
El proceso de alfabetización, es decir el aprender a leer y a escribir, es un continuum y dura toda la vida. Comúnmente creemos que los niños comienzan – y terminan- de aprender a leer y escribir en primero o segundo grado, cuando logran coordinar letras con sonido; sin embargo, esta es sólo una parte del procedimiento y empieza mucho antes del ingreso a la escuela.
La prehistoria de la escritura se va constituyendo con el garabato y el juego, con la capacidad de representar simbólicamente en las actividades lúdicas cotidianas, siendo formas tempranas de representación, las cuales son las bases cognitivas necesarias para la asimilación del lenguaje escrito.
Pero, para que la lectoescritura pueda concretarse entre los 5 y 6 años, los niños necesitan adquirir ciertas habilidades previas a dicho proceso; tales como orientación espacial y lateralidad, la psicomotricidad fina, es decir, se requiere un control manual para sujetar el lápiz y hacer la presión adecuada para el trazo de las letras, además de la coordinación viso motora, esto es, coordinar vista/ojo, dar trazos en concordancia con lo que su ojo perciba. También requiere de discriminación y memoria auditiva, es decir, que pueda guardar en la memoria los sonidos que escuchan para poder convertirlos en letras determinadas. A su vez, los más pequeños deben ir adquiriendo conciencia y discriminación fonológica, en otras palabras, saber que a cada sonido le corresponde una letra y, sin lugar a duda, el dominio del lenguaje hablado para el aprendizaje del lenguaje escrito.
Aprender a leer, a decodificar, es decir, relacionar grafema con fonema, es una habilidad concreta que se adquiere y se automatiza gradualmente. Implica una habilidad inferior, que se aprende de una vez y para siempre hasta automatizarse y es la llamada decodificación o alfabetización convencional. Pero, además, en simultáneo –nunca se separan– supone, a su vez, una habilidad superior que se aprende durante toda la vida, y es la comprensión. Aprender a leer implica desde ya ambas habilidades que se enseñan siempre de manera combinada. En definitiva, comprender es un proceso muy complejo y progresivo y se extiende durante toda la escolaridad; no es sólo una tarea de la maestra de primer grado o de Lengua de la escuela primaria, sino que implica un trabajo conjunto entre todos los docentes de todos los niveles, incluyendo los de la universidad.
Por otro lado, la escritura implica también una habilidad inferior, que también se aprende de una vez y para siempre hasta automatizarse, la codificación, y es parte de la alfabetización convencional. Y, en simultáneo, también supone una habilidad superior que se aprende durante toda la vida –por eso llegamos a hablar de alfabetización académica o medial, y es la producción de sentido. Aprender a escribir implica -desde ya- ambas habilidades que se enseñan siempre de manera simultánea.

Leer y escribir no se logra de un día para el otro, es un largo proceso que comienza en la familia y puede incentivarse a través de la lectura de cuentos adecuados a la edad de los niños y leídos con la entonación y la prosodia necesarias. La oralidad (hablar y escuchar) y la escritura se enriquecen y potencian en los textos literarios. Estos no sólo contribuirán a la lectoescritura, sino que fomentarán la creatividad y la imaginación, además de ampliar su vocabulario y su comprensión lectora. Leer carteles, anuncios o publicidades con marcas reconocidas por los más chiquitos, también son buenas ocasiones para incentivar esta habilidad. Escribir en la arena, con harina o pintura podrá incentivar la escritura con trazos grandes sin miedo al error por la facilidad del borrado. Jugar a leer y escribir sin miedo a equivocarse porque el aprendizaje no es más que ir apropiándonos de saberes y el error no es más que un reto a superar.
En definitiva, la lectoescritura comienza en los primeros años de vida, se prolonga en la escuela primaria y secundaria y continúa en la los estudios superiores porque ya es sabido que producir e interpretar lenguaje escrito no es un asunto concluido al ingresar en el nivel superior: hay diversidad de temas, clases de textos, reflexiones implicadas, prácticas discursivas de cada materia que hacen que tengamos nuevos desafíos al leer y escribir, lo cual es -nada más ni nada menos- que nuevos retos para aprender bien.
En este sentido, la función docente es primordial, somos quienes guiamos a los estudiantes con hojas de ruta mostrándoles que no hay una sola forma de leer, sino muchas y, al mismo tiempo, por qué y para qué se les requiere esas lecturas, además de ir logrando, poco a poco, la autonomía. El profesor es el “andamio” donde se pueden apoyar en los distintos recorridos que hagan a fin de aprender que la lectura les permite interpretar el mundo y, fundamentalmente, transformarlo. Y de eso se trata la educación.
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