
China arrastra, desde hace años, un problema de sobrecapacidad productiva que representa un desafío tanto para el país como para el resto del mundo, al generar una creciente presión de exportaciones manufactureras.
Según un estudio de la fundación alemana Mercador, la sobrecapacidad afecta industrias tradicionales como el acero y los vehículos de pasajeros, y se extiende a sectores de punta, como los semiconductores y los electrolizadores, estos últimos fundamentales para la producción de energía limpia.
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El informe cita datos de 2024 de la Cámara de Comercio de la UE en China, según los cuales el 35% de las 529 empresas consultadas percibe sobrecapacidad y un 10% prevé que esto se acentuará en el futuro. En la industria automotriz, el fenómeno abarca el 62% de los casos; en la farmacéutica, el 56%; en la maquinaria industrial, el 55%; y en la química, el 51 por ciento.
La producción industrial china creció con fuerza durante los últimos 45 años por el impulso de políticas de estímulo de los gobiernos nacionales y locales, tanto para firmas locales como extranjeras. Este proceso favoreció la inversión productiva: en la actualidad, la Formación de Capital Fijo de China equivale al 42% del PBI, frente al 22% de Estados Unidos y la Unión Europea (World Bank Open Data).
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La Formación de Capital Fijo de China equivale al 42% del PBI, frente al 22% de Estados Unidos y la Unión Europea (Banco Mundial)
La elevada inversión desembocó en la actual sobrecapacidad. Este fenómeno perjudica a China, ya que, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas (NBSC), reduce la rentabilidad de las empresas, fomenta una competencia interna feroz y provoca numerosas quiebras, como se observa en los sectores de paneles solares y vehículos eléctricos.
Además, intensifica la tendencia deflacionaria que experimenta la economía china. En un trabajo reciente, la especialista Lizzi C. Lee advierte: “La sobrecapacidad se convierte en algo más que un problema sectorial: repercute en toda la economía china, encerrándola en un ciclo de bajos márgenes, inversión insuficiente, lenta generación de empleo y permanentemente débil demanda”.
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La inversión convirtió a China en líder mundial en manufactura, con el 30% de la producción global. Encabeza la oferta en sectores como el acero (56% del total mundial) y la industria química, y, más recientemente, domina los segmentos de paneles solares y vehículos eléctricos.

El mercado interno no logra absorber toda la producción por un bajo nivel de consumo relativo: el consumo chino equivale al 56% del PBI, frente al 81% de Estados Unidos y el 79% de la Unión Europea. Así, gran parte de la producción se dirige al mercado global: China es el principal exportador mundial, con el 14% de las exportaciones totales.
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En un primer momento, sus exportaciones, sustentadas en mano de obra barata y bajo nivel tecnológico, eran bien recibidas a nivel internacional. Sin embargo, poco a poco empezaron a competir con las industrias de otros países y desplazaron producción y exportaciones.
Según denuncias de empresas y gobiernos, muchas exportaciones provienen de industrias beneficiadas por estímulos no permitidos por la OMC
Además, según denuncias de empresas y gobiernos, muchas exportaciones provienen de industrias beneficiadas por estímulos no permitidos por la OMC, además de comercializarse frecuentemente bajo prácticas de dúmping.
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América Latina conoce de cerca este escenario por el ingreso masivo de productos siderúrgicos chinos, que desplazan la oferta local y han motivado numerosas protestas.
Como respuesta, el primer gobierno de Donald Trump implementó una política de proteccionismo y restricciones tecnológicas que se mantuvo e intensificó bajo la presidencia de Joe Biden. En Europa, se han multiplicado los temores y las protestas por el impacto de la presión china en industrias como la de paneles solares o vehículos eléctricos, que compiten directamente con la producción local.
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No obstante, estas medidas resultaron poco eficaces: en 2024 y en lo que va del año, las exportaciones y el superávit comercial de China siguieron en aumento. Las ventas a Estados Unidos, su principal cliente, disminuyeron, pero la presión china se trasladó a otros mercados.
Surge, además, una perspectiva adicional: frente a restricciones a la compra de semiconductores, China avanza con rapidez en la sustitución de importaciones, lo que, en el futuro, se traduciría en una nueva ola exportadora, con potencial de amenazar a los líderes actuales -Estados Unidos, Taiwán o Corea-.
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El gobierno chino está al tanto de estos problemas y actúa para promover el consumo interno y ampliar los beneficios de su limitado sistema de seguridad social. También presiona a los gobiernos locales para que disminuyan los estímulos a la industria, pero estos mantienen su interés en promover actividades que generen ingresos fiscales, empleo y prestigio.
La presión de las exportaciones chinas persistirá y, con ella, continuarán los conflictos en el mercado mundial
Esta dinámica, contradictoria con el modelo centralizado, impulsó durante años la sobreinversión inmobiliaria que desembocó en una crisis aún latente. Paralelamente, el gobierno interviene en sectores como paneles solares, acero y vehículos eléctricos para restringir la producción.
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Sin embargo, revertir la inercia es complejo, ya que implica resignar rentabilidad, y es especialmente difícil en un contexto de crecimiento económico menor al objetivo oficial: en 2024 el PBI aumentó un 5% y, según el pronóstico más reciente del FMI, lo haría un 4,8% este año y un 4,2% el próximo.
Todo esto sugiere que la presión de las exportaciones chinas persistirá y, con ella, continuarán los conflictos en el mercado mundial.
El autor es Economista, Grupo de Trabajo sobre China del CARI
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