Borrarnos, no nos conduce a nada y llevaría a perdemos la posibilidad de contribuir a una futura grata sorpresa: la de haber votado a alguien, sin estar convencidos, que terminó resultando ser el mejor Presidente de la Nación Argentina.
Ya en recta final hacia la decisión que tenemos que tomar como ciudadanos, la cual condicionará nuestro futuro por, al menos, nuestros próximos 4 / 8 años, un gran porcentaje de nosotros nos encontramos en el dilema de elegir entre tres opciones: los dos candidatos que quedan o borrarnos.
Para la gran mayoría, la elección que enfrentamos no es nada fácil. No nos termina de convencer ninguno y, con sentimientos encontrados, nos invade la frustración, la amargura de ser protagonistas de una Argentina incapaz de resolver su situación, acorralada en un callejón sin salida. ¿Qué nos queda?
Si elegimos la tercera opción, es decir, el voto en blanco, el voto nulo (porque aprovechamos el acto de votar para expresar nuestra rabia colocando un mensaje dentro del sobre) o, directamente, no yendo a votar, es una decisión que probablemente satisfaga a nuestra conciencia y nos exima de la responsabilidad de justificar nuestra alineación a alguien. Pero, en definitiva, si se trata de hacer el aporte al país como ciudadanos, queridos lectores, me temo que no estaremos a la altura y sólo servirá para desnudar nuestro egoísmo personal.
Tenemos que elegir por un candidato, porque somos ciudadanos argentinos y, más que un derecho, es nuestra obligación elegir a quien nos deberá marcar el rumbo y conducir hacia un futuro mejor.
Nicolás de Bernardo de Maquiavelo fue un diplomático, funcionario, filósofo político y escritor italiano, considerado el padre de la Ciencia Política moderna, que en 1513 escribió un famoso tratado de doctrina política titulado “El Príncipe”, en el cual el concepto general es aceptar que los objetivos de los príncipes, como la gloria y la supervivencia, pueden justificar el uso de medios inmorales para lograr esos fines.
Nos encontramos con que uno de los candidatos es uno de esos “Príncipes de Maquiavelo” al cual se lo observa maduro, seguro de sí, hábil orador y experto en el manejo del tiempo y la oportunidad. Con gran capacidad para interpretar la situación política y ocupar los vacíos de una dirigencia inepta y corrupta, a la que solo le importa el beneficio sectorial o personal, en desmedro del bien común de los argentinos. Hasta ahí, podría resultar un virtuoso.
Pero sería incompleto el análisis si no consideramos su carrera política, su permanente cambio de opinión, adoptando posturas o subordinándose a lineamientos morales diametralmente opuestos, su incoherencia dialéctica, condenando y adulando públicamente, y volviendo a condenar y adular a mismos personajes, por mera conveniencia y ambición personal. Conveniencia que lo ha hecho funcional a políticos y organizaciones que han llevado a nuestro país a vivir uno de los peores momentos de su existencia, siendo la corrupción y el clientelismo sus “marcas registradas”.
Pero esta actitud también le ha permitido la oportunidad de aspirar a ser Presidente de la Nación.
Osado y con coraje, interpretando que era su momento, se animó a tomar el cargo de Ministro de Economía (siendo Abogado y sin conocimientos técnicos), en las peores circunstancias. ¿Puede existir más habilidad que, demostrando una gestión espantosa, lograr convencer a gran parte de la ciudadanía de su valía para enfrentar la crisis y sacar adelante al país?

Es indudable que es un político que entiende y sabe moverse en las arenas dialécticas, con mensajes bien pensados para sensibilizar: la familia, la Patria, el trabajo, proteger, cuidar, empatizar, la búsqueda de la unidad nacional. Todo suena a música en los oídos de los sufridos ciudadanos argentinos.
Su gran debilidad: el sistema sólido y estructurado, burocrático y corrompido del cual se valió para llegar. ¿Es un mentiroso? ¿Un fabulador? ¿Tiene profundidad su mensaje? Es un “Maquiavelo”, donde “el fin justifica los medios”. Surge entonces la duda: Si su fin es ser Presidente, entonces, a partir de ello, ¿será capaz de transformarse en el mejor presidente de los argentinos?
El otro candidato, arribado a esta instancia a partir de un vertiginoso ascenso mediático, es tan inexperto que le cuesta aún aceptar que está haciendo política. Y en ello, el origen de sus errores. Economista sólido y con experiencia técnico profesional, su fortaleza se ha ido forjando basada en proponer una original solución a uno de los problemas más graves que padece el país: su economía.
Con verborragia y un mensaje disruptivo, transparente y con una brutal honestidad, supo apoderarse de la plana de los medios de comunicación captando la atención de aquellos hartos de una realidad decadente y de falta de ideas. Y es ahí donde despliega su mayor habilidad: la de proponer algo nuevo, original y honesto. Más si ese cambio conlleva combatir la corrupción y el clientelismo, que tanto daño provocan al país. Tal es su originalidad y profundidad de conceptos que ha sido el candidato que ha marcado la agenda de discusión durante todo el proceso eleccionario.
Pero esta explosión de protagonismo desnudó su falta de “oficio” y “cintura política”, exponiéndose con expresiones extremas, de aspectos personales / sociales sensibles que, fuera de su conocimiento técnico, lo hicieron trastabillar generando un gran rechazo o, al menos, contradicción.
Es un aprendiz, que va aprendiendo sobre la marcha. Hoy, en la recta final de esta elección, recapacita e intenta cambiar su actitud, con una posición más conciliadora y empática para captar el voto del electorado representado por quienes literalmente él destruyó con una agresión inusitada. Su gran debilidad: la falta de una estructura sólida que lo lleva a tener que negociar con aquellos a los cuales denostó en su campaña. Surge entonces la duda: si su inexperiencia y la falta de estructura política no serán impedimento para transformarse en el mejor presidente de los argentinos.
Kirchnerismo vs anti kirchnerismo, populismo vs capitalismo libertario, casta vs no corruptos, etc. Nos guste o no nos guste, he aquí las únicas dos opciones que tenemos para sacar adelante al país. Sí, porque por sobre todo, estamos hablando de Argentina. Y más allá de las características personales de los candidatos creo que, al momento de definir en quien vamos a depositar nuestra confianza, deberíamos considerar de ellos los siguientes aspectos:
1. Ser idóneo: saber lo que quiere y cómo lograrlo, poniendo orden y promoviendo un acuerdo en la definición de un Proyecto de Nación que nos incluya a todos (partidos políticos, instituciones de la Nación, el pueblo todo). Con visión amplia, hábil en la negociación y en la construcción de consensos y seguro en las decisiones. Respetuoso de los valores democráticos y republicanos, capaz de combinar la urgencia que demanda el actual deterioro, con un plan estratégico que asegure coherencia y continuidad de las acciones en el tiempo.
2. Ser formador y conductor de equipos de trabajo: Solo no se logra nada. Esta persona debería tener la capacidad para definir sus equipos de trabajo, estimular el trabajo en equipo y exigir soluciones integrales, priorizando la selección de las personas que lo acompañarán durante su gestión por su conocimiento, experiencia y cualidades, evitando convocarlos sólo por amistad o compromisos asumidos.
3. Ser decente: como parte de sus condiciones morales, pero esencial, a fin de que nunca haga prevalecer sus intereses personales por sobre los de la Nación a la que conduce, exigiendo el mismo compromiso a todos los integrantes de su administración, evitando exponer debilidades que socaven su imagen y prestigio y, como daño colateral, su gestión de gobierno.
4. Ser eficaz comunicador: para transformarse en referente de todos, condición necesaria en un país que necesita ejemplos. Con ser una persona que reúne las cualidades precedentes no alcanza si el pueblo no se entera o el mensaje le llega distorsionado. Hay una necesidad imperiosa de volver a confiar en que se está en “buenas manos”.
Cumplir con todas estas cualidades nos encontraría frente a un verdadero estadista. ¿Difícil no? Sugiero entonces hacer el esfuerzo cívico de comparar y definirse por quien, al menos demuestra ser más idóneo y decente, ya que las otras dos cualidades pueden ser logradas con la ayuda de terceros.
Entonces volvemos al principio. La gravedad por la que atraviesa nuestro país nos obliga a un protagonismo mayor. A jugarnos con el riesgo a equivocarnos. Borrarnos, no nos conduce a nada y perdemos la posibilidad de contribuir a una futura grata sorpresa: la de haber votado a alguien, sin estar convencidos, que terminó resultando ser el mejor Presidente de la Nación Argentina.
¿Qué desafío, no? Creo que debemos darnos la oportunidad.
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