Seamos realistas, pidamos lo imposible

Algunos consideran que “hay que educar al soberano”, otros estamos convencidos de que en el seno de nuestro pueblo habita el mayor nivel de conciencia de la patria

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Un hombre hondeando la bandera
Un hombre hondeando la bandera de Argentina en la Plaza de Mayo - Alejo Manuel Avila/Le Pictorium / DPA

La prostitución no logrará jamás derrotar al amor ni la corrupción a la política. El triunfo de la viveza sobre el talento y de la riqueza material sobre la sabiduría es sólo la expresión de un mal momento de nuestra joven patria. Ya vendrán tiempos mejores.

Fuimos una sociedad integrada, con menos ricos y casi sin pobres ni deuda externa, con una dirigencia y un Estado que se hacía cargo de pensar el futuro y no de acomodar a seguidores. Las instituciones no son ni buenas ni malas, depende de quienes las integren.

A mi generación la signó la revolución cubana y el Mayo del 68 en París. Los libros y el cine, los pensadores y los escritores nos llevaban a recorrer las calles y los bares para debatir sobre el futuro soñado. Cada quien forjaba una idea del “hombre nuevo”, de ese habitante de la utopía que nos convertía en “militantes”, habitantes de la víspera, vidas entregadas a la espera de un mañana mejor.

Hubo un momento donde la violencia eliminó y devaluó el debate, las ideas fueron aplastadas por las armas.

Algunos consideran que “hay que educar al soberano”, otros estamos convencidos de que en el seno de nuestro pueblo habita el mayor nivel de conciencia de la patria. Apostamos a nacionalizar a nuestras minorías ricas, aunque, por ahora, venimos fracasando. Porque de eso se trata, de la manera en que concebimos el destino colectivo y el amor por nuestra nación.

Llevamos años donde en nombre de supuestas pertenencias ideológicas se justifican injusticias y decadencias. El mundo bipolar se agotó hace tiempo, una realidad multipolar nos increpa sobre estados y libertades. Las culturas se enfrentan a los negocios, los bancos a las iglesias, los países a las riquezas. La degradación del bienestar colectivo nos arrastró al retorno de la codicia individual, del humanismo al consumidor, y en medio de ello, los progresistas, devotos de la frivolidad que enfrentan las tradiciones, situación mucho más grave entre nosotros, pueblos que se esfuerzan en gestarlas y defenderlas a la vez.

Hay una sola riqueza, la de un pueblo integrado, esa que luce Europa compartiendo su salud y educación con la totalidad de sus ciudadanos. Hubo un ayer donde las elecciones albergaban ilusiones, donde la política dignificaba a sus actores. Vivimos tiempos donde el país crecía y convocaba a compartir las distintas dimensiones del mañana, más de cuatro décadas de empobrecimiento solo nos dejan transitar los miedos. El pragmatismo intenta eliminar el desafío de luchar por la justicia social, por la integración de los necesitados. A veces repetir conceptos es una manera de intentar imponerlos. La suma de las codicias individuales y grupales no nos lleva a un mejor mañana; solo la política, ese arte que se hace cargo de las necesidades colectivas, nos lo promete. Quiero recuperar una lúcida frase de las luchas parisinas: “Sea realista, pida lo imposible”.