
Develado el misterio, si Macri era o no era candidato y con el diagnóstico exacto de cuál es la enfermedad de la Argentina, dentro de algunos meses tenemos que elegir cuál es el tratamiento. Hoy hay dos caminos, la alopatía, que significa entrar con el bisturí hasta el hueso, extirpar todo lo que no sirve en forma urgente antes de que la gangrena mate el cuerpo de la República y después continuar con el tratamiento por cuatro años intensivo hasta comenzar a vislumbrar una posible cura. La otra es la homeopatía, comenzar con grageas, diálogos, gotitas, para esperar si la pegamos con el similinium, que el cuerpo comience a responder en una carrera para tratar que la enfermedad retorne y se ramifique.
En cualquiera de los dos casos, claro está que el cuerpo está en agonía y sea cual fuere el tratamiento, el paciente no tiene más tiempo para seguir esperando. Por eso, a partir de ahora tendríamos que hacer una junta médica para poder ponerle un respirador, ya que todos sabemos que el pulso se debilita, que el cuerpo se debilita y que el paciente no tiene esperanzas.
Se abre una pequeña ventana que si la sabemos aprovechar y dejamos de lado los egos y creemos que somos especialistas, podemos conseguir el milagro, pero que quede claro que solo la medicina cura, que Dios no es Argentino y que si llegamos a este punto de agonía es por la cantidad de años que perdimos tiempo con los manosantas que curaban con palabras, nos prometían la vida eterna, nos convencían de que éramos los mejores del mundo, decían que los profesionales no sabían nada, ya que el mérito no existe. La estupidez, y la mediocridad, la chatura y la corrupción, la chantada verborrágica, nos han hecho llegar hasta acá.
Hoy el oficialismo sigue con el té de yuyo y pinchándole la panza a un sapo, se acabó el tiempo del caldero, que las brujas guarden la escoba, dejemos nuestras vidas en las manos de los que pensemos que son los mejores profesionales.
Se acabó el tiempo, podemos salvarnos, basta de chamuyos.
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