
“La fraternidad no es una idea: es un camino”. Con esta convicción sencilla pero profunda, el Papa Francisco abrió su encíclica Fratelli Tutti, publicada en plena pandemia. No fue un texto teórico, sino una respuesta concreta a la urgencia de un mundo desgarrado. El documento nacía de un gesto simbólicamente potente: el encuentro del Papa Francisco con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, que dio origen al Documento sobre la Fraternidad Humana. Un cristiano y un musulmán, firmando juntos una apuesta común por la paz.
Francisco propuso entonces una “cultura del diálogo como camino; la colaboración como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio” (FT, 285). Frente al odio, el diálogo. Frente al encierro, el encuentro. Frente a la lógica del enemigo, la lógica del hermano.
La encíclica parte de una premisa básica pero olvidada: toda persona tiene una dignidad que nadie le puede quitar, más allá de su religión, su procedencia o sus ideas. “Las religiones tienen un papel importante al servicio de la fraternidad. [...] Las convicciones religiosas sobre el sentido sagrado de la vida humana permiten reconocer valores fundamentales comunes” (FT, 271).
Francisco no evadió los peligros: denunció el uso perverso de la religión para justificar el extremismo. “La violencia no encuentra fundamento en las convicciones religiosas fundamentales, sino en sus deformaciones” (FT, 285). Y por eso llamó a recuperar lo esencial de cada fe: el amor, la compasión, el testimonio. “El creyente es alguien que se abre a los demás, en la confianza en Dios, y sale de sí para testimoniar el amor y la misericordia de Dios” (FT, 281).
Quizás uno de los pasajes más interpeladores es aquel donde afirmó: “Los creyentes judíos, cristianos y musulmanes aceptamos que venimos de Abraham y constituimos una fraternidad que nos une” (FT, 277). Lejos de un discurso de tolerancia tibia, Francisco apostó a una fraternidad activa: no nos toleramos, nos reconocemos.
Esta visión ya estaba presente en el Concilio Vaticano II, en el documento Nostra aetate, cuando se afirma:
“La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo [...] no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (NA, 2).
Reconocer ese destello en el otro es una forma de adoración.
También hoy, con un nuevo pontificado iniciado, esa misma línea se prolonga. Como dijo el Papa León XIV en sus primeras palabras desde el balcón de San Pedro: “En tiempos de guerra, la Iglesia debe ser la voz del Resucitado que trae la paz”. Y en sus primeros encuentros con representantes de otras religiones, reafirmó con fuerza: “El diálogo interreligioso no es una estrategia diplomática, sino una expresión del Evangelio”.
Frente al intento de marginar la religión de la vida pública, Francisco fue claro: “Entre las causas de la crisis del mundo moderno está el intento de marginar el papel de las religiones en la vida pública” (FT, 274). Hoy, León XIV retoma ese mismo hilo y recuerda que el aporte de las religiones no es imponer, sino ofrecer: sentido, consuelo y compromiso.
En tiempos de fundamentalismos, nacionalismos cerrados y conflictos armados —como los que hoy desgarran al mundo en Gaza, Ucrania y otros rincones olvidados— el papado sigue llamando a una sola cosa: fraternidad.
Porque, como lo enseña Fratelli Tutti, el diálogo no es una concesión ni un lujo. Es la única vía para una paz duradera.
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