
El gobierno de Milei comienza a atravesar el otoño apremiado, una vez más, por la gestión de los tiempos al calor de la recesión, la incertidumbre y los múltiples frentes de conflicto que abre el propio presidente no solo con sus medidas sino también con su destemplado y exaltado estilo discursivo.
Durante estos primeros cuatro meses en el poder, Milei no solo contó con las prerrogativas de lo que popularmente se conoce como la “luna de miel” de los primeros 100 días, sino con un clima de hartazgo social tan profundo como la magnitud de la tolerancia social al ajuste. Además, contó también con el concurso de una aturdida y desconcertada dirigencia de las coaliciones derrotadas que venían estructurando el sistema político.
Y si bien las encuestas de opinión siguen mostrando un amplio respaldo al presidente, tanto en lo que respecta a su imagen como a los niveles de aprobación de gestión, algunas de estas ventajas iniciales podrían comenzar a horadarse en el marco de la profundización del shock recesivo.
Frente a ello, Milei se aferra a las expectativas, a partir de cierto optimismo que registran hoy los estudios de opinión respecto a un futuro cuyos contornos, por cierto, no acaban aún de recortarse en el horizonte. Aquí es donde reside hoy la principal apuesta del presidente: alimentar las expectativas, por un lado, mostrando resultados en la macroeconomía que van en línea con las promesas de campaña (déficit, inflación, etc.) y, por el otro, profundizando la narrativa anticasta haciendo uso y abuso del tan mentado “principio de revelación”.
Sin embargo, en política, como en la vida misma, nada es para siempre. Envalentonados por las encuestas, confiados ante el sesgo de confirmación que encuentran en las redes sociales, y aferrados a algunos datos de la macro como el superávit financiero, el superávit comercial, y el descenso de la inflación, Milei espera cruzar con éxito un otoño recesivo para llegar a fin de año en buena forma.
La apuesta, como mínimo, corre el riesgo de pecar de exceso de optimismo. Mientras Milei y su mesa chica ya no solo piensan en el Pacto de Mayo sino en el armado de LLA para las elecciones de 2025 que les permita construir mayorías legislativas, cayendo incluso en la tentación (muy propia de toda casta) de garantizarse una mayoría propia en la Corte Suprema, nadie puede vaticinar que en un 2024 muy duro para millones de argentinos continúe siendo tolerada como hasta hoy por una mayoría ya sobre ajustada.
Sin luz al final del túnel y, más aún, sin mejoras que comiencen a percibirse en la economía real, a las expectativas se las puede llevar el viento de un plúmbeo invierno en el que no se registre recuperación significativa.
En este marco, los acuerdos políticos básicos no son un mero reclamo de la oposición dialoguista o de gobernadores desesperados ante la asfixia al que los tiene sometida la administración central. El propio FMI que ha elogiado el ajuste, señaló en un comunicado de hace pocos días que “sigue siendo importante trabajar de manera pragmática para generar apoyo social y político para ayudar a garantizar la durabilidad y eficacia de las reformas”.
Y en cuanto al apoyo político, el resultado hasta el momento ha sido casi nulo. En casi 120 días en el poder y, pese a un Congreso de la Nación que tuvo un inusual verano de agenda legislativa, el Presidente apenas pudo utilizar su lapicera para promulgar una sola ley: una modificación a la la legislación sobre prevención y represión del lavado de activos que reclamaban organismos internacionales (el GAFI), y que nada tiene que ver con la urgencia de la crisis. Más aún, a días del probable envío de una nueva Ley de Bases mucho más reducida, las negociaciones con los gobernadores no están cerradas y dependen de un pacto fiscal en el que persisten algunas importantes diferencias.
Así las cosas, difícilmente alcance con mostrar resultados fiscales conseguidos con los fórceps de un feroz ajuste, la licuación de los salarios y los recortes de transferencias a las provincias, tampoco con un descenso de inflación que refleja el resultado de un escenario recesivo y el poco margen que tienen muchos sectores para trasladar a precios en un contexto de derrumbe del consumo, más que un programa económico consistente. Mucho menos con las recurrentes noticias de “curros”, excesos y negocios espurios que se “revelan” en cuidadas dosis semanales.
Las medidas más de fondo, como las reformas planteadas en la Ley de Bases, la salida del cepo, o un nuevo acuerdo con el FMI, no parecen estar a la vuelta de la esquina, conspirando así contra cualquier atisbo de recuperación económica.
Aunque un gobierno con mucha presencia de “traders” pareciera creer que manteniendo las expectativas puede garantizarse una mejor posición futura, la política no funciona como los “mercados de futuros”. Si los sacrificios no muestran pronto algunos frutos, la situación podría cambiar rápidamente.
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