
La foto de la sigla de origen, contrasta con la película que se terminó rodando. El juego fonético utilizado por algún excelso asesor de marketing, ordenó las iniciales de los países que impulsaron esa idea de organismo multilateral bancario. La locomotora China, no se sonrojó en mezclarse entre los vagones y aceptó con alegría acuñar el nombre del grupo que integró junto a Brasil, Rusia, India y Sudáfrica con mucha humildad. La pronunciación produce un efecto inmediato en el hipocampo y las cortezas de asociación (según me enseñó Ignacio Brusco) y nos trae en milésimas de segundos la idea de ladrillos, construcción, seguridad, e inversión que se agolpan en nuestra presunción de algo bueno, duradero y deseable. Hasta para los +50 la célebre protesta contra la educación del esquema disciplinario de “Another brick in te wall” de Pink Floyd termina resonando a educación de orden militarizado, riguroso, y fascista, pero a orden al fin. Quizás un perverso juego de doble sentido propagandístico.
Como en las pocas buenas iniciativas de este gobierno, una vez más, la idea/intención positiva termina brutalmente desvirtuada por la realidad circunstancial que la rodea y acompaña. Texto y contexto. Los Brics de antes de la invasión a Ucrania, nada tienen que ver con la posición geopolítica que dicta Rusia en el ahora.
Los apoyos de entonces, inspirados en los postulados desarrollistas de Frondizi o en las difíciles relaciones internacionales de la época de Illia, cuando la búsqueda de mercados no se superponía con la bipolaridad del mundo posguerra que impulsaran a Macri a interesarse por esa iniciativa, en nada pueden alargarse o servir de apoyo a la realidad actual. La invasión a Ucrania y la extensión de la invitación al grupo a países en los que se vulneran los derechos humanos y entre ellos se destaca Irán, deben rechazarse subordinando la economía a la política internacional fijada desde 1994.
En resumen, y si bien no es de aplicación directa para esta organización , la cláusula constitucional que impone los compromisos de respeto al orden democrático y a los derechos humanos como exigencia ineludible para los tratados de integración, es un requisito excluyente para avanzar en este tipo de iniciativas. Máxime, cuando uno de los anfitriones continúa una guerra de expansión a costa de ataques a población civil, y otro de los invitados se niega sistemáticamente a someterse a la jurisdicción argentina por los atentados a la Embajada y a la AMIA.
La aldea global potenciada por la memoria digital no puede almacenarse en un álbum material. Se exige un análisis cotidiano de las mutaciones políticas que ocurren en cada país. Un país amigo cooptado por una dictadura no puede ser socio estratégico de la Argentina. Pueblo hermanos son aquellos a los que les debemos (y nos deben) respeto por los derechos humanos y el orden democrático. Si no hay espacio para integrarnos con Maduro honrando el Protocolo de Ushuaia en el Mercosur, menos lo puede haber para acercarnos a Putin desde el 24 de Febrero del 22 o para aliarnos con la teocracia misógina de los ayatolas.
La película no se detiene, lo permanente y global es el respeto a los derechos humanos y la democracia. Lo demás es pasajero.
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