
Amaneció frío y lluvioso. Como en 1810. Y había paraguas. También los hubo en 1810. Pocos y no eran impermeables, pero había. Poca gente en la calle frente al Cabildo: los hombres reunidos eran vecinos de buen pasar y costumbres, comerciantes los más, gente de letra y universidad, unos pocos.
A la intemperie, grupos aislados en el suelo enfangado, con las piernas enrolladas en ponchos o trapos que ayudaban a un mínimo decoro. Pueblo o chusma desconcertada, se preguntaba qué hacían allí dentro. Es posible que algunos supieran la nueva: el rey estaba cautivo en España por la invasión napoleónica. Quizás sentían miedo bajo el agua: ¿qué pasará?
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Olía mal. La sangre podrida de los mataderos se podía sentir a la distancia, cuenta Hudson -“Allá, lejos, y hace tiempo”- y perros cimarrones circulaban por la aldea con peligro.
El 25 de mayo despuntaba la manera de mantener lealtad a Fernando en España. Las noticias llegaban con mucho tiempo y retardo. Había allá milicias en defensa de España que rechazaba a los “gabachos” y a un tiempo portaban las ideas de la revolución de 1789. Era la guerra, con una ferocidad de aullido y espanto. Ni libertad, ni fraternidad, ni igualdad: fuera los franceses, y Francia retrocedió empujada por el grito impresionante “¡vivan las cadenas!”. Mejor bajo un monarca absoluto y cretino que con un gobierno extranjero.
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Otro 25 de mayo
También frío, también lluvia y una multitud frente y alrededor del palco en el que habló la vicepresidenta Cristina con ropa casual pero canchera, un rosario al cuello –poco habitual-, concurrencia heterogénea, estudiantes, oficinistas, enamorados políticos sin la menor hendija para una microscópica objeción bajo la hipnosis de la única oradora y en actitud mística. Se vieron seres como poseídos en modo Linda Blair, como personaje central de El exorcista -¿qué miedo, no?-, arrastrándose por la cubierta pegajosa del asfalto, o bailando en frenéticas sesiones de santería. De todo. Solo faltó alusión a la fecha, que era importante, no sé, me parece. Se trató de convertir en panegírico histórico el período protagonizado por los presidentes Kirchner elegidos en sucesión. Una larga alabanza de su trabajo a partir del inicio que llamó resueltamente transformador del doctor Kirchner.
La oposición se quedó inmóvil. Ninguna fiesta, ningún anuncio. Solo la visita a los programas de televisión, “operación jajá” a repetición para que se den el gusto de ironizar y descalificar un poquitín, como en “Titanes en el Ring” con sus malos y sus buenos. Puede apuntarse que la audiencia prefería a los malos, más divertidos y tramposos.
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En el palco ocuparon lugares preferenciales y simbólicos el ministro Massa; el creador de La Cámpora, Máximo, rígido y callado; el gobernador Kicillof, cuya genuflexión y actitud pavloviana avergüenza a propios y ajenos; los niños- lindísimos, tranquilos-, mientras la líder, jamás podría decir lideresa (utilizó la palabra “choferesa” Camilo José Cela en “El viaje a La Alcurria”, bien recuerdo), empleó con destreza tonos épicos y momentos casi en confianza, pero siempre desde arriba. El ánimo general bajoneado y pesimista, lejos de la concentración –de dónde se excluyó al presidente Fernández, quién se quedó a Chapadmalal a tocar la guitarra- aumentó con el mal tiempo. No hacía falta: inflación, pobreza, indigencia infantil, desolación de no encontrar cuál es la salida.
De todos modos, todos estaban al tanto en el palco, pero la destreza de la vicepresidente mantuvo no solo su figura en foco, sino también la idea de que la lamentable situación de la Argentina se debe al ataque neoliberal, imperialista y el “partido judicial”, centro de un ataque para destruirla y destruir a la corriente nacional y popular que, asegura, encarna.
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Como en las lejanas noches de Mau-Mau, el disc jockey Ezequiel Lanús conseguía movimientos lentos y momentos con el Pata Pata de Miriam Makeba para moverse y soltarse, Cristina se acercó a la conversación con la gente y se levantó de manos en momentos de furia.
Mamarrachito mío
Durante el siglo pasado se produjo un auge del radioteatro. Buenos actores y autores se prendían a novelas en capítulos con prevalencia de las historias de amor. Habrá quienes lo recuerdan y una buena cantidad de radiopaleontólogos, seguro. Los intérpretes eran de una gran popularidad. Oscar Casco, el actor que interpretaba como galán en bastantes de ellas, pronunció la frase escrita en el guion dirigida a su amada: “¡Mamarrachito mío!”. Quedó como chiste o frase polupar. Verdadera o falsa, puede averiguarse.
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Pero cuando Cristina soltó “Mamarracho indigno” para la Suprema Corte, en su argumento enemigo principal y blanco de una conspiración, fue para ponerse a quedarse con las piernas en cierto tembleque. Nadie había llegado tan lejos en un sistema democrático con independencia de los poderes respectivos. No era el enternecedor mamarrachito mío: era un grito de batalla, era violencia.
Dijo en otro momento, los de aproximación: “A mí me gustan las tormentas, pero yo estoy bajo un techito y ustedes no, qué viva”, pequeño escalofrío al escucharla, aunque puede parecerse a una referencia banal.
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Pues bueno, Cristina, si le gusta a usted sus tormentas, se ha puesto sobre nosotros un temporal.
Los paraguas están abiertos.
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