
Es muy difícil sustraerse a la interpretación del conjunto de conflictos actuales o potenciales que signan la escena política global de nuestros días como otra cosa que el trabajo de parto de un nuevo nomos de la Tierra, como lo hubiese dicho Carl Schmitt. Es decir, como un nuevo ordenamiento/repartición del espacio mundial que viene a reemplazar los sucesivamente vigentes en las últimas casi cuatro centurias.
En efecto: la carta fundante del primer nomos moderno fueron los acuerdos suscritos en 1648 en Münster y Osnabrück, denominados conjuntamente “la paz de Westfalia”. Esos acuerdos institucionalizaron al Estado soberano como señor de la guerra, negándole parejo derecho –es decir, deslegitimando– el ius ad bellum de bandos religiosos y otras corporaciones competidoras. De allí nació el “concierto europeo”, en el que siempre se destacó un pequeño directorio de países más fuertes cuyas alianzas y enfrentamientos alternantes tejieron la trama de la historia europea y, por ende, mundial por trescientos años, hasta 1945.
En ese lapso, dos grandes desafíos surgieron desde el corazón de Europa contra el pluralismo reinante: los de Bonaparte y Hitler; ambos aplastados por coaliciones diversas que en los últimos dos conflictos dan entrada a un poder extraeuropeo, los EE. UU., previamente limitado al espacio hemisférico que insinuara George Washington y formalizara Monroe. Por lo demás, frente a Napoleón, como frente al “cabo bohemio”, operaron, franca o sutilmente, la Inteligencia, la diplomacia y las armas de Londres, principal interesada en que no se consolidase un poder supremo en el ámbito continental del Viejo Mundo. Paradojalmente, en ambos casos en alianza con Rusia, potencia detestada –si las hubo– por los británicos. Con la caída de la Cancillería berlinesa los genios del poder –para usar las palabras de Ferrero– emigraron dramáticamente de Europa para aposentarse en Norteamérica y lo que podríamos mentar como “Eurasia”, es decir, una región cuyo centro de gravedad no estaría ya entre el Rin y los Alpes sino, en todo caso, entre el Báltico y los Urales. Entonces llegó la diarquía y, con ella, la guerra híbrida mantenida entre Washington y Moscú con infinidad de Estados y de actores armados irregulares como proxies.
La guerra híbrida mantenida entre Washington y Moscú con infinidad de Estados y de actores armados irregulares como proxies.
Concluido en 1989/91 el tiempo de la bipolaridad por la ingloriosa implosión de la “patria del proletariado”, se abriría el breve ciclo de la unipolaridad norteamericana, tal vez el tiempo de la historia en que más cerca se estuvo del gobierno mundial. La época, particularmente de Bush Sr., Clinton y los comienzos de Bush Jr., cuando Fukuyama teorizaba sobre el fin de la Historia con el imperio definitivo de la democracia liberal y la economía de mercado, y Thomas Friedman proclamaba, desde el New York Times, “the world is flat”.---------
Y aquí conviene reparar en un fecundo enfoque contenido en la filosofía/teología política de Carl Schmitt. Me refiero a las nociones de aufhalter y aufbrecher. El primero es el sostenedor de un orden dado, relacionable eventualmente con el katejon de la II Carta de San Pablo a los Tesalonicenses. El segundo es el que rompe, el que quiebra el statu quo. Su interacción explicaría gran parte de la trama de la historia. Ahora bien, a partir de 1945, los EE. UU., por su actitud –containment– frente a la expansión del comunismo soviético, significaron, frente a muchísimos europeos, americanos y asiáticos el obligado aufhalter. Desaparecido en 1991 su enemigo, y bajo la guía ideológica tanto de liberals como de neoconservadores, EE. UU. se fue pareciendo cada vez más a un aufbrecher que se proponía “exportar la democracia” hacia el Medio Oriente y todo lo que había sido parte formal o informal de la zona de influencia rusa.
La extensión de la NATO hacia el este fue una de las caras de este proceso, como lo fue la guerra de Kosovo, la II guerra de Iraq y la desmadrada “primavera árabe”, temporariamente detenida en Siria hasta el año que corre. Washington transmutó, así, de una potencia conservadora al modo de las que dominaron el Congreso de Viena de 1815, a un poder de naturaleza disruptiva respecto del nomos preexistente.
Washington transmutó, así, de una potencia conservadora al modo de las que dominaron el Congreso de Viena de 1815, a un poder de naturaleza disruptiva respecto del nomos preexistente.
Pero la realidad es tozuda, y el mundo demasiado grande para los EE. UU., como apuntaba Schmitt. La “operación militar especial” de Rusia en Ucrania y el fracaso del ataque punitivo de Israel sobre Irán, además del crecimiento irrefrenable de los partidos europeos prorrusos o independientes, marcaron los límites de la capacidad disuasoria universal propia de quienes pretenden la hegemonía global. El trumpismo, y en especial la versión del mismo que encarna el Vicepresidente Vance, serían la toma de conciencia de tales límites y el comienzo de reformulación de la geoestrategia estadounidense.
En ese sentido el encuentro en Alaska de Trump y Putin puede constituir, en perspectiva histórica, el primero de una serie de pasos tendientes, nada menos, que a normalizar las relaciones entre las dos mayores potencias nucleares del mundo. Y ello, aparte de su significación estratégica, puede abrir un camino a explorar en materia de cooperación económica una vez que se disipe la polvareda de la guerra de Ucrania. Paralelamente, la reunión de los líderes máximos de China, Rusia y la India amenaza condensar un eje eurasiático que recuerde a Washington sus nuevos límites.
Pier Paolo Portinaro apunta que declinan “…las esperanzas de un ‘nuevo orden mundial’ unipolar serenamente pacificado y vuelven hoy más plausible la hipótesis del multipolarismo imperial. El sistema internacional contemporáneo se presenta, desde el perfil propiamente político, como un agregado extremadamente heterogéneo, dominado por las macropotencias imperiales (…) y una pluralidad de sujetos estatales, entre los cuales se deben contar distintos tipos de Estados (consolidados, débiles, fallidos o colapsados) clasificados en base a la consistencia y funcionalidad de su respectiva máquina de gobierno. Pero el control del poder político-militar está firmemente en manos de los imperios”.
Tres resultados, en suma, se nos proponen como difícilmente cuestionables;
a) la desaparición de la viabilidad de una hegemonía global:b) la confirmación de Europa en el estatus de objeto y no sujeto de la historia contemporánea;c) el repliegue sobre el hemisferio de los EE. UU., sustentando tácitamente una reedición de la Doctrina Monroe con límites, socios secundarios y centros de gravedad aún no plenamente definidos.-
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