
Hasta fines del año pasado, intentar abrir un debate serio sobre los tratamientos de hormonización para la denominada disforia de género, hubiese sido imposible. Sin embargo, poco a poco, especialistas, científicos, asociaciones médicas, pacientes y sus familias, han ido encontrando espacios para echar luz sobre este drama que destroza miles de vidas ante la impávida mirada de una comunidad médica que parece haber perdido el sentido común.
En abril de este año, se publicaron los resultados finales del Informe Cass que el Servicio Nacional de Salud (NHS por sus siglas en inglés) de Inglaterra encargó a la Dra. Hilary Cass con el fin de relevar y revisar toda la información disponible sobre los servicios y tratamientos de afirmación de la identidad de género para niños y adolescentes. El extenso informe tiene entre algunas de sus conclusiones, puntos que deberían encender todas las alarmas de la comunidad médica, científica y política mundial. Entre otras cuestiones, sostiene que “los médicos no pueden determinar con certeza qué niños y jóvenes tendrán una identidad trans duradera”. También afirma que “la justificación de la supresión de temprana de la pubertad sigue sin estar clara y hay pruebas débiles sobre su impacto en la disforia de género y la salud mental o psicosocial (de los pacientes).” Finalmente, que “las revisiones sistemáticas de evidencia demostraron la mala calidad de los estudios publicados, lo que significa que no existe una base de evidencia confiable sobre la cual tomar decisiones clínicas o para que los niños y sus familias tomen decisiones informadas.”
Por su parte, haciéndose eco del Informe Cass y otros estudios similares llevados a cabo en Europa, el Colegio Americano de Pediatras, junto con otras organizaciones médicas de Estados Unidos, lanzó un comunicado exigiendo que “detengan de inmediato la promoción de la afirmación social, los bloqueadores de la pubertad, las hormonas cruzadas y las cirugías para niños y adolescentes que experimentan angustia por su sexo biológico.”
El problema fundamental reside en que, quienes defienden las terapias de transición, lejos de fundar sus prácticas en conocimientos científicos, se aferran a una ideología que sostiene que la identidad sexual es una condición social que nada tiene que ver con el sexo biológico y, por lo tanto, puede ser modificada. Y no solo las ideas los mueven a obrar de esta manera, sino también el negocio millonario que se esconde detrás de estos tratamientos: laboratorios, pacientes cautivos de por vida, gobiernos que realizan compras masivas, organismos internacionales que financian y promueven este tipo de prácticas son sólo la punta del iceberg de un negocio macabro que juega con la felicidad, la salud y la vida de miles de personas. Sin embargo, que el 96,7% de la población mundial se sienta conforme con su sexo de nacimiento, parece contradecir esta teoría que se empeña en sustituir conceptos objetivos biológicos por conceptos subjetivos sociológicos.
Mientras tanto, en nuestro país, la mayoría de los médicos, científicos y políticos, guardan silencio. Tanto la ley de identidad de género como los tratamientos de hormonización siguen vigentes y son pocos los que se animan a levantar la voz para cuestionar. Una de las voces más valientes, es la de la organización MANADA Argentina, Madres de Niños y Adolescentes con Disforia de género Acelerada, que desde 2022 lucha por encontrar respuestas científicas y razonables al drama que atraviesan sus hijos.
Necesitamos con urgencia que estas voces sean escuchadas. Argentina debe replantearse si estos tratamientos que carecen de rigor científico serio, deben seguir siendo recomendados a nuestros niños o adolescentes que todavía no han madurado y no tienen la capacidad plena de entender realmente lo que significa este cambio que, por más que se intente ocultar, es irreversible. En más del 80% de los casos, los niños y jóvenes que inicialmente manifiestan disconformidad con su sexo de nacimiento, suelen desistir de esta disconformidad al llegar a la pubertad. Urge cambiar las leyes que permiten estas atrocidades, antes de que sea demasiado tarde.
[El autor es médico pediatra]
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