
Desde hace décadas sabemos que no todos aprendemos de la misma manera. Hay estilos, ritmos, intereses y, también, momentos. Nos sucede como adultos. Pasamos meses sin leer un libro y, de un momento a otro, nos entregamos con pasión a una saga. Vamos por la vida recomendándola y no logramos que nadie la lea en paralelo, para comentarla como nos gustaría. O después de años sin estudiar, nos inscribimos en una carrera terciaria, para sorpresa de toda la familia.
En consonancia, hace años que comprendemos que la escuela que fue inclusiva cuando ofreció lo mismo a todos y al mismo tiempo ya no lo es. En un mundo profundamente desigual, las propuestas escolares de hoy pueden estar pensadas desde el reconocimiento de las diferencias, de modo tal de llevar a todos a un aprendizaje genuino y profundo, no a través de un camino único sino encontrando los mejores para cada grupo y para cada estudiante.
Como si fuera poco, la cultura digital, que termina de desplegarse en los años de pandemia, empuja la transformación de nuestros modos de socializarnos, conocer y aprender. También el de nuestros estudiantes que empiezan a ver un atractivo mucho más fuerte en expresiones no textuales, breves y fugaces del contenido, todas ellas en las antípodas del conocimiento escolar.

¿Qué hacen las políticas, los sistemas educativos y las instituciones con estos fenómenos? En principio, un esfuerzo no menor por reconocerlos y entenderlos. A partir de ahí encaran el desarrollo de iniciativas de rediseño que por el momento no logran más que excepcionalmente impactar a escala. Las condiciones en las que sucede lo educativo – curriculares, de tiempo y espacio, por mencionar las que considero centrales – no favorecen las propuestas más integrales, flexibles o novedosas que podrían acercarnos a prácticas de la enseñanza contemporáneas.
En el marco de estos reconocimientos y tensiones, se avanza en las actualizaciones de los regímenes académicos. La propuesta para la educación secundaria de la Provincia de Buenos Aires es un punto de partida que reconoce la complejidad que conlleva educar a quienes hoy transitan la adolescencia, entre las diferencias y vulnerabilidades sociales, las marcas de la pandemia y los escenarios de cambio acelerado de la cultura digital.
Se propone encontrar los mejores caminos para acompañar y sostener a las y los jóvenes adentro de la escuela que es, ni más ni menos, el mejor lugar en el que pueden estar. Además, avanza sobre la búsqueda de alternativas pedagógico-didácticas que las escuelas tanto necesitan para superar la matriz clásica del molde único que hoy, por más que nos duela, es en muchos casos expulsiva. Las intensificaciones, los formatos ampliados y las nuevas oportunidades son esos caminos de inclusión - esa que necesitamos para estar adentro del sistema, para poder acceder a los niveles superiores y a las mejores oportunidades en el mundo adulto.
¿Es necesario generar rediseños más globales en los que la trama pedagógica ofrezca desde el minuto uno una escena de enseñanza poderosa en lo curricular y las prácticas cotidianas? Definitivamente sí. Sin embargo, los intentos de reformas educativas globales en general han fracasado. Un régimen académico actualizado puede ser, incluso, una zona didáctica experimental en la que inaugurar formas de intervenir mejor articuladas entre docentes e instituciones, más profundas en términos de experiencia y más abiertas en términos de elecciones por parte de los estudiantes. Es más, si encontramos ahí prácticas que revelen su fuerza y las investigamos con rigurosidad, esa podría ser la base para la creación de políticas educativas que, con centro en los estudiantes y su inclusión, beneficien al conjunto y lo hagan más tempranamente.
En definitiva y más allá de los debates necesarios a los que estas actualizaciones suelen dar lugar, lo que cuenta es cómo ayudan a acercarse a una escuela secundaria propia de este tiempo, que abrace a cada estudiante y no permita que se vaya hasta que haya vivido y aprendido todo aquello que lo va a convertir en un ciudadano plenamente incluido.
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