
Diversas circunstancias afectan a la mayoría de las variables económicas tales como crecimiento del PBI, inversión privada, empleo o consumo.
Un ciclo económico completo puede componerse de varias fases. Es tarea de los responsables de la economía y las finanzas de las naciones controlar la magnitud y temporalidad de los momentos de disminución de la actividad económica y prolongar aquellos de crecimiento.
En este sentido el Poder Ejecutivo implementa políticas anticíclicas para acompañar un normal desenvolvimiento de la producción y consumo. Por otro lado, los bancos centrales cumplen un rol fundamental regulando la oferta y demanda del dinero.
Se pueden distinguir cinco fases principales:
- Recuperación: Fase del ciclo en que la economía está estancada o crece ligeramente.
- Expansión: Fase de mayor crecimiento económico.
- Auge: Fase en que el crecimiento económico empieza a mostrar señales de agotamiento.
- Recesión: La actividad económica se reduce. Conlleva una disminución del consumo, de la inversión y de la producción de bienes y servicios, lo cual provoca a su vez que se despidan trabajadores y por tanto, aumente el desempleo.
- Depresión: Cuando nos encontramos en una fase de recesión continúa en el tiempo y sin previsión de mejora.
Ahora bien, en cuanto a los aspectos monetarios cada una de ellas puede estar acompañada por políticas de expansión o retracción de circulante.
Es ortodoxo que en momentos inflacionarios las autoridades monetarias disminuyan la oferta de dinero. Del mismo modo, en situaciones recesivas se expanda la cantidad de dinero para inducir a una mayor actividad.

Sin embargo, cuando ambas condiciones coinciden quienes manejan el timón de la economía de un país deben elegir entre dos extremos ¿inflación o recesión?, algo que los puede posicionar muy cerca de la tan temida depresión.
En una depresión, la inflación suele disminuir debido a la menor demanda de bienes y servicios que viene acompañada con: caída del PBI; contracción de la producción y el consumo; tasas de desempleo elevadas; crisis en el sector financiero; caída en el valor de los activos, tantos financieros como bienes en general; disminución de la confianza de los inversores; y deflación o hiperinflación.
Y es justamente en este punto en el que se debe prestar mayor atención, pues ambos extremos producen similares efectos devastadores.
Los argentinos conocemos los efectos de la hiperinflación, aumento descontrolado de precios, desorden en los precios relativos de bienes y servicios, brutal pérdida del poder adquisitivo del ingreso, aumento en la demanda de productos para resguardar el poder de compra del dinero y disminución de la oferta de bienes, pues quienes los tienen temen por su reposición.
Sin embargo, la deflación, en un ámbito de depresión económica, genera un círculo vicioso en el que los consumidores postergan la demanda a la espera de que los precios sigan bajando. De esta forma, los productores pierden capital de trabajo porque su stock valdrá menos en el futuro, de igual forma los distribuidores y comerciantes, mientras que los consumidores prefieren hacer compras mínimas para consumo inmediato.
En ese escenario, la expectativa de baja de precios es un fenomenal freno a la actividad económica. Solo se consume lo que se necesita, mientras que cualquier especulación o deseo queda postergada con la expectativa de que será más económico adquirirlo en el futuro.

Obviamente, que frente a esta realidad los fabricantes producirán menos, los comerciantes reducirán sus inventarios y los consumidores reducirán sus compras. Todas ellas acciones más recesivas que producen menor inversión y mayor desempleo.
Los argentinos vivimos una depresión en la crisis del 2021. Muchas de sus causas y efectos aún permanecen vigentes en nuestros días. De ahí que es fundamental seguir a indicadores, tales como actividad económica, desempleo, depósitos bancarios, colocaciones en moneda local y principalmente, la confianza de los inversores, para poder anticipar si se avecinan ciclos de recuperación o de depresión.
Es por eso por lo que las autoridades deberán afinar el pulso arbitrando entre la tan temida depresión, punto más bajo del ciclo económico, y la recurrente inflación que nos afecta de manera constante durante décadas.
El autor es director en Fundación Iberoamericana de Telemedicina
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