
Este año, Argentina celebra 40 años de democracia ininterrumpida. No es un hecho menor: más del 60% de nuestros compatriotas han vivido toda su vida bajo gobiernos elegidos por el pueblo. Quienes presenciamos las profundas cicatrices dejadas por la interrupción de los procesos democráticos comprendemos la importancia de este valor, consolidado en nuestra sociedad durante las últimas cuatro décadas.
No obstante, tenemos la obligación de recordar que la democracia es uno de los tres pilares fundamentales sobre los que nuestros fundadores erigieron este país. Según nuestra Constitución, Argentina adopta una forma de gobierno republicana, representativa y federal.
Todos recordamos la famosa frase que en el siglo XIX dijo Lord Acton, “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, aunque en su carta escrita al obispo Mandell Creighton sus conceptos eran aún más sagaces: “Los grandes hombres son por lo general malos y más aún cuando tienen autoridad. No hay peor herejía que la que dice que el cargo santifica al que lo tiene”.
Los conceptos de república y federalismo buscan evitar la concentración de poder. Sin embargo, la esencia de la república va más allá de la mera división de poderes. El término “república”, derivado del latín “res publica” o “cosa pública” implica un Estado en el cual los asuntos públicos son de interés general, contraponiéndose a formas de gobierno en las que estos son dominio de un único gobernante o de una clase privilegiada.
En una nación que parece estar condenada a repetir sus errores históricos, resulta imperante la necesidad de un nuevo pacto social que reafirme la República como un valor inalienable para las próximas décadas.
Defenderla implica, sin dudas, respetar la división de poderes. Pero va mucho más allá, exige que cada ciudadano haga suya la “cosa pública”, participando activamente en la defensa de los valores que nuestra carta magna nos lega. Sólo en un país donde las instituciones prevalecen sobre las personas, es posible imaginar el futuro próspero y sustentable que anhelaban los padres fundadores.
Estos 40 años de democracia nos interpelan y nos dejan el desafío de reforzar nuestra identidad republicana, fomentar la participación ciudadana y fortalecer nuestras instituciones. Un país no se construye solamente desde quien circunstancialmente ejerce el poder, aun cuando haya sido elegido por el voto mayoritario. En un mundo signado por el desinterés y la apatía, el bienestar y prosperidad de nuestra amada Argentina depende del compromiso y la implicación de todos sus ciudadanos, sobre todo de aquellos que ejercemos un rol de liderazgo.
El autor es Director General de ManpowerGroup Argentina
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