
Toda economía funciona en base a un conjunto de valores, más o menos explícitos y compartidos. De esos valores se desprende una norma, formal o informal, que se expresa en una acción.
Cuando alguien detiene su automóvil frente a un semáforo que le indica rojo, está expresando el cumplimento de una norma que manifiesta seguridad y orden o sea, valores. Los valores no son algo abstracto, que están allá lejos, en la estratósfera de la vida. Son bien concretos, bien presentes y tangibles. No hay sistema económico sin valores que lo sustenten.
Así también cuando en nuestro país recorremos año tras año por décadas sin guerras ni catástrofes -salvo la pandemia del COVID- con un permanente déficit fiscal, estamos quebrando el principio axiológico de no gastar más de lo que se tiene, dándole la espalda al valor de la austeridad y una honrada administración.
Sí, el déficit fiscal en la Argentina es un déficit también moral que se vierte en un desequilibrio macroeconómico. A esto sigue la inflación, la emisión sin respaldo la instauración de impuestos injustificados y sin contraprestación por parte del Estado, la desocupación, el endeudamiento, estancamiento de crecimiento del PBI y el default.
La crisis económica en 2008/09 en EEUU se origina por el incumplimiento de valores de la estricta moral presente que rige en ese país. No fue solo por una impericia de los bancos prestar a sabiendas a insolventes a través de créditos hipotecarios, especulando con una suba de precios en lo que fue una burbuja inmobiliaria, sino que fue una inmoralidad que se pagó con las quiebras de importantes operadores y un grado de desconfianza, no menor, un factor decisivo en la marcha de cualquier economía.
Hoy asistimos en nuestro país a un cambio de paradigma que, en lo económico, se propone entre otros objetivos, terminar con el déficit y con la inflación. Esto es muy bueno, más allá que la política económica tenga objetivos que no se limitan al logro del equilibrio fiscal.
Pero para que esta meta tenga sustentabilidad, entre otros aspectos no menores que deben cumplirse, también hay que encarar algo así como una batalla cultural, porque como se dijo al principio, toda conducta implica normas las cuales configuran una institucionalidad y ésta expresa valores que se traducen en acciones. Y en esto venimos fallando.
Si terminamos con el déficit fiscal y la inflación todavía nos quedará una sociedad fisurada, quebrada, de arriba hasta abajo, en sus valores básicos de manera profunda. Es una lucha, larga y generacional. Porque nuestra economía y nuestra sociedad en su conjunto han perdido los valores que se requieren para un saneamiento estructural y no meramente coyuntural.
Este empobrecimiento moral se expandió de la clase dirigente hacia lo más recóndito de nuestra sociedad. Por supuesto, hay sectores que son excepción y pudieron resistir a la degradación. Pero como dijo un prestigioso filósofo “la corrupción de lo mejor, es lo peor”. Entendiendo mejor por aquellos que dirigen las instituciones de la República.
Entonces, más allá del reordenamiento económico, loable, y necesario, más no suficiente, vienen las preguntas: ¿Dónde quedó la honestidad, la responsabilidad en el uso de los recursos públicos, en las normas de respeto, la solidaridad, la gratitud, la cultura del trabajo, el sentido de justicia, la humildad, la empatía, el valor de la seguridad? La corrupción está generalizada y atraviesa tangencialmente todas las capas sociales desde gobernantes hasta los ciudadanos comunes.
Como se ha dicho, ya muchas veces, el cumplimiento de la ley parece ser opcional en nuestro país. Traducido: los valores son opcionales, la honestidad es opcional, puedo elegir la corrupción, el enriquecimiento tan rápido como ilícito, el robo, la estafa y la violencia. Ni hablar de todos aquellos que permiten y se dieron al negocio del narcotráfico, y la aprobación de normas para beneficio de unos pocos en desmedro del país.
Tan importante es reordenar la economía, requisito urgente y necesario, como recomponer los valores y las conductas, de arriba hacia abajo. Esto es fundamental para atraer inversiones importantes, y de largo plazo, recrear el componente clave de un país: la confianza. Pero aún más, para alcanzar una sociedad cuya convivencia sea armónica, en paz y justa, aún con las diferencias que nos otorga el ejercicio de la libertad.
Sin ese cambio, más allá de nuestras fronteras se dirá: “Estará muy bien estos logros macro, pero ¿cuándo vendrá el próximo default?” Por que hasta que no encaremos los valores que hacen grande a un país no nos creerán.
Es cierto que si se lograra estabilizar la economía con un apoyo mayoritario de la población, estaríamos plasmando, de manera casi implícita, una serie de valores que la sociedad ha decidido adoptar.
Por lo dicho es que, en forma realista, se habla de varias décadas para lograr un país vertebrado y creíble.
En ese camino, la iniciativa privada, podrá ir asimilando a la par esos cambios axiológicos y cumplir con eficacia su rol de producir riquezas, empleo genuino y con salarios dignos. Además, las empresas también deben ser una escuela de vida, una transmisora de valores y formadora de ciudadanos honestos. Si hay competencia, el lucro no es perversión, es creatividad, innovación y más empleo. En esto, los empresarios también tienen mucho que cambiar, para que la sociedad los vea como protagonistas positivos y esenciales para la vida de nuestro país.
Con la restauración de valores, que provienen del ejemplo de la familia, y de la escuela, pero sobre todo de la dirigencia toda, podremos ir avanzando hacia una sólida prosperidad.
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