
El Gobierno puede encarar el fin de semana con cierto alivio. Logró aval legislativo para las tratativas con el FMI y, según trasciende en medios opositores, los contactos con otros bloques y con jefes provinciales exigieron menos despliegue que otras veces, sobre todo por canales informales. El trámite, primero en la instancia de la bicameral y después en el recinto de Diputados, expuso ruidos internos y desmanejos en el oficialismo antes que problemas para tejer apoyos. Dicho de otra forma: “la” política terminó dándole una mano decisiva a Javier Milei, en un contexto que esa heterogénea vereda consideraba especialmente delicado.
En rigor, lo que se temía era la onda expansiva que podría generar una derrota política para Olivos sin cerrar aún el acuerdo con el Fondo. El cuadro mezclaba líneas inquietantes del mundo financiero y el trazo de violencia que acababa de dejar la protesta con bandera de jubilados, llamativa participación de barras y, también, zonas grises sobre lo ocurrido. Esa evaluación predominó de diferente modo entre socios legislativos como el PRO y dialoguistas de distintos matices -desde la UCR a Encuentro Federal y bloques provinciales-, pero además quedó expuesta en la posición de espacios críticos, con Elisa Carrió en primera línea.
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Por supuesto, la votación fue ajustada y no proyecta alineamientos similares frente a otras cuestiones, entre ellas la respuesta del Congreso -si finalmente define alguna- frente al criptogate. En esa pelea, el oficialismo trata de cerrarse y no necesariamente con éxito. El problema es que no encuentra un equilibrio entre esos desafíos y la necesidad de generar consensos. El discurso duro y cargado de chicanas, junto a renovados espectáculos de batallas domésticas, puso en riesgo hasta la sesión para blindar el DNU de la negociación con el FMI. No fue lo único. Algunos “castigados” en la interna libertaria salvaron la situación en la previa, cuando se reunió la bicameral de Trámite Legislativo.
En medios legislativos se trazó algún paralelo entre la votación de esta semana y el largo y accidentado camino que debió recorrer la Ley Bases. Aquel proyecto, con innumerables cambios y hasta podas, consumió meses y recién superó la prueba del Congreso en junio. Podía suponerse que pesaba la impericia del oficialismo -dato parcial, a juzgar por el kilometraje de algunos funcionarios y los contactos más que reservados- y sobre todo, la concepción lineal, básicamente populista, que supone que el éxito electoral da poder absoluto, sin importar mucho la integración parlamentaria ni los equilibrios, en este caso con el agravante de la posición minoritaria en las dos cámaras del Legislativo.
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Existe, con todo, un punto de contacto: la idea de que entonces como ahora ya no se discutía un tema puntual -un proyecto o un DNU-, sino el sostén básico del Gobierno. Ese análisis apuntado a la gobernabilidad parece haber prevalecido en una franja del archipiélago político. Hubo, igual, miradas más críticas acerca del instrumento, el decreto, por cuestiones de fondo, algo que ni de lejos sería asimilable al kirchnerismo. Para completar, las chicanas y los cruces menores dejaron otra vez en la orilla el tema de la “ley Martín Guzmán” y la falta de Presupuesto.

Después de reunir quórum con lo justo -igual que para avalar finalmente el decreto-, la sesión corrió rápido y expuso bajo nivel de debate, con picos de intercambios directos entre kirchneristas y libertarios. Desde las filas oficialistas añadieron espectáculos propios: por ejemplo, una nueva entrega de Lisandro Almirón -en su pelea con Oscar Zago- y otra carga dura de Marcela Pagano contra Martín Menem, cuestionado además por algo que no es nuevo y que supera las consideraciones iniciales sobre tropiezos por falta de rodaje. Se le reprochó alimentar la pelea en lugar de jugar su papel como presidente de la Cámara baja.
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En esos señalamientos se combinan malestares de arrastre en filas opositoras -más allá de las actuaciones kirchneristas-, algunos consejos ácidos -por ejemplo, que se quede con los éxitos oficialistas a la hora de contar votos y permita el discurso opositor en lugar de agregar combustible- y también facturas internas que se exponen de manera llamativa, en el recinto o en la elección del terreno mediático.
Los ajustes domésticos llegan a puntos increíbles. El oficialismo desconcierta a veces por el modo en que entiende para el manejo interno la combinación entre su poder político y la situación muy minoritaria en el Congreso: necesita concentrarse en los modos de tejer mayorías y no le sobra nada en sus filas. Sin embargo, la lista de castigados incluye desde algún legislador hasta Victoria Villarruel. La vicepresidente debe lidiar ahora con el tema de la Corte, es decir, la suerte de los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla. Pero el puente con Olivos quedó destruido y su contacto con el Gobierno es escaso y por vía más bien formal.
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Los “castigados” agregaron un capítulo destacado en la bicameral. Cuando todo parecía trabado por la discusión sobre autoridades de la comisión y estaba en riesgo el apoyo al DNU del trato con el FMI, el senador Francisco Paoltroni propuso a Zago, que terminó sumando los votos necesarios. Quedó allanado así el camino, con dos “excomulgados”. Curioso, después, fue el trascendido que se hizo circular atribuyendo participación de Santiago Caputo en la jugada de esa carta. La versión, más allá de su verdadero o irreal asidero, pareció un mensaje a los jugadores con otra terminal en el poder.
En una semana densa, el oficialismo registró al menos dos hechos que hacen al círculo cerrado de Olivos. Fue significativa la postal que destacó a Karina Milei en la cabecera de la mesa que reunió al Presidente con Cristian Ritondo y Diego Santilli. Y resultó llamativa la información que colocó a Santiago Caputo como eje de un encuentro con Patricia Bullrich y funcionarios de otras áreas para precisar el operativo de seguridad en la marcha del miércoles último.
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Son mensajes con inocultable lectura interna. Pasada la prueba en Diputados, con aporte sustancial y aunque ajustado desde “la” política, el foco se corre ahora al Senado, donde se definen los pliegos para la Corte, y al creciente juego electoral.
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