
El dólar se mueve, los mercados se impacientan, los discursos se endurecen y el calendario electoral apura a todos. Lo que hace unos meses parecía encaminarse hacia una cómoda victoria del oficialismo en la elección de medio término, ahora está en discusión por una tormenta autoinfligida.
El Gobierno juega con dos cartas visibles: la estabilización económica con relación a la inflación -en gran medida, producto de una profunda recesión- y el respaldo internacional, sobre todo de Donald Trump y Scott Bessent. Pero en el medio, el humor social sigue atado a la góndola. Los indicadores macro no logran traducirse en alivio cotidiano. Los salarios corren detrás, los precios no frenan del todo y la sensación de que “falta aire” se mantiene y desespera.
A eso se suma un factor que siempre tensiona: la injerencia externa. Los gestos de apoyo que llegan desde Washington y el FMI sirven para ganar tiempo, pero también dejan expuesta la fragilidad estructural. En un país con memoria, cada vez que alguien de afuera elogia una política local, más de uno se pregunta qué viene detrás del aplauso.
Mientras tanto, la oposición transita entre dos caminos. Por un lado, el intento de presentarse como alternativa racional, ordenada, que garantice gobernabilidad. Por el otro, el riesgo de quedar atrapada en la lógica del “cuanto peor, mejor”. Y en ese dilema se juega buena parte de su estrategia de campaña.
En el fondo, lo que se discute en estas elecciones no es solo la economía, sino la legitimidad para definir el rumbo. El Gobierno necesita ganar para aumentar su volumen político. Gobernar con déficit de poder político es como manejar con el tanque en reserva: se puede avanzar, pero cualquier subidita puede dejar el motor temblando.
Y ahí está el punto: la Argentina no necesita solo estabilidad macroeconómica, necesita también estabilidad política. Sin eso, los números no alcanzan, y el relato de “estamos saliendo” se desinfla antes de tiempo.
Quizás, como casi siempre, el país esté otra vez en ese umbral donde el futuro depende menos de una gran jugada y más de algo más elemental: recuperar confianza. No la de los mercados —esa va y viene—, sino la de la gente común, que necesita creer que esta vez no lo van a dejar a mitad de camino.
Porque si algo enseña la historia argentina, es que no hay ancla más fuerte que la expectativa. Y cuando la sociedad deja de esperar, la política se queda sin proyecto.
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