
(Desde Roma) La Iglesia vive días de intensa oración y discernimiento. El próximo miércoles 7 de mayo comenzará el cónclave que elegirá al sucesor del papa Francisco. Así lo decidieron los cardenales presentes en Roma.
En conferencia de prensa, el director de la Sala de Prensa del Vaticano, Matteo Bruni, informó que participaron 190 cardenales, de los cuales “un centenar” son electores. Ese día, a las 10 de la mañana, se celebrará la misa Pro eligendo Pontifice en la basílica de San Pedro. Por la tarde, los cardenales se reunirán en oración en la Capilla Paulina y luego irán en procesión hacia la Capilla Sixtina, donde comenzará el cónclave.
Ayer, en el marco de las reflexiones, se abordaron temas que interpelan fuertemente a la Iglesia: la pobreza, la migración, la soledad, el individualismo y el relativismo. No se trata sólo de problemas sociales: son heridas del alma de nuestra época. Ante estos desafíos, algunos recordaron con fuerza que la Iglesia no es una ONG, y que solo Jesús puede responder al anhelo profundo del corazón humano. Inspirados por el testimonio reciente del papa Francisco, se reafirmó la necesidad de una Iglesia que camine cerca del pueblo, que escuche, que abrace, que no se encierre.

También se compartieron experiencias concretas de misión y evangelización en distintos rincones del mundo, con sus luces y sombras. En medio de tantos conflictos y tensiones, los cardenales subrayaron la responsabilidad de la Iglesia en la construcción de la paz. No se trata de una tarea opcional: es parte del corazón del Evangelio.
Estos días también son de encuentro humano. Como sucede en nuestros espacios pastorales, los cardenales llevan cartelitos con sus nombres para poder conocerse. Cada uno tiene su tiempo para hablar, y las diferencias de idioma a veces dificultan el diálogo, aunque todos hacen el esfuerzo de entenderse, buscando lo esencial.
Hasta no hace mucho, era casi una regla que los obispos hubieran estudiado en Roma. Eso facilitaba el conocimiento de los códigos eclesiásticos y del idioma italiano. Pero el papa Francisco rompió ese molde, optando por pastores cercanos a su gente más que por académicos. Hoy eso se nota: a muchos les cuesta adaptarse al estilo y a la estructura del gobierno central de la Iglesia. No es un problema menor, pero también es un signo de que el Espíritu sigue soplando donde quiere.

El papa Francisco supo conjugar dos dimensiones que pocas veces se encuentran juntas: fue un pastor con olor a oveja y, al mismo tiempo, un líder con visión política, en el sentido más noble de la palabra. Nunca se doblegó ante los poderosos, y sin embargo supo moverse como pez en el agua en medio del poder. Oraba por lo que no podía cambiar y trabajaba incansablemente por lo que sí podía transformar.
Quizás ese sea el gran desafío del cónclave que comienza: encontrar a alguien que pueda sostener en sí esas dos dimensiones. Un hombre de Dios, con corazón de pastor y un líder con espíritu de servidor. Recemos, entonces, para que el Espíritu Santo ilumine a los cardenales, y para que la Iglesia siga siendo fiel a su misión: anunciar el Evangelio a todos los rincones del mundo, con humildad, cercanía y esperanza.
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