bank of America, ICBC, HSBC); bancos digitales (Nubank, Revolut, SoFi); fintechs de pagos y servicios financieros (PayPal, Stripe, Square); grandes compañías tecnológicas (Apple con Apple Pay, Google con Google Wallet, Amazon, y X a través de su aplicación financiera X Money) y compañías de telecomunicaciones (M-pesa de Safaricom); todos buscando convertirse en la plataforma financiera principal de los usuarios en mercados locales y globales.
Se espera que la IA mejore la experiencia de los usuarios mediante la hiperpersonalización de servicios en tiempo real
Un ejemplo local de esta competencia lo evidencia la evolución durante el último lustro, de plataformas como Modo y Mercado Pago, que, desde arquitecturas y modelos de negocio muy distintos, disputan acaparar la relación financiera con el usuario final a través de una oferta de servicios financieros parcialmente convergente.
Esta búsqueda de principalidad seguirá integrando plataformas que agrupan múltiples servicios financieros y no financieros en una sola interfaz, apoyadas en arquitecturas abiertas y modulares basadas en aplicaciones (APIs), más que en la provisión aislada de productos tradicionales.
En este contexto, la figura del banco durante 2026 parecería recuperar relevancia al concentrar atributos difíciles de sustituir: licencia regulatoria para oferta amplia de productos, acceso directo a potentes redes de seguridad, conexión plena con los sistemas de pago, capacidad de gestión prudencial del riesgo y legitimidad institucional.
La revalorización de la licencia bancaria
Precisamente en Argentina se evidencia un significativo y renovado interés por adquirir bancos o licencias bancarias por parte de actores dinámicos no tradicionales. 2026 será un año donde todos estos procesos empezarán a materializarse. Ejemplos relevantes sobran:
- Revolut, el principal banco digital europeo, avanza en la compra de un banco local;
- Mercado Libre, la mayor plataforma de comercio online en Latinoamérica (siguiendo los pasos de Uala) solicitó formalmente una licencia bancaria ante el BCRA;
- Cocos Capital, activo agente del mercado de capitales local anunció la adquisición de una entidad financiera.
Incluso la principal empresa energética del país YPF y el mayor banco digital de la región el Nubank aparecen en versiones periodísticas como potenciales interesados en ingresar también al sistema bancario argentino. No sería de extrañar que alguna plataforma cripto de peso siga el mismo camino en 2026. Esta tendencia puede observarse también a nivel global. Un caso emblemático es PayPal, una de las mayores plataformas de pagos del mundo que anunció el pasado 15 de diciembre su solicitud de constituirse como banco en los Estados Unidos.
IA y blockchain, herramientas indispensables del nuevo mundo financiero
En lo que hace a la inteligencia artificial en la etapa que se abre, los bancos y fintechs más dinámicas convergerán en 2026 en una misma lógica: desplegar arquitecturas basadas en IA generativa, machine learning y agentes inteligentes que transformen la interacción con el cliente, reduzcan fricciones, combatan eficazmente el fraude intentando convertir a la plataforma financiera en el punto de acceso cotidiano al sistema económico, más que en un simple proveedor de productos financieros.
La escala del negocio financiero que cada entidad consiga o mantenga resultará en un insumo clave para retroalimentar estos motores de datos y avanzar competitivamente. Las entidades de menor tamaño deberán fidelizar los nichos en los cuales actúan con ofertas atractivas para sus clientes, buscando alianzas con proveedores tecnológicos que potencien sus ventajas. En paralelo, a nivel global los grandes bancos están adoptando tecnologías de registro distribuido como blockchain, no como experimentos marginales, sino como herramientas de su infraestructura estratégica. Por mencionar sólo un par de ejemplos significativos JPMorgan, con su plataforma Kinexys, y Citi, con Citi Token Services, ya “tokenizan” depósitos y activos (recientemente también fondos comunes de dinero) para lograr pagos y liquidaciones de inversiones casi instantáneas sin límite de horario, replicando ventajas del mundo cripto dentro de entornos plenamente regulados. La creciente tokenización de activos de diversa índole que navegan en plataformas distribuidas y que son ofrecidas por todos los actores parece ser otra característica central a desarrollarse en el paisaje financiero del 2026.
Convergencia, interoperabilidad y nuevo rol de los reguladores
En el nuevo año la competencia ya no enfrenta simplemente a bancos con fintechs, sino que apunta a desarrollar modelos de intermediación financiera basados en tecnología, datos y regulación. Todo indica que el escenario más probable es uno de convergencia y coexistencia en diversas dimensiones. Por un lado, desde el punto de vista de los actores; los bancos se transforman en plataformas tecnológicas reguladas al mismo tiempo que las fintechs asumen funciones bancarias plenas.
La ventaja competitiva de los distintos actores del sistema financiero no residirá en su origen institucional —banco o fintech— sino en la capacidad de innovación de su modelo de negocio
Desde una perspectiva de infraestructuras financieras, los sistemas de registro centralizados y las plataformas de registro distribuido muestran una creciente confluencia. Por mencionar ejemplos puntuales, redes de mensajería bancaria como SWIFT exploran esquemas de interoperabilidad con infraestructuras basadas en TDR, manteniendo su rol como capa de comunicación entre distintos sistemas de registro. Al mismo tiempo, los criptoactivos, inclusive los más descentralizados- se apoyan, para escalar su adopción en infraestructuras altamente centralizadas. Un ejemplo ilustrativo es Bitcoin: si bien su protocolo no depende de intermediarios, su adopción global crece gracias a la participación de actores centralizados como los emisores de stablecoins (Tether o Circle), grandes “exchanges” como Binance o inversores institucionales como BlackRock. Por su parte, los principales supervisores financieros también jugarán en 2026 su propio partido. A lo largo del año seguirán consolidándose marcos regulatorios heterogéneos con enfoques claramente diferenciados: estrictos y altamente armonizados en la Unión Europea -con la plena entrada en vigor de regulaciones como el AI Act, MiCA y DORA-; más fragmentados en Estados Unidos, donde el avance regulatorio se articula a través de iniciativas legislativas parciales y específicas, como la GENIUS Act focalizada en stablecoins; y más flexibles -aunque no necesariamente menos exigentes- en algunos centros financieros asiáticos.
En nuestro país, el Banco Central y la Comisión Nacional de Valores enfrentan 2026 el desafío de profundizar sus capacidades tecnológicas para seguir acompañando la innovación financiera, equilibrando las cargas regulatorias en función de los riesgos específicos de cada segmento, sin descuidar sus mandatos constitutivos. En este contexto, la ciberseguridad se consolida como una de las preocupaciones centrales. El menú de desafíos regulatorios es amplio y heterogéneo. Incluye desde la prevención del uso malicioso de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial, hasta la anticipación de los riesgos que la computación cuántica podría plantear sobre los esquemas criptográficos en los que basa el sistema financiero actual.
A ello se suman el desarrollo de esquemas novedosos de finanzas abiertas orientados a empoderar a los usuarios, así como la expansión de productos basados en plataformas blockchain, como los stablecoins -denominados en dólares y, más recientemente, también en pesos-, que se perfilan como marcos regulatorios a desarrollar a la luz de la experiencia internacional y de los distintos intereses y riesgos en juego.
En este contexto, la ventaja competitiva de los distintos actores del sistema financiero no residirá en su origen institucional —banco o fintech— sino en la capacidad de innovación de su modelo de negocio en un mundo cada vez más tecnologizado con eje en la experiencia de los usuarios.
La batalla por la principalidad, lejos de estar resuelta recién comienza.
El autor es expresidente de la Comisión Nacional de Valores y profesor de Finanzas Tecnológicas en la UBA
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