Mis abuelos también lo cuentan, es un libro muy especial que compila relatos que son propios del acervo cultural de las colectividades que conviven en Argentina. Lo publicamos desde la Subsecretaría de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural en el año 2011, en ocasión de haber sido la Ciudad Autónoma de Buenos Aires elegida como Capital Mundial del Libro. Son cincuenta cuentos que fueron traídos por las distintas corrientes migratorias y narrados a lo largo de los años, traspasados de generación en generación, permeando muchas veces los límites propios para incorporarse al patrimonio de todos, aunque se desconozca el origen.
En el prólogo, Hernán Lombardi en su carácter de Ministro de Cultura, escribe con acierto: “La palabra es formadora del pensamiento y uno de los elementos más preciados y trascendentes de la comunicación. La palabra escrita sobrevive al tiempo, ofreciendo su mensaje que a su vez y en muchos casos se reinventa de acuerdo a los valores culturales y sociales de cada comunidad. La forma en que los adultos escriben a sus niños es la historia más antigua del legado de la humanidad. Será la forma en que definitivamente esos niños recordarán a quienes los precedieron”.
Hoy, al celebrar nuevamente el Día del Inmigrante, es precisamente ese valor el que debemos recuperar y resignificar. En una Argentina temerosa, crispada, desorientada y decepcionada, las colectividades, con sus instituciones y redes de contención, herederas de un legado invalorable de compromiso compartido, de esperanza y superación, se presentan una vez más como una oportunidad para ser miradas, estimuladas, cuidadas y acompañadas con enorme sensibilidad, profundo respeto a los Derechos Humanos, y lejos de cualquier tipo de especulación personal, partidaria y/o ideológica.
La inmigración es parte indivisible de nuestra historia, piedra angular del desarrollo sostén de nuestra identidad plural. Esto es así desde 1949, cuando se estableció el 4 de septiembre como el día del Inmigrante, reafirmando de esta manera políticas que ya estaban explícitas desde los primeros años de nuestro nacimiento como nación, cuando el Primer Triunvirato abrió las puertas a los inmigrantes en 1812.
Hoy, cuando el desprecio, la cancelación y la violencia se instala en el debate público, las enseñanzas del Mosaico de Identidades, con sus valores intrínsecos que siempre hemos impulsado y sostenido, vuelve a sonar con fuerza y exige ser apropiado por todos. Nos es imperioso. Un mosaico brilla porque brillan todas sus partes. Ninguna sobra, y todas están en igualdad.
Somos un país que es rico y reconocido por su diversidad religiosa y su diversidad cultural. Cuando en el mundo avanzan los nacionalismos, la discriminación y la xenofobia, donde los refugiados y desplazados se cuentan en millones, Argentina es mirada como ejemplo por lo que la sociedad produce naturalmente, incluso cuando las políticas estatales no saben o no quieren acompañar.
Cada uno de nosotros es heredero de la inmigración, lo que nos obliga a tener una mirada clara y una mente abierta libre de prejuicios que nos permita con nuestras acciones dar respuestas superadoras que nos eleven como sociedad. Por ello el Día del Inmigrante, no debemos vivirlo como una fecha para mirar el pasado y dejarlo allí depositado en el baúl de los recuerdos. Tenemos que sentirnos honrados y agradecidos de vivir en una Argentina donde el pluralismo y la convivencia en la diversidad, de ellos y con ellos aprendidos, son valores emblemáticos e insustituibles.
Mis abuelos también lo cuentan, es un libro que merecería una nueva edición con su mensaje optimista y propuesta de encuentro en estos tiempos difíciles de nuestro país. Es como dice el poeta Lord Lytton: mientras haya libros no existe el pasado.
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