
“Deberíamos llamarnos Argenchina”, fue la frase de un miembro de la delegación que viajó a Shangai y Beijing.
En estos días, cuando el triunvirato gobernante vuelve a intentar vendernos las bondades de la República Popular China, se cumplen 34 años de la Masacre de la Plaza de Tiananmen donde (según la Cruz Roja China) más de 2700 chinos fueron masacrados por las tropas enviadas por el Politburo.
Resulta especialmente repugnante ver una estructura militar, contradictoriamente llamada Ejército de Liberación, asesinar a mansalva a sus propios compatriotas.
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Eran en su mayoría jóvenes estudiantes que pedían más libertad. Corría 1989, el brutal comunismo soviético se caía a pedazos, fruto de su fracaso económico que había sumido en hambre y miseria a los países sojuzgados por el Ejército Rojo.
Los aires de renovación que recorrían el bloque comunista habían llegado a Beijing y algunos burócratas creían en la necesidad de un Gorbachov chino.
Con Deng se iba a abandonar el sistema económico y pasar a un capitalismo que, con Xi, iba a llegar a su máxima expresión
Pero sin libertad.
Meses después iba a caer el siniestro Muro de Berlín. De la Alemania de Este iba a huir Vladimir Putin, torturador y asesino de la KGB, la temible policía secreta llevada por Stalin a increíbles niveles de crueldad.

Las fuerzas de ocupación rusas lideradas por el joven Putin imitaban a la Gestapo nazi que, presuntamente, iban a erradicar.
China sigue violando los derechos humanos de su pueblo y la situación se agudiza con la minoría uigur, a la que se persigue por el solo hecho de su fe en el Islam.
En Asia y África la diplomacia china es una mezcla de seducción y violencia represiva. Myanmar (la ex Birmania), a la que le han robado el petróleo, y el Congo, al que despojaron del Cobalto, son dos ejemplos paradigmáticos..
En 2017 en el Congo, las empresas chinas con participación estatal, “compraban” el cobalto a 7.000 dólares la tonelada cuando en el mercado de Londres valía 81.000 dólares la tonelada.
Desde ese enclave africano el cobalto se exporta en bruto, dejando detrás de sí problemas ecológicos y ausencia de empleos de calidad.
Como hacen en Argentina con el litio.
El actual Gobierno debiera recordar a Jauretche que recomendaba “no es cuestión de cambiar de collar, sino dejar de ser perro”
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