Alberto

Lo llamamos de ese modo porque nuestros políticos de importancia han extraviado el apellido, incluido el presidente de la República

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El presidente argentino, Alberto Fernández.
El presidente argentino, Alberto Fernández. (Europa Press/ Jonas Roosens)

Ay, Alberto, Alberto.

Lo llamamos de ese modo porque nuestros políticos de importancia han extraviado el apellido, incluido el presidente de la República. Alberto, nuestro familiar y cotidiano Alberto.

Inclinado hacia la parla pública, Alberto, nuestro presidente, nos permite ver el durísimo empleo púbico que tiene: el pelo engominado ha permitido ver cómo las nieves del tiempo platearon su sien, como cantó de maravilla Gardel, ad maiorem Dei gloriam- entendimos todos- en compañía de enormes ojeras grises bajo los ojos, quizás melancólicos o producto de algún desarreglo hepático.

Alberto. Él es quien abrió la tradición presidencialista de este sitio afligido por el novedoso vicepresidencialismo, un hecho histórico que nadie podrá quitarle, aunque su memoria será escasa y casi con seguridad no habrá ninguna calle con su nombre. Mejor: es hombre libre de toda vanagloria, de toda posteridad.

Se recuerda con claridad cuando asumió luego de ser aclamado que dejó espacio para el refrán perverso “El pueblo nunca se equivoca..”. Fue muy emocionante. De traje oscuro con buena corbata y el peinado a la moda que en los años 50 del siglo pasado supo designarse “a la cachetada.” Estaba espléndido.

Fernández participó de la cumbre
Fernández participó de la cumbre del G20

Con aire popular aunque tal vez no en olor de multitudes, unió el departamento prestado en Puerto Madero hasta el Congreso al volante de un coche japonés.

El presidente anterior, quien terminó su mandato – una rareza- aunque no consiguió otro, lo recibió. Los hombres se dieron un firme y viril abrazo. Cristina se mostró lejana y sin ocultar su fastidio retaceó la entrega del bastón presidencial hecho para la ocasión, es costumbre honrosa, por el gran orfebre Juan Carlos Pallarols.

Todo iba a andar muy bien.

En el final del camino nuestro Alberto vive días de soledad y aislamiento. No interpreten mal: sigue siendo presidente, vive aún en la Quinta de Olivos donde pasó momentos felices, bien provisto de foie-gras, infinitos lomos, champagne Cristal rosado a tutiplén, jamones pata negra de Jabugo con tres años de estacionamiento en altas cumbres. Entre los parietales del presidente desfilaron innumerables imágenes de su paso a la Historia, con descansos. recibió con largueza a actrices y modelos que le llevaban su preocupación por el poco trabajo del oficio y las penurias consiguientes -aunque no se podía circular pero la causa era noble-. La primera dama, por otro lado, empleaba algún helicóptero oficial para visitar a la parentela. Perfecto: solo se vive una vez, Alberto, y tus responsabilidades agobiantes.

Puede recrearse su lucido desempeño a partir de su discurso en que se refirió a Bugs Bunny por alguna razón que escapó a la comprensión de cualquiera de nosotros, simples seres corrientes, para en otra ocasión dar una lección magistral cuando ilustró que los brasileños salieron-sí, salieron- de la selva, los mexicanos (citó en afirmación extravagante a Octavio Paz) salieron “de los indios” y nosotros, dijo triunfal, salimos de los barcos.

En el final del camino
En el final del camino nuestro Alberto vive días de soledad y aislamiento

Estoy seguro de que el destino había elegido para el presidente, para Alberto, alguien parecido, no sé, a Churchill, a de Gaulle, Charles André Joseph Marie de Gaulle, pero la taba empezó a salirle del lado malo y no salió héroe ni estadista sino, cómo decirlo, Alberto. Abogado, armó su primer gabinete con amiguetes de confianza, pero se los comieron como piezas de un ajedrez impiadoso. Y Alberto las entregó uno por uno, pragmático y solito en aumento sin pausa.

No faltó la ocasión en que se celebraba a la bandera en el monumento de Rosario y la suerte, que es grela, dio en salírsele un diente que, con grandes reflejos, se lo acomodó veloz y ligero. Tampoco la escena en un restaurante donde un señor mayor y tal vez en curda le dijo dos tres cosas: Alberto le dio un golpe de hombro, lo dejó en el suelo y remató la faena con una patada. ¿Quién no se puso alterado y nervioso alguna vez, eh?

Después se vino la pandemia, los viajes a Moscú con aviones gigantes, fanfarria y relato, como de fútbol, para que los enviados trajeran unos pocos de la primera aplicación- se necesitaban dos y nunca fueron completadas-. Luego, los privilegios- vips-. Muchos argentinos murieron por el virus y demasiados por hechos oscuros en abandonos, calabozos y aún ahogados como ocurrió en el río cuando intentaban volver a su casa, a Formosa, porque Insfrán lo impedía.

Ay, Alberto. El argumento de la obra fue Macri, pandemia, guerra, Macri, pandemia, guerra, Macri, pandemia, guerra, y así hasta el infinito. Ya había transcurrido la fiesta desvergonzada por el cumpleaños de la señora Fabiola y cayeron sobre Alberto, el presidente casi imaginario, todas las plagas de Egipto.

Hay tanto, tanto, en sus palabras desconcertantes pronunciadas con la voz de tiple.

En el crepúsculo, ha iniciado un tour mundial diplomático con líderes a los que se considera amigos y palmean y soba con toda soltura. Sobre la despedida, expresó : “No me llevo nada. He entregado todo”.

¿No es acaso lo que debe hacerse?